Juana Ruiz Moreno, panadera: “Prefería subir el precio del producto antes que empeorar su calidad”

Diario JAÉN, a diez días de su 85 Aniversario, recopila diez historias de personas anónimas procedentes de las distintas comarcas. Hoy, La Loma

25 mar 2026 / 18:42 H.
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Hay vidas que huelen a pan recién hecho, a madrugadas de horno y a manos curtidas por el trabajo constante. La de Juana Ruiz Moreno —conocida como Juani—, vecina de Rus, en la comarca de La Loma, es una de ellas. Su historia, tejida entre harina, esfuerzo y familia, forma parte de esas biografías anónimas que han sostenido pueblos enteros sin hacer ruido. Con motivo del 85 aniversario de Diario JAÉN, su voz se suma a la memoria colectiva de una provincia que ha crecido gracias a personas como ella. “He trabajado mucho durante mucho tiempo, esa es la verdad”, resume con serenidad y haciendo acopio de un puñado de recuerdos.

Juani apenas tuvo tiempo de elegir su camino. La vida, en aquellos años, se imponía pronto. “Cuando salí de la escuela tenía 13 años, así que empecé ya con las cosas de la casa”, recuerda. La enfermedad de su madre la obligó a asumir responsabilidades siendo apenas una niña. Cocinar, comprar, cuidar... Tareas que marcaron el inicio de una trayectoria en la que la palabra descanso apenas tenía espacio. “Ella no sabía lo que iban a comer hasta que no se ponía la mesa”, dice, evocando una época en la que improvisar también era una forma de sobrevivir.

Juana Ruiz Moreno, panadera: “Prefería subir el precio del producto antes que empeorar su calidad”

Antes de la panadería, su mundo fue la costura. Aprendió corte y confección de la mano de sus hermanas y, pronto, tomó las riendas de un pequeño taller en el pueblo. “Yo enseñaba a chicas y ellas me pagaban mensualmente”, explica. Durante años, combinó ese aprendizaje con la enseñanza a otras jóvenes, en un entorno donde las oportunidades eran escasas pero la iniciativa abría puertas. “Me adapté a lo que había”, resume, con una naturalidad que esconde una capacidad de resiliencia poco común. El giro definitivo llegó con el matrimonio. Su marido heredó la tradición familiar panadera y ella, sin experiencia previa, se sumó a un oficio que acabaría marcando su vida. “Yo no tenía ni idea de panadería”, admite. Los comienzos fueron duros, con hornos de leña y jornadas interminables. “Eso era un trabajo enorme”, recuerda. Pero poco a poco, aquel mundo desconocido empezó a transformarse en una vocación construida desde la práctica y la constancia.

“Mi marido se levantaba a las tres de la mañana y yo a las cuatro, y aquello era un trabajo muy sacrificado, todo se hacía de manera artesanal. Poco a poco me fui metiendo en el negocio, aprendí a hacer pan y luego empecé a profesionalizarme en repostería. Aquello se convirtió en lo que más se vendía, los clientes acudían expresamente para hacerme pedidos”

La rutina diaria era exigente hasta el extremo. “Mi marido se levantaba a las tres de la mañana y yo a las cuatro”, relata. El día se alargaba hasta bien entrada la tarde y, en ocasiones, también la noche. Era un trabajo artesanal, sin atajos ni facilidades: “Todo era a mano”. Aun así, en medio del cansancio, Juani encontró un espacio para crecer dentro del negocio, desarrollando una habilidad que terminaría siendo clave para el éxito de la panadería. Fue en la repostería donde dejó su huella más personal. “Empecé a hacer bollerías, magdalenas... cada día de la semana hacía una cosa”, cuenta. Su curiosidad la llevó a aprender de libros, viajes y pruebas constantes. De esa inquietud nacieron productos que pronto se hicieron famosos en la comarca, como sus tartas de manzana o el “ruseño”, un pastel que atrajo a clientes de otros pueblos. “La gente venía de Canena, de Úbeda, de Sabiote...”, recuerda con un tono de orgullo contenido.

La clave, insiste, siempre fue la calidad. “Si compraba chocolate era del mejor”, afirma. Esa exigencia, unida a un trabajo incansable, convirtió a su panadería en un referente. “Llegaba un momento en que tenía que decir que no”, explica, desbordada por los encargos, especialmente en fechas señaladas como Navidad. Los roscones de Reyes, elaborados de forma artesanal, se convirtieron en uno de sus sellos más recordados. Con el paso de los años, el oficio cambió. La industrialización y los productos precocinados transformaron el sector. Juani lo observa con cierta nostalgia: “Ahora puede ser panadero cualquiera... compras todo congelado”. Frente a eso, reivindica el valor de lo hecho a mano, del tiempo dedicado a cada pieza. “No es lo mismo”, repite, convencida de que el sabor también guarda memoria.

Juana Ruiz Moreno, panadera: “Prefería subir el precio del producto antes que empeorar su calidad”

Tras décadas de trabajo, la jubilación llegó en 2018, junto a su marido. “Yo ya estaba deseando dejarlo”, confiesa. Sin embargo, el vínculo con la panadería nunca desapareció del todo. Aún hoy sigue haciendo dulces para su familia y para celebraciones puntuales. “Mientras pueda, lo hago”, dice, reflejando esa forma de entender la vida en la que el hacer y el cuidar van de la mano. Ahora, con casi 70 años, Juani mira atrás con una mezcla de orgullo y reflexión. “Si tienes que volver atrás, no trabajas tanto”, reconoce. Pero no hay reproche en sus palabras, solo aprendizaje. Su historia es la de muchas mujeres de su generación: silenciosas, constantes, fundamentales. Y en ese relato de esfuerzo cotidiano, de horno encendido al alba y dulces compartidos, se encuentra también una parte esencial de la historia de Jaén. Aun así, la jubilación no ha supuesto una ruptura con su manera de estar en el mundo. Lejos de detenerse, Juani sigue ocupando su tiempo en cuidar de los suyos, especialmente de sus hijas y nietos. “Desde que se casaron, no han guisado, les cocino yo todo”, cuenta entre risas, consciente de que ese impulso por ayudar forma parte de su carácter. Cada día se organiza para seguir siendo útil, como lo ha sido siempre, aunque ahora desde otro lugar, menos exigente pero igual de comprometido con su entorno más cercano.

“Siempre he sido muy exigente con lo que hacía en la panadería. Si compraba chocolate, debía ser el mejor; si compraba nata, también. Prefería subir el precio del producto antes que empeorar su calidad. Eso, al final, se notaba porque llegó un momento en el que tenía que decir que no a algunos encargos. Venía gente de otros pueblos solo para probar nuestros dulces”

Esa entrega constante, sin embargo, también le ha llevado a reflexionar sobre el paso del tiempo y las prioridades. “Tenía que pensar más en mí”, admite, reconociendo que durante años el trabajo ocupó casi todo su espacio vital. Aun así, no reniega de su trayectoria: la asume como parte de una forma de vida en la que el sacrificio era la norma. “En ese momento no te das cuenta”, explica, señalando esa conciencia tardía que llega con la experiencia y que hoy intenta transmitir a las nuevas generaciones, especialmente a sus hijas, a quienes aconseja tomarse la vida con más calma. Con todo, si hay algo que permanece inalterable es su vínculo con Rus, el pueblo donde ha nacido, trabajado y construido su historia. “Yo no cambio Rus por ningún sitio”, afirma con rotundidad. Aunque ha viajado y conocido otros lugares —desde escapadas cercanas hasta varios cruceros junto a su marido—, siempre regresa con la certeza de que allí está su sitio: su familia, sus recuerdos, su identidad. En sus calles reconoce cada esquina, cada rostro, cada etapa de su vida, y en esa familiaridad encuentra una tranquilidad que no le ofrecen las grandes ciudades. “Me gusta por un rato, pero no para vivir”, dice al referirse al bullicio urbano. En Rus, en cambio, todo tiene medida: el tiempo, las distancias, las relaciones. Y es ahí, en esa cotidianidad serena junto a su familia y amigos, donde Juani sigue escribiendo su historia. Una historia que ahora no requiere de aquellos viejos madrugones para calentar el horno ni de demasiada prisa, pero que mantiene su autenticidad, la misma entrega y ese arraigo profundo que convierte una

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