Tristes, tristes

    10 mar 2026 / 08:32 H.
    Ver comentarios

    En un cuarto de luna cabe todo nuestro mundo, aunque algo innato nos induzca a desearla llena. Cabe el episodio en el que nos quedamos dormidos; bueno, en realidad, si la plataforma en cuestión se olvidara del detalle de preguntarnos si seguimos ahí, cabría la serie entera, sus siete u ocho temporadas, y otra serie más que saltaría de manera aleatoria para acompañarnos durante el sueño. Cabe el primer café de la mañana, el primer vistazo a la calle vacía, el primer ladrido de un día que todavía no parece enterarse de qué va la cosa y que podría, perfectamente, dejarnos pensar que estamos en otro día, en uno de asueto y con todas sus horas por delante para disfrutar del campo o de la playa. Cabe un adiós, siempre cabe un adiós que no encierra nada definitivo ni determinante y que se complementa con distintos mensajes que te acercan a un “¿Cómo te ha ido? ¿Demasiado cansada, demasiado cansado?”. Caben los compañeros, el jefe o jefes tocacojones, la media hora del bocadillo, las risas, los planes, el resumen del partido de anoche y, si es viernes, las cervecitas que liman asperezas, que fortalecen relaciones y que miran hacia el fin de semana como un chiquillo la noche de Reyes.

    El resto de la luna es mera opulencia, un trineo sin nieve, las brevas que se guardan para que nadie se las coma, como si tuvieran la propiedad de criar. Un cine sin película, sin manos, sin oscuridad. Un bombardero atravesando el océano Atlántico, el océano Pacífico, el estrecho de Bering y soldados que no se marean, que se vanaglorian de la seguridad de la nave. Soldados que mueren en tierra y generales que lamentan lo ocurrido y que aseguran una respuesta acorde, la muerte de otros soldados. Trump vive en ese lado de la luna con Melania, aunque no se despierten juntos. Viven como reyes y solo doblan el espinazo cuando embocan en el hoyo la pelota de golf por debajo del par. Trump tiene un amigo con el que comparte cornamenta. Un amigo que monta a caballo y que sale a pescar. Un amigo que primero le dice que sí y luego le dice que no y que, de esa manera, le da alas, alas que despegan y aterrizan desde un portaaviones en el que los soldados tampoco se marean. Los soldados que matan, los soldados que mueren.

    Netanyahu es judío; Trump, cristiano; Putin, ortodoxo; el malogrado ayatolá Jamenei, musulmán. Nosotros, como cantaban Ana Torroja y los hermanos Cano, hijos de la luna, del cuarto de luna en el que reside el episodio con el que le ponemos el colofón al fin de semana, un episodio en el que toda su trama se centra en un lunes que, al pronto, cae a plomo del cielo, un cielo que si hablara mandaría al infierno a Donald, a Netanyahu, a Putin, a Jameneí y a Melania, un cielo sin rastro de los pájaros de barro de Manolo García, sin gloria y atestado de soldados y civiles que no saben qué bomba los mató y que, al contrario de lo que les sucedía en los bombarderos y en los portaaviones, ahora se marean mucho, hasta decir “Bueno, va, a ver si por fin termina de una vez este maldito viaje”.

    De ahí su obsesión por arrebatarnos nuestro cuarto de luna, la tranquilidad del primer café apostados en la ventana, mientras oteamos el horizonte calmo. Ellos no quieren canciones, no quieren música, ni Mecano ni Manolo García ni Knockin’ on Heaven’s Door. Ellos solo quieren soldados. Los necesitan para defender su luna llena, su inacabable avaricia, su inabarcable cara dura. Iros a tomar por culo cantaba Robe. Un disco entero, en directo. Me estoy acordando, justo ahora me estoy acordando. En contraposición, necesitamos un mundo que coree Iros a tomar por culo, ¡iros a tomar por culo! Un mundo en el que cuando la luna mengue se nos escuche recitar: “Tristes guerras / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes.”

    Articulistas