Nos hacen las Américas
Cuarenta años hace que España entró en la Comunidad Económica Europea. Probablemente el acontecimiento más relevante en la historia de nuestra economía. Aquella firma permitía la libertad de movimientos de mercancías, personas y dinero por los países miembros. Atrás quedaba una etapa de excesiva orientación a una demanda interna muy pobre. Dejábamos la cabeza de ratón para engrosar una cola de león. Nuestra visión no era otra que la prosperidad que suponía converger con economías más desarrolladas.
El salto también lo era a nivel cultural pues nos sentíamos hermanos de Latinoamérica y sin embargo, en papeles, aquellos eran extranjeros mientras que alemanes, franceses o ingleses pasaban a ser conciudadanos. Difícil de explicar que entre argentinos e ingleses los nuestros eran los segundos y que aquel gol de Maradona debió anularse por mano.
No fue una transición fácil. Aquel club nos exigía una disciplina difícil de alcanzar. Recuerdo en mis primeros años de estudio de economía cómo me familiaricé con el nombre de una ciudad que no sabía ni donde quedaba, Maastricht. Aquel Tratado nos preparaba para un hito aún más increíble que era la entrada en la unión monetaria. Los criterios de convergencia consistían en controlar el tipo de interés, la inflación, el déficit y la deuda pública. Curiosamente hoy suspenderíamos ese examen.
Tras décadas en las que nos quemaban los camiones de fruta al cruzar los Pirineos, entrábamos en un mercado en que se protegía especialmente a la agricultura. Aquel proteccionismo tenía como fundamento la soberanía alimentaria de Europa y ahora éramos nosotros quienes teníamos que defendernos de la entrada de productos de terceros países.
Pero esta política de protección empieza a virar y entramos en una corriente de libre comercio a nivel mundial. Encima de la mesa está el pacto entre Mercosur (unión aduanera de países de América del Sur) y Unión Europea que permite gradualmente la libertad de movimientos.
Esto supone una amenaza a la agricultura española, ya de por sí volátil como consecuencia de la sequía y el escaso valor de la cadena en origen. ¿Hasta qué punto se va a permitir este atentado al campo español sometido a imposiciones ambientales, laborales y sanitarias que no exigen a quienes competirán con nosotros?
Nuestra provincia se juega mucho en este documento. La parte positiva no la veremos a medio plazo, con menos aranceles para exportar nuestro aceite de oliva en países, que hasta ahora demuestran poco interés en su consumo. Las consecuencias negativas son una pérdida importante de competitividad, de poder de negociación y un ataque al consumidor con productos que en origen no gozan de las garantías sanitarias que se imponen en Europa. Brasil exige la firma ya, y nuestros socios europeos, empeñados en armarse hasta los dientes, apenas pueden negociar la graduación temporal de las medidas.
Europa se la juega si en verdad va a defender los intereses de los suyos. Tan importante es permitir que en los pueblos de Europa se siga viviendo de la agricultura, como facilitar un comercio libre que en origen sigue sin ser justo.