Lo que el viento nos dejó
Afortunadamente no tenemos que lamentar daños personales por el temporal de lluvia y viento que ha azotado nuestra provincia en los últimos días. Tras la tempestad viene la calma, y entristece ver el paisaje con árboles caídos, algunos de ellos emblemas de nuestras ciudades, con troncos de tal envergadura que nunca podríamos haber sospechado de su fragilidad ante la fuerza del aire en movimiento. El tamaño, lejos de convertirse en fortaleza, se presenta como una impotencia frente a la agilidad que exhiben otras plantas más pequeñas. Lo que sorprende sobremanera es cómo el viento ha arrancado de cuajo olivos de pequeño porte en algunos municipios.
En cuanto a las lluvias, vienen bien para las reservas de agua. Se alerta de que dos embalses de apenas cinco hectómetros cúbicos están por encima del 100 %, lo que da a entender que estamos con el agua al cuello, cuando la realidad es que los grandes embalses del Guadalquivir, los de más de 500 hectómetros cúbicos, afrontarán el verano con apenas un 35% de su capacidad. La gestión reguladora del cauce del río se realiza alejada de criterios socioeconómicos, afectando de lleno al cultivo del olivar, que tendrá que afrontar episodios futuros de estrés hídrico con un alto grado de probabilidad.
Dice el refrán que nunca llueve a gusto de todos, y efectivamente las aguas han venido en plena época de recolección, lo que va a suponer una pérdida importante de cantidad y de calidad. Las borrascas nunca entienden cuál es el momento propicio, y menos estas con nombres tan extraños. Muchos oleicultores deberían plantearse seriamente adelantar la recolección. Se gana en calidad y no se pierde aceite, por mucho que se diga que el rendimiento sube en enero. Si lo hace es porque el fruto pierde humedad, con el mismo aceite, pero de peor calidad. Adelantar la cosecha al mes de noviembre favorecería nuestra posición de liderazgo en la comercialización y la tranquilidad que supone tener, para Reyes, el aceite ya en el molino.
Adelantando la cosecha también gana el consumidor, que podrá disfrutar de una mayor oferta de un producto saludable como es el aceite de oliva virgen extra. Y digo saludable porque hay otros muchos productos que resultan perjudiciales para la salud y a los que vamos a abrir las puertas de los supermercados europeos. El acuerdo de libre comercio con los países del Mercosur acarrea un perjuicio no solo para el sector productor, sino también para los consumidores, que tendrán que especializarse en distinguir productos alimentarios cultivados en Europa, y por tanto de alto estándar, de aquellos cuyo origen implica miles de kilómetros de transporte y que generan inquietud sobre los medios utilizados en su producción. Confiemos en un proceso de apertura gradual y, sobre todo, en exhaustivos controles, en beneficio no solo de los agricultores, sino de la salud de los nuestros.
No queda otra que aprender de las tormentas, no obsesionarnos tanto con ganar en tamaño y apostar por la flexibilidad que nos permita adaptarnos a los cambios. Dejar atrás el run-run atronador del viento que se cuela por las fisuras de las ventanas y bailar al compás de la música. Ya mismo recibimos la primavera al son de Oleo-Sónica.