La verdad de las ardillas
Hace algún tiempo, no recuerdo dónde, escuché que las ardillas eran monógamas y lloraban la muerte de sus parejas. Me lo creí, ¿por qué no hacerlo? E incluso, en cierta ocasión, camino de Segura de la Sierra para disfrutar de un concierto de Duquende y Repollo y tras atropellar fatídicamente un ejemplar, le conté eso mismo a los amigos con los que viajaba en el coche, consiguiendo que la congoja se apoderara de todos nosotros hasta muchos meses después del último acorde. Hoy, por una razón que no viene al caso, he vuelto a ese asunto pero, en vez de aventurarme a escribir sobre ello sin más, le he preguntado al teléfono por su veracidad y, en apenas unas milésimas de segundo, me ha respondido que no, que —como mucho— algunas ardillas macho, a fuerza de pelear con otras ardillas macho por el dominio de un territorio, arman una suerte de harén, y que el resto vienen a ser Sodoma y Gomorra. Me ha dolido en el alma esa fría verdad, la inmediatez con la que se ha asomado a la pantalla, sin necesidad de tener que recurrir a ningún libro gordo. Y, al pronto, he sentido que, pese a la aplastante —y aparente— practicidad que sustentan, deberíamos renunciar a esa clase de verdades tan sentenciosas y regresar al cable, a la cámara fotográfica de carrete, al cepillo de dientes que precisa del movimiento maestro de nuestras manos para realizar su función, a los cocedores de leche, al mortero, al fuego, al candil y a aquellas benditas enciclopedias que nuestros padres, con sumo esfuerzo y mes a mes, recibo tras recibo, fueron adquiriendo para que nosotros, sus hijos, dispusiéramos de un laberinto mágico al que acudir en busca de respuestas cuando ellos no supieran qué ni cómo respondernos. Y no estoy pensando en la defensa de su dignidad y memoria —que también—, me empuja —sobre todo— la supervivencia de nuestras verdades íntimas, de aquellas largas conversaciones en las que nadie poseía la potestad de desmentirnos sin despeinarse, tirando de un simple click.
Por otra parte, me gusta la imagen de esa ardilla que vela el cadáver de la ardilla con la que ha compartido miles de nueces. Me induce a conducir más despacio, con infinita más atención y, hasta esta misma mañana, cuando el maldito teléfono me ha sacado del equívoco en el que me había medido, reconozco que cada vez que me cruzaba con alguna me enternecía imaginarle una vida que podía asemejarse a la mía: con un nido al que regresar a la caída de la tarde y alguien a quien preguntarle cómo le ha ido el día, alguien que no puede ser otro, que solo puede ser ese alguien. Son muy curiosos esta clase de parentescos que establecemos al vuelo; sin demasiada conciencia sobre ello, nos llevan por un camino en el que la comprensión y la empatía hacia el prójimo resurgen del fondo del saco en el que solemos depositarlos y, entonces, como si lo viniéramos realizando constantemente, nos descubrimos defendiendo lo justo, lo lógico, lo que dicta el más estricto sentido común y obviando la participación de cualquier otro prisma que nos aleje de lo esencial. Supongo que nos ayuda el famoso efecto espejo, adivinarnos ante una persona que atraviesa un trance parecido, que padece nuestra misma angustia, con la que compartimos el pasillo de un hospital, por poner un ejemplo. Y supongo —también— que cuando eso no sucede y solo compartimos una triste cerveza o un carril de carretera o la sala de espera del médico de familia, por alguna razón que se me escapa, nos vence la idea de atrapar, antes que esas otras personas, la nuez que vemos en el suelo, aunque no tengamos hambre.
Además de ser poliamorosas, ¿actuarán de ese modo las ardillas, pugnarán como fieras por las nueces o trabajarán en plan equipo, como hacen las hormigas? Las que yo veo en estas montañas y, sobre todo, la que yo atropellé y lloré por ir con demasiada prisa, estoy seguro de que no. Y me da absolutamente igual lo que pueda dictaminar el puñetero teléfono, arma del diablo.