La península de José Carlos Moral

    27 ene 2026 / 08:31 H.
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    De un viaje a Cáceres, me traje una pequeña bola del mundo que, desde entonces, suele coronar la torre de lecturas pendientes que me esperan en mi mesa de trabajo. Desconozco el motivo, pero en aquel momento me debió de parecer lo más representativo para que aquellos días y aquella ciudad siguieran resonando cuando anduviéramos en otro presente. Una pequeña bola del mundo que gira como las grandes y que me obliga a agudizar la atención cuando busco en ella la situación exacta de un país y en la que la ciudad de Cáceres, en concreto, se pierde en el cruce de inscripciones de España y Portugal que realiza el fabricante, como si la hubiera tachado por nosotros. También nos trajimos de allí un queso y una moneda con la que empezar a llenar una hucha que nos llevara a otras ciudades. Una hucha que abrimos hace mucho y que nos sirvió para regresar al norte y para dormir, por primera vez —en mi caso—, en un barco que un señor tenía amarrado en el puerto de Burela con ese solo propósito: procurar descanso y una nueva emoción a los viajeros. No recuerdo qué soñé aquella noche, pero supongo que, sirviéndome de la insensata seguridad de despertar en el mismo muelle, con desamarrar la embarcación y navegar en ella hasta recalar en otro puerto.

    Materialmente, de aquel viaje al norte no queda nada y, sin embargo, quizá sea uno de los que más lozanos se mantienen en nuestra memoria. El vino que compramos en Ribadeo lo compartimos con amigos en el sur y, en la cena en la que dimos cuenta de la última botella, esos amigos aparecieron con unos amigos que, al final de esa noche, también eran nuestros amigos. Esto, por suerte, me ocurre con cierta asiduidad: lo de descubrir cómo un eslabón, que parecía completamente hermético, se cose a otro eslabón; e incluso, en ocasiones, he podido presenciar cómo esos dos o tres eslabones se terminan revirtiendo en una cadena de placeres y auxilios. En Úbeda, sin ir más lejos, existe una empresa que manufactura esta clase de milagros. En la calle Bétula, haciendo esquina con Virgen de Guadalupe, para más señas; a un tiro de piedra del parque Norte. La regentan Vicky, Bego y José Carlos pero, para no llamar la atención o por mera timidez o humildad —esto no lo sé a ciencia cierta—, cuanto te adentras en el establecimiento y te presentas de esa manera, como un eslabón suelto, actúan como si no supieran a qué te estás refiriendo y te remiten a los miles de libros que pueblan sus estanterías. Que no es mal destino, en cualquier caso; porque con los libros tiende a suceder como con el vino que nos trajimos del norte: te llevan a otra parte, a otro puerto.

    Mi primera vez fue en El Candil, una antigua sede que a José Carlos se le quedó pequeña y que, junto al Ven y Aprende de Vicky, transformaron en los Libros Prohibidos de hoy. Y probablemente ahí radique uno de los principales misterios de su pócima de los milagros: desdeñar por entero la hipótesis y maniobrar con el ejemplo, dos eslabones hechos cadena. Y la próxima —porque con esto pasa como con la cerveza, no existe la última— será este sábado, acompañando a Manuel Moyano en la presentación de “El mundo acabará en viernes”, su última novela. ¿Qué ha habido en medio para resolverse en un asunto tan especial? Personas especiales, que aparecen con la excusa de un libro y con la idea de compartir un rato de cháchara —o viceversa—; perdonas como mis queridos Miguel Cidraque y Ana Bella, o como Aurelio Blanco, el lector más empedernido que conozco, o como mi vecina Carmen Sánchez o como el fotógrafo Nacho Jiménez y su pareja María José Leiva; personas como Josechu o como mi admirado Luis Foronda, muchas personas.

    Para concluir, permítanme que les cuente muy rápido una anécdota que habla de la envergadura de un librero: varios meses antes de la publicación de “La Península de las casas vacías” de David Uclés, José Carlos Moral apareció por Santiago de la Espada y me propuso tomar un café. Entre otras cosas, me dijo: “Estos días, he tenido la ocasión de leer el manuscrito de una novela que un chaval de Úbeda va a publicar pronto. Quizá me equivoque, pero creo que se convertirá en el libro del año”. El resto es historia.

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