El lobo que nos come
No viene el lobo. Ya se encuentra aquí. Y lo hemos traído en volandas. Todos sin excepción, aunque con mucho más ímpetu y empeño quienes creen que tienen a sus corderos a salvo. Y en vista de nuestra actual manera de proceder, cualquiera diría que ahora ya solo aguardamos a que haga su trabajo, lo que se espera de un lobo. Mientras el PSOE continúe siendo la segunda fuerza política más votada, María Guardiola y Jorge Azcón deberían gobernar Extremadura y Aragón con su apoyo. Y hacerlo con el grueso del programa con el que han concurrido a las elecciones, sin la intromisión maliciosa o torticera de unos y otros. Aunque no nos guste, aunque nos parezca un sacrilegio y, lo más importante, aunque no representen a la mayoría de los extremeños y los maños. Y el mes que viene en Castilla y León, igual: si se cumple el vaticinio de las encuestas, Mañueco con la abstención del partido socialista. Ahí es donde se necesita imperiosamente el levantamiento del muro, el trazado de la línea roja. El resto de opciones no sirven, mera palabrería que padece el niño sin plaza en el Centro de Protección de Menores, la mujer que sufre violencia de género o los inmigrantes que nos ayudan a mantener a flote el país.
No sin falta de razón, repetimos hasta la saciedad que el PP ha comprado los postulados de Vox, que cada vez cuesta más encontrar las diferencias entre el original y la copia. Y lo hacemos para debilitarlo, con esa sola intención, aún a sabiendas de que ese discurso, lejos de activar el voto de la izquierda, está sumando adeptos a los de Abascal. Lo repetimos cada día, tras cada intervención de Feijóo o Ayuso, y nos regodeamos lo más grande cuando los resultados electorales les alejan de las mayorías absolutas que persiguen y les obligan a ser más dependientes de Vox. Y entonces corremos a señalar que sus primeras medidas se ciñen a desmantelar las políticas de género y de integración, a desamparar a los más débiles. Y no de cualquier manera, claro: dándonos golpes en el pecho, fingiendo una afectación que nos coloca a la derecha del Padre o a la izquierda del Che. Como si eso sirviera para algo.
¿Para qué nos vale esa razón? Las empresas demoscópicas, de cara a las próximas elecciones generales, pronostican algo más de un 20% para Vox y alrededor de un 30% y de un 26% para PP y PSOE, respectivamente. ¿Tan difícil es alcanzar un acuerdo de mínimos que saque del ruedo a los que ya sufren demasiado y a esas políticas que ya estaban, más o menos, afianzadas? Y no me refiero a un cordón sanitario que deje a la ciudadanía con la impresión de que no vamos a ninguna parte, hablo de pura matemática y de puntos en común, de que en ninguna familia de 5 miembros se come todos los días lentejas si solo son del agrado de uno de ellos. Hablo de hacer real la preocupación, de menos golpes en el pecho y más practicidad, de que el lobo ya está aquí.
Visto lo visto, por el momento la solución que propone el presidente Sánchez parece resumirse a hacerse con el dominio orgánico de su partido en los distintos territorios, dejar que el Partido Popular se castigue en los gobiernos autonómicos por tener que aceptar las desproporcionadas —y demenciales— exigencias de Vox y esperar a que escampe. En lo personal, quizá se trate de una nueva lección magistral de su famoso manual de resistencia: a él el chaparrón que se avecina siempre le va a pillar a cubierto y con sus corderos a salvo; y a él, en realidad, tampoco le viene mal que una buena parte de la población termine calada hasta los huesos, incluso puede que eso le valga de inspiración para la apertura de futuros mítines: “Os lo tenía dicho, mendrugos y mendrugas. ¡Os lo tenía dicho, pero no me hacéis ni puto caso!”. En lo colectivo, tal vez habría que preguntarse si por la tozudez e incompetencia de algunos resulta lícito permitir que el lobo ataque, sin miramientos, a los más desprotegidos del rebaño. Sobre todo, porque en eso, al menos, es fácil que estuvieran de acuerdo el Padre, el Che, ¡y hasta Felipe González!