Cuando dejamos de reptar

    28 abr 2026 / 08:26 H.
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    Hace meses que no tenemos noticias de Punch. ¿Recuerdan? Aquel mono japonés que había suplido con un oso de peluche el cariño de su madre. Lo último que supimos de él es que, poco a poco, comenzaba a ser aceptado por el resto de la manada y que incluso otra mona adulta se había empleado en despiojarle, una acción que, al parecer, en el ecosistema primate viene a significar algo muy bueno en lo que a los afectos se refiere. En definitiva: si todo ha ido como todos deseábamos cuando se asomaba a los noticiarios, a estas alturas ya no hay peluche y Punch se ha convertido en otro mono más y, sobre todo, en un mono más feliz. ¡Bendita reacción primaria, innata! ¡Bendito bebé que todavía camina erguido por la verdad! ¿No les parece? Porque, sin esa inocencia despoblada de dobleces, tal vez habría sucumbido al calor de los focos, como esos otros monos-humanos que, cada día, deciden vender su alma al diablo a cambio de una atención mediática que, de otra manera, jamás obtendrían.

    Una amiga que trabajaba en una escuela de educación infantil me contó, en cierta ocasión, que durante un curso en el que uno de los alumnos tenía problemas de movilidad no era infrecuente ver a la totalidad de la clase reptando por el aula y que, algunos años más tarde, supo que a ese mismo niño, a sus problemas de movilidad, se le había sumado el más cruel de los rechazos, porque a esos —o a otros— compañeros de pupitre, entre otras cosas, el crecimiento les había llevado a aprender a pies juntillas en la uniformidad y a señalar y a despreciar lo diferente. ¿Cómo se evita eso? Cuesta encontrar una solución para una especie que no tiene reparo alguno en denominarse a sí misma Homo sapiens y a su subespecie Homo sapiens sapiens.

    Claro que quizá el problema no radique en lo que somos al nacer, sino en lo que aprendemos demasiado pronto. Aprendemos a encajar, a no incomodar, a no destacar más de la cuenta y, sobre todo, que pertenecer al grupo tiene un precio que, con demasiada frecuencia, consiste en mirar hacia otro lado cuando alguien se queda fuera. Y quizá sea ahí donde empieza a torcerse todo: en ese instante imperceptible en el que comprendemos que ser como los demás garantiza menos preguntas, menos riesgos, menos soledad. Y entonces elegimos. Elegimos reír cuando otros ríen, apartar la mirada cuando alguien incomoda y repetir discursos que no nos representan, pero nos protegen. Elegimos, en definitiva, dejar de reptar: pasar de acompañar al que no puede levantarse a señalarlo desde la prudente distancia que impone el grupo, el maldito grupo. Y, sin embargo, algo debe de quedar. Una suerte de memoria antigua, casi biológica, que a veces asoma en forma de incomodidad, de culpa leve, de un impulso fugaz que nos empuja a hacer lo correcto antes de que la razón —o el miedo— nos convenza de lo contrario. Y tal vez no esté todo perdido si todavía somos capaces de reconocer ese tirón de orejas interno, esa pequeña resistencia a convertirnos en lo que se espera de nosotros. Nos gusta llamarnos especie pensante, duplicar incluso el adjetivo para convencernos de ello. Pero quizá la inteligencia no consista tanto en nombrarnos como en recordar. Recordar, por ejemplo, que hubo un tiempo en el que nadie necesitaba explicaciones para tumbarse en el suelo junto a otro. Recordar que la diferencia no era una amenaza, sino una simple circunstancia. Recordar, en fin, que antes de aprender a excluir, supimos —sin que nadie nos enseñara— cómo incluir. Y quizá por eso nos resulta tan reconfortante imaginar que Punch ya no necesita su peluche. No porque lo haya olvidado, sino porque ha encontrado algo mejor: una comunidad que no le exige esconder su diferencia para ser aceptado. Una comunidad que, de algún modo, ha sabido conservar —o recuperar— aquello que nosotros fuimos perdiendo. La pregunta, entonces, ya no es solo cómo evitarlo, sino en qué momento exacto decidimos dejar de hacerlo bien. Y, sobre todo, si todavía estamos a tiempo de recordar cómo se hacía.

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