Bocachancla

    06 ene 2026 / 08:32 H.
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    Hace algunos días, el 29 de diciembre, en Panticosa (Huesca), murieron tres personas tras ser arrolladas por un alud. Según cuentan los medios de comunicación, disfrutando, mientras realizaban una de las actividades que más placer les proporcionaba: caminar por la montaña y, pese a la inmensa tragedia, imagino que ese extraño consuelo les habrá quedado a sus seres queridos. Sin datos a mi alcance que lo corroboren, ese mismo día, el pasado 29 de diciembre, seguro que varias decenas de personas murieron en nuestro país a consecuencia de un infarto, mientras dormían plácidamente; pero como todas las personas hacemos eso, dormir, sus decesos no se estimaron noticiables. Y seguro —también— que, en casi todos los tanatorios a los que sus allegados acudieron para despedirse, se escuchó varias veces: “Al menos le ha pillado en la cama, ni se ha enterado”. A la muerte, por la absoluta rotundidad con la que se maneja y el vastísimo desamparo que deja, hay que buscarle alguna clase de consuelo que nos permita seguir viviendo. Obvio, esto no siempre resulta posible. El consuelo, para aparecerse, necesita que exista un atisbo de lógica. El tabaco o la edad, por ejemplo, en el caso de las personas a las que les sorprendió un infarto en mitad de la madrugada; la pasión por la aventura, en el de los tres montañeros del Pirineo oscense; lo que sea, cualquier cosa que nos sirva de razón, de destino.

    Leía hace poco que confundimos el verdadero significado de la vida en cuanto nos desviamos de la misión de reír. Qué hartura, ¿no les parece? Lo de reír sin descanso o perseguir un motivo por el que hacerlo, digo; y lo de la misión y el verdadero significado de la vida (o de lo que sea, en realidad), como si la excelencia de la vida —o de lo que sea— se concentrara en un solo acto y, sobre todo, como si la tristeza no contuviera una belleza sublime, inalcanzable en innumerables ocasiones para la risa más desbordante. Le diría más al autor o autora de ese mensaje, le diría que probablemente empezamos a confundir el verdadero significado de la vida en cuanto nos detenemos a buscarlo y nos apartamos de la tarea de sentir lo que nos va tocando, aunque eso, sin remisión, me convertiría en otro bocachancla como él o ella, porque solo a un bocachancla se le puede ocurrir creerse en la potestad de establecer verdaderos significados y distintas misiones y demás mamandurrias, y porque solo un bocachancha, un verdadero bocachancla, se afana en tratar de corregir a otro bocachancla. Pero permítanme, no obstante, que persista en la belleza que atesora la tristeza y en la cascada de sentimientos que nos procura y, dentro de esa enorme amalgama, que incida en la pena que nos originan las pérdidas, la muerte de algunas personas. Y, a su vez —ya puestos—, que me aferre a otra de esas “estúpidas” frases de sobrecitos de azúcar: recordar es volver a vivir. Ni de lejos, lo sé. Recordar, como mucho, abre la herida, hace rebrotar la sangre. Sin embargo, me confieso contrario a los que te piden que no te la toques, a los que te advierten que no te levantes la costra, porque se puede infectar.

    La muerte no sabe estarse quieta y este año —por más que crucemos los dedos o toquemos madera— volverá a presentarse en mitad de la madrugada, a través de un fuerte pinchazo en el pecho; y en la montaña y en la carretera y en un maldito cáncer sin cura y en una neumonía y en un incendio. Y volverá a borrarnos los motivos por los que reír y a hacernos llorar como si no hubiera un mañana y, como podemos ser cualquiera y en cualquier momento, como el verdadero bocachancla que soy permítanme —también— que lance la idea de añadir a los clásicos propósitos del gimnasios, del inglés, del chino y del dichoso tabaco, la humilde intención de replantearnos nuestra relación con los demás, de calibrar que nadie puede asegurarnos que no se trate de la última risa, del último café, de la penúltima cerveza y, en consonancia, ocuparnos en vivirlas y disfrutarlas como tales.

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