Aprender a nombrar el miedo
Me ha dicho que tiene miedo, sin especificar. Y cuando le he preguntado a qué, me ha respondido que a irse, a no despertarse. Y yo —sobrecogido o noqueado por el impacto—, en lugar de confesarle que, en ese caso, comparto su miedo y que me dejaría solo en esta plaza, en estas tardes, he recurrido a las manidas estupideces de siempre: que haga por donde, que esta racha pasará y que la primavera ya está prácticamente aquí y con ella los brotes a los que dedica su existencia. Me ha espetado que sí para escabullirse del incómodo silencio, para desviar la conversación y precipitar un adiós. Y ha tomado el camino hacia su casa sin que yo le diga que comparto su miedo y que me dejaría solo en esta plaza, en estas tardes.
He vuelto a la biblioteca pensando que no daba para más, que carecía de recursos para esos menesteres y, al pronto, como un punzón en la espalda, que no concebía nada más apremiante en cien mil leguas a la redonda. Me ha entrado un bajonazo, mucha impotencia. Sabe que tiene que comer y recuperar su rutina, alejarse del sillón y del televisor que le apagan, dejarse ver por el instituto —donde tanto lo quieren— y esperar a que la tierra vuelva a necesitar agua, sus cuidados. Lo sabe, pero no puede maniobrar en esa dirección, aunque los jardines, en apenas unas semanas, ya no luzcan tan esplendorosos y, a su manera, lo estén llamando a gritos. Y yo sé que lo sabe y que no puede y, al igual que él, tampoco puedo.
¿Cómo demonios hemos llegado a esto? Un hombre que, a su manera —como los jardines—, pide auxilio a otro hombre y, a cambio, apenas obtiene un puñado de frases consabidas y estériles y que ni siquiera ha de girar la cabeza y esbozar una leve sonrisa al toparse con un: y a mí me da miedo que te vayas, me dejarías solo en esta plaza, en estas tardes. Dantesco, ¿no les parece? Hasta ChatGPT nos expondría al instante una retahíla de consejos de cómo actuar frente a una persona triste, depresiva y, la mayoría, con infinita más enjundia que mi estúpida invitación a que deje que el paso del tiempo devuelva las cosas a su sitio. ¿Qué clase de solución es esa, cuando el miedo te alcanza y no te suelta?
Me pregunto si semejante inoperancia emocional no debería tratar de aplacarse en los colegios e institutos. Porque imagino que no soy un caso único y que, en una situación parecida, casi todos nos descubrimos igual de desprovistos de herramientas que vengan a servir de bálsamo, de verdadero consuelo. Principalmente, porque en esta vida abundan más las tristezas que las ocasiones en las que se hace preciso saber hacer raíces cuadradas y porque todavía nos cuesta hablar en público de este tema y, por la razón que sea, tendemos a entenderlo como una debilidad o como un golpe de mala suerte, aunque termine erigiéndose en una lotería que toca en todas partes. De ahí que también solamos responder que estamos bien, cuando no estamos bien y de ahí que nos afanemos en, al menos, aparentarlo.
Quizá el verdadero analfabetismo de nuestra época no sea matemático ni tecnológico, sino afectivo. Sabemos resolver ecuaciones, tramitar documentos, actualizar dispositivos y memorizar fechas, pero no sabemos qué hacer cuando alguien nos dice que tiene miedo a irse, a no despertarse. En esas lides, no sabemos cómo sostener esa frase sin envolverla deprisa en celofán de optimismo; no sabemos quedarnos ahí, sin huir hacia la maldita meteorología o hacia la inminente llegada de la primavera, como toda solución. Y probablemente se deba a que nadie nos ha enseñado a escuchar sin corregir, a acompañar sin trivializar y a que, a veces, la única respuesta digna es reconocer que también nosotros tenemos miedo. Y quizá, mientras no aprendamos a nombrar el miedo sin rebajarlo y a reconocer la tristeza sin convertirla en incomodidad, seguiremos dejando a la gente sola en las plazas, en las tardes, en los inviernos. Y seguiremos marchándonos a casa con la sensación de haber hablado mucho y haber dicho muy poco. Nada.