Algunos “Te quiero”

    20 ene 2026 / 08:32 H.
    Ver comentarios

    Hay un “Te quiero” que echa la llave o que firma con idéntico automatismo la autorización para una excursión del colegio que para una intervención de urgencia en el ventrículo izquierdo; un “Te quiero” que no se piensa, que se canta como la tabla del 2 o del 7 y que lo mismo sirve para cerrar una lista de la compra que para abrir una excusa. Un “Te quiero” que se le dice a una persona querida, pero con una entonación y unas maneras que recuerdan al “Siguiente” con el que te reclaman en una cola. Un “Te quiero” sin fuste y, a su vez, tataranieto del “Te quiero” más importante de nuestra vida y que maniobra como unos puntos suspensivos infinitos y con el ánimo de que —con renovado ímpetu— venga a cerrar el último capítulo de nuestra obra. Un “Te quiero” de migas de pan, de piedrecitas en el camino.

    Hay otro “Te quiero” que no se pronuncia o que se dice en voz baja, para uno mismo y con la sola y secreta intención de comprobar cómo suena. Un “Te quiero” que se alimenta de un anhelo y que no se lanza al mar en el interior de una botella, porque tiene destinatario/a, un destinatario/a que, por la razón que sea, creemos que no nos quiere o —al menos— no del modo que nos gustaría. Un “Te quiero” de instituto, de parque y litrona, de troupe de amigos y amigas y de unos ojos que temen ser descubiertos por otros ojos; un “Te quiero” que emana de un verano en el que hace mucho frío y que sueña con una primavera y con un prado verde como escenario para un primer beso. El “Te quiero” que se lleva la fuerte corriente del tiempo, cuando se imponen las obligaciones de pagar recibos y llegar a fin de mes. El “Te quiero” al que añoramos regresar, aunque en su momento no fuese correspondido, para volver a temblar por algo que tenga verdadero sentido.

    En un rango aparentemente inferior se halla el “Te quiero” que se le dice a un amigo al que se ve muy de cuando en cuando. A bote pronto, da para pensar que tiene mucho de frase hecha, porque bastaría con dedicar algo más de atención a ese amigo para que ese “Te quiero” se resolviera en una verdad incuestionable, y puede que eso sea cierto, muy cierto, pero no tanto como para que dicha declaración pierda un ápice de sinceridad, porque el hecho de que la vida nos cambie, nos separe y nos distancie, no evita —a Dios gracias— la supervivencia de los afectos. Y de ahí que una sola y mísera cerveza sea suficiente para volver donde parecía imposible.

    Contrariamente a lo que nos dicta la principal misión para la que venimos al mundo, los “Te quieros” no se nos caen de la boca. En ocasiones, los estimamos inoportunos, demasiado grandilocuentes y los sustituimos por un “Venga, a ver si es verdad que nos vemos pronto, cuídate”; otras, preferimos omitirlos por si nuestro interlocutor-ra lo entiende como un signo de debilidad —así de rácanos y cobardes somos—; o los silenciamos a la espera de que sea la otra persona quien lo diga primero. ¿Cuántos trillones de “Te quieros” habrá pudriéndose en ese saco? Porque no son recuperables, cada uno de ellos es único y deudor de un instante, y cualquier otro “Te quiero” posterior, como mucho, puede afanarse en tratar de reparar ese instante, pero no en sustituirlo, porque ya se ha vivido.

    Algo se debería hacer con esos “Te quiero” que no consiguen levantar el vuelo. Qué se yo, algo —por ejemplo— que funcionara como las bibliotecas, a base de préstamos, pero en las que imperaran el desorden y el azar para que cada uno de los “Te quieros” repartidos en los anaqueles gozasen de las mismas posibilidades de ser recibidos; o unos grandes almacenes en los que no se dispensara ninguna otra cosa, solo eso, “Te quieros”, unos grandes almacenes abiertos las 24 horas del días y los 365 días del año para que nadie con necesidad de sentirse querido se fuera nunca de vacío. Un templo al amor construido por los que no siempre sabemos amar o por todos-as, en realidad, ¿no? El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

    Articulistas