Somos las manos que te cuidan
Ser TCAE significa estar presentes en momentos muy delicados de la vida de las personas. Somos quienes ayudamos a levantarse a quien no puede hacerlo solo, quienes escuchamos cuando alguien necesita hablar, quienes tranquilizamos con una palabra o una sonrisa. A veces, incluso cuando el cansancio pesa, seguimos adelante porque sabemos que nuestro trabajo tiene un impacto real en el bienestar de los demás. Pero nuestra labor no se construye en soledad. Formamos parte de un equipo sanitario donde cada profesional aporta su conocimiento y su esfuerzo para ofrecer la mejor atención posible. Dentro de ese equipo, los TCAE somos un pilar fundamental: estamos cerca del paciente, observamos, acompañamos y colaboramos con enfermeras, médicos y otros profesionales para que el cuidado sea integral. También es importante destacar el compañerismo que nace entre nosotros. Compartimos jornadas intensas, situaciones difíciles y también momentos de satisfacción cuando vemos que un paciente mejora o simplemente cuando sabemos que hemos hecho bien nuestro trabajo. Entre compañeros nos apoyamos, nos entendemos y creamos una red humana que hace más llevadero cada turno.
Hoy es necesario dar visibilidad a nuestra labor. Reconocer que detrás de cada cuidado hay profesionales comprometidos, con formación, responsabilidad y una enorme vocación. Los TCAE somos mucho más que una figura de apoyo: somos una parte esencial del sistema sanitario. Por eso, este reconocimiento también es para mis compañeras y compañeros. Para quienes trabajan con dedicación, con cariño hacia los pacientes y con respeto hacia el equipo. Para quienes, día tras día, siguen demostrando que cuidar es una de las tareas más humanas y valiosas que existen. Porque ser TCAE significa algo muy sencillo y, a la vez, muy grande: estar al lado de quien más lo necesita. Somos las manos que cuidan. Y nuestro trabajo merece ser visto, valorado y reconocido.
JUAN FERNANDO RUIZ LÓPEZ / Hospital Sierra de Segura
Señor Aznar: memoria y responsabilidad
Justo en el aniversario del 11-M, José María Aznar exhibió de nuevo un cinismo hiriente: afirma que “está más que justificado que se intente cambiar un régimen que altera completamente las reglas internacionales”. ¿Se refiere a Donald Trump y sus constantes atropellos al derecho global? Por supuesto que no; su objetivo es Irán. Resulta una ironía macabra que quien dinamitó la legalidad para hundirnos en la guerra de Irak y el caos del ISIS pretenda hoy dar lecciones de derecho. José María Aznar es el único miembro del Trío de las Azores que sigue atrincherado en su soberbia, incapaz de pedir perdón, prefiere cerrar la efeméride alimentando delirios conspiranoicos junto a Jaime Mayor Oreja. Su desprecio por la verdad y por el marco jurídico que juró defender es una afrenta permanente. Quien sacrificó la seguridad y la ley por intereses espurios no merece respeto, sino un juicio moral implacable. Sin asunción de responsabilidad ni vergüenza, su legado permanece sentenciado por la ilegalidad y la traición a la memoria de las víctimas.
MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / MADRID