Siempre la verdad

    05 feb 2026 / 08:34 H.
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    Escuchaba unas viejas canciones de cantantes ya fuera de órbita, por haber fallecido o estar retirados, pero que la popularidad las mantiene todavía en activo. La letra de una de ellas me llamó la atención y me dejó grabada una frase: “He sabido que es peligroso decir siempre la verdad”. Entraba dentro del conjunto de eslóganes que formaron a una entonces juventud y que ahora lo reafirman como un principio de vida.

    La RAE define el término “verdad” como “conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente”, y otra acepción la define como “conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa”. Me parece que estas dos definiciones pueden conducir a una interpretación personal y particular de “mi verdad”. Prefiero la acepción “juicio o proposición que no se puede negar racionalmente”. Y como sinónimos, entre otros, veracidad, autenticidad, realidad, certeza, fidelidad, evidencia, exactitud.

    La actitud de no decir siempre la verdad puede tener una grave consecuencia y es que a uno le repliquen de manera cordial o con acritud: “No es que me preocupe el que me hayas mentido, lo preocupante es que de ahora en adelante ya no podré creer ni defender tus afirmaciones”. Ya se ve: cuestión de confianza. Sí, efectivamente, la falta de verdad pone en juego la fidelidad y la confianza entre las personas y es desolador que esto pueda darse en la sociedad, pero más aún si se trata de un ámbito familiar, de amistad o laboral. Hay, pues, que valorar la verdad sobre la mentira, hay que reconocer la verdad como un bien moral, como una virtud que ha de ejercitarse siempre porque ello lleva anejo el ser fiel, ser honesto, ser sincero, ser coherente y auténtico. Es una tarea individual que también puede hacerse extensible a la sociedad.

    JUAN ANTONIO NARVÁEZ
    SÁNCHEZ / ÚBEDA

    Ahondar en las entretelas

    La realidad nos sobrecoge, unidos internamente podemos marcar las diferencias y remarcar las semejanzas, comenzando por un itinerario anímico de formación, que tiene su naciente en nuestros propios pulsos y pausas. Tenemos que retomar el camino del corazón, pues es la mejor guía para saber cómo morar y vivir en el discernimiento permanente. Resulta muy valioso despojarse de vicios y vacíos, para poder adentrarse en otro horizonte más espiritual que terrícola. La tarea no es fácil, nada lo es; pero tal vez, si fomentásemos más el diálogo frente a la división, tendríamos más quietud interna y mejores deseos, que fructificarían en satisfacción. Ya está bien de tanto penar y de no hacer nada por cambiar de aires. Nos merecemos un giro: pensar más y mejor. En efecto, la tristeza, el descontento o el desagrado tienen sanación, con un espíritu de tolerancia, de respeto mutuo y de consideración hacia nuestros análogos. Quizás tengamos que aprender a convivir con nosotros mismos, a querernos para poder legarnos, hacia la ruta del compartir y del donarse. Por desgracia, todavía no hemos ejercitado el sencillo arte de vivir como hermanos. Resulta asombroso que la humanidad se deshumanice por completo, con inhumanidades verdaderamente crueles y aún no sepa convivir con la diversidad. Hay que fraternizarse; y, por ello, practicar la correspondencia de latidos es la mejor revuelta para adquirir conciencia de la verdad y de la bondad, de la justicia y de la injusticia. Sólo así, no se perderá un repique benefactor, por falta de abrazos y oportunidades. No hay en el mundo señorío más fructífero, que la libertad para la comunicación humana, lo que nos demanda una visión de comunión profunda, haciendo valer y valorando los maravillosos frutos del ingenio y del constante trabajo, que todos llevamos consigo. De ahí, la importancia de serenarse, para poder entrar en diálogo con nuestros interiores y después poder compartir la hazaña. Cada día, debe ser un nuevo renacer a la concordia, jamás a la desunión o a las absurdas contiendas. Lo nefasto de uno mismo radica, precisamente, en tener un fondo cerrado y endurecido. Quien se conoce a sí mismo, nota que somos un instrumento de muchas cuerdas y las ofrece; pues, lo trascendente, está en saber vibrar con todas y, como un buen compositor, componer la mejor melodía para vivirla. Ciertamente, como poetas en guardia, tenemos que combinar a diario, la mejor mezcolanza de vocablos para que nos lleguen al alma, y podamos palpitar armónicamente. Es cierto que muchos fallecen o se suicidan ante los obstáculos de aquí abajo, esto nos pasa por no creer en nosotros mismos. Cultiva primero tu esfuerzo y tus andares saltarán todas las dificultades. Tampoco dejemos nada primordial para mañana, si hoy lo podemos hacer. Sin duda, hemos de revisarnos entre luces y a tiempo completo. La iluminación no llega porque sí, que también, lo que nos demanda un examen diario de autocrítica formativa, para ser liberados de fáciles sugestiones y manipulaciones, sobre todo si es en daño de la evidencia y de la moral. Bajo esta atmósfera de intereses y teniendo en cuenta que, lo esencial suele ser invisible a los ojos, protejámonos si puede ser con calor de hogar, porque de él siempre emana amor y vida. También debemos escucharnos mucho más. Tener tiempo para nosotros es vital, al menos para reconocer la humanidad del otro. Esto significa rechazar la discriminación, el racismo, la xenofobia y el discurso de odio o venganza, que ahora tanto prolifera por todos los rincones del planeta. Hagamos, pues, de la cotidianidad un tratamiento de ejercicios que nos acerquen entre sí. Las pequeñas decisiones que tomamos a diario, con naciente mar adentro, suelen fecundar sueños que fortalecen lazos, que vierten paz y transparencia. Lo que necesitamos hoy, como el comer.

    VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén

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