Nos incumbe desarmarnos y amarnos

    11 mar 2026 / 08:26 H.
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    Debemos calmar los ánimos y colmarnos de paciencia, con lenguajes de concordia y abecedarios de apaciguamiento, para poder desarmarnos y tejer otro porvenir más armónico, con un quehacer además desprendido y un obrar clarividente. Hoy más que nunca, tenemos que ganar quietud en nuestro propio fuero interno y trabajar la transparencia del cantar de la vida, si en verdad queremos encender los corazones de afectos.

    Nadie puede ofrecer lo que no posee. Por ello, hemos de cultivar los acuerdos cada día, haciéndolos presencia y camino en nuestros andares. De lo contrario, se impregnará en nosotros un gran sentimiento de impotencia, ante el curso de los acontecimientos, cada vez más inciertos. Cuando convenimos la coalición entre cultos y culturas como un ideal lejano, terminamos por no considerar escandaloso que se activen las contiendas, e incluso que se fomenten las batallas para poner orden. No hay nada más mezquino que esta actuación guerrera. Como gentes de verso en verbo que debemos ser, la agresividad hay que destronarla de nuestros diarios existenciales; máxime sabiendo que cuando estallan los conflictos, los niños son los más afectados. Desde luego, la mejor protección es acabar con las guerras. Ojalá que sea el conocimiento y la comprensión, lo que se valore plenamente en todas las sociedades. Esto significa cumplir con las obligaciones del desarme, reconstruyendo la familiaridad y reforzando las atmósferas del entendimiento entre análogos. Fomentar la vía del diálogo en un mundo globalizado como el actual, es lo más acorde para no caer en una espiral destructiva, que nos deja sin conciencia en un territorio salvaje. No hay que ser el más león, sino el más conciliador. Se nos olvida que, buscando el bien de nuestros semejantes, también encontramos el nuestro. La bondad, más que ninguna
    otra cosa, es lo que mejor desarma a los hombres. Quizás, por eso, sea bueno a veces volvernos párvulos. Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Está visto que nada nos inquieta, como pensar en nuestros descendientes y en su fragilidad, hasta el extremo de hacernos más humanos y lúcidos, respecto a lo que permanece o a lo que pasa, a lo que da savia y a lo que provoca muerte. Sea como fuere, a poco que nos adentremos en la cotidianidad de nuestro mundializado diario, percibiremos que el sueño de la estabilidad y el equilibrio parece un imposible, puesto que cada aurora está todo más en peligro. El uso de armas nucleares está ahí, es el más grande en decenios. La crecida de tensiones tampoco cesa, llevándonos a un gasto militar que verdaderamente causa pavor. Lo mismo sucede, con el aluvión de oscuridades sembradas, a las que hay que añadirle todo tipo de armas que están proliferando y que, sumadas a las tecnologías emergentes, hacen que los trances sean aún más tóxicos. Ojalá aprendamos a discernir, comenzando por reconocer que una tregua internacional verdadera y constante no puede apuntalarse en el equilibrio de fuerzas militares, sino en la confianza recíproca. Es deseable que, cada espacio viviente, se convierta en un espacio habitable de convivencia; sin conveniencia, donde cada cual aprenda a reprenderse para poder desactivar la hostilidad, que reina y gobierna en muchas partes del planeta. La unión no es una utopía, se trata de comprometerse con el cumplimiento de las condiciones acordadas, para iniciar una alianza firme y amistosa; lo que conlleva tomar la cultura del abrazo, como senda de la mediación y sanación. Un espíritu reconciliado consigo mismo, sabe apaciguar también con los demás, y no levantar la espada de la discordia, que es lo que nos tritura el alma. Un nuevo orbe nace cuando dos seres se abrazan. Cultivemos esta hazaña, ¡amándonos! Venga a nosotros, pues, el pan de cada día con la paz en cada noche.

    VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén

    A las 5 de la tarde

    Ella se sentó para echar un vistazo al libro que acababa de coger del estante. Enseguida notó la presencia de una figura masculina que la observaba.

    —¿Nos conocemos? —preguntó ella.

    El hombre negó con la cabeza.

    —¿Entonces por qué me observa? —insistió la mujer.

    —Tiene en sus manos el último libro que buscaba. La dependienta me ha dicho que no hay más ejemplares de esta edición que ya está agotada.

    Ella se sintió culpable por haberse adelantado. El libro le gustaba mucho.

    —¿Qué hacemos? —preguntó de nuevo la voz femenina.

    El hombre la miró con más atención. Eran de la misma edad.

    —En este momento de mi vida estoy jubilado. Creo que somos más o menos de la misma edad. Te propongo, por tanto, que lo leamos juntos, directamente, a las 5 de la tarde, en una pequeña cafetería donde no ponen la televisión. ¿Qué opinas?

    Ella lo miró con más atención. Sintió que quería ligar con ella, pero sonrió levemente. Era una cita literaria de la que podría surgir una amistad.

    —Acepto, con la condición de que cada día leamos en voz alta uno de los dos: un día tú, otro yo. ¿Aceptas?

    El hombre aceptó con gusto. Esta mujer acababa de leerle el pensamiento. Pagaron el libro a medias y fueron a la cafetería propuesta. Le pidieron al dueño —al que el hombre conocía— que guardara el libro como depositario de esta hermosa historia, de la que podría salir una relación. Los libros no dejan de sorprendernos por el efecto que tienen en las personas.

    PEDRO MARÍN USÓN

    Sempiterno engaño

    Hay tradiciones que no se pierden, como el anuncio de que Irán tendrá la bomba atómica el próximo martes. Es el “mañana empiezo” de la geopolítica: una promesa eterna que sirve para justificar el noble arte de la guerra imperialista preventiva “porque me da la gana”. El calendario es revelador. En 1984, el Senado de EE. UU. calculó 7 años. En 1992, Netanyahu rebajó la espera a 3. En 1995, la CIA situó la debacle nuclear en el año 2000. Llegó, se temió por los ordenadores... pero la bomba iraní tampoco apareció. Lejos de rendirse, en 2012 Netanyahu acudió a la ONU con un dibujo de bomba digno del Correcaminos —no es broma— y aseguró que 2013 sería el apocalipsis. Han pasado más de 10 años y el “punto” sigue desplazándose con admirable disciplina. Ahora han atacado a Irán y la bomba no aparece. El libreto resulta familiar. En 2003, el “Trío de las Azores” nos vendió armas de destrucción masiva en Irak con la misma convicción con la que un trilero señala la bolita. No aparecieron jamás, pero el mundo quedó echo unos zorros. El guión es tan previsible que aburre, pero mientras el público siga comprando palomitas, los imperialistas de turno seguirán efectuando guerras preventivas basadas en pruebas que nunca llegan a materializarse; aunque las víctimas inocentes de sus guerras, sí.

    MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON

    Cartas de los Lectores