La felicidad erradicar en el espíritu reconciliador

    20 mar 2026 / 08:31 H.
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    El júbilo es un objetivo humano primordial y maravilloso; sin embargo, no hay obligación que descuidemos tanto como el deber de caminar aplacados. En consecuencia, puede ser un buen deseo trabajar en estas fechas, en las que despunta primavera repoblada de versos y poblada de sueños, en un poderoso catalizador de diálogo y concordia. Indudablemente, cuando nos adentramos en nuestros interiores místicos, observamos que el bienestar no es un ideal de la razón, sino de la contemplativa conciliadora del poema y la palabra, a degustar por los labios del alma, que son los que verdaderamente nos trascienden, con el descanso de la pena y los dolores. De ahí lo importante que es descender a las profundidades de uno mismo para lograr un cambio de visión y una mutación del ser.

    Lo horroroso de esta humanidad, que se ha globalizado, pero no hermanado; es que nos afanamos en buscar con el mismo brío el individualismo, volviéndonos radiantes egoístamente e impidiendo que los restantes lo sean. Desde luego, si queremos promover una gozosa armonía humanitaria, hemos de comenzar por extenderla a todos, comenzando por nuestras propias familias, para continuarla después, a través del compromiso y la determinación de la comunidad internacional con el bien común, que sobrepasa fronteras, tradiciones religiosas y culturas. Todo esto requiere, asimismo, de una colaboración interdisciplinar sistemática, reuniendo instituciones y uniendo sus diversos quehaceres, para lograr atmósferas de entendimiento.

    Está bien que cada uno goce al máximo de la tranquilidad que pueda, pero sin disminuir la placidez de sus análogos. Ojalá aprendamos a reprendernos. La quietud llega, precisamente, como fruto de un constante cultivo moderador; lo que nos lleva a pensar que tenemos que ejercitar continuamente el espíritu apaciguador, con nosotros mismos, con los demás y con aquello que nos rodea y acompaña. Unidos a estos sentimientos de entrega total, sin interés alguno, es como la alegría entra en el corazón y nos engrandece. En cambio, si se hace de la prosperidad un ídolo, uno se equivoca de horizonte y es difícil reencontrarse y hasta quererse. Esta es la propuesta de algunas gentes que ponen la mentalidad en la búsqueda del placer a toda costa y en la difusión del uso de drogas como evasión.

    Por otra parte, la paz no se puede construir sólo a través de la geopolítica. Necesitamos una avenencia más inclusiva, también más humana y precisamos a los jóvenes para construirla. Bajo este oleaje, más celeste que terrícola, nada está de ningún modo consumado. Basta un poco de complacencia para volver a resurgir. Lógicamente, nosotros queremos transitar satisfechos por aquí abajo. Al fin y al cabo, todo parte del corazón, nunca de la riqueza, ni de la gloria humana o el poder, por útil que sea. Sólo hay dicha donde habita la virtud y reside el esfuerzo serio, pues la vida no es un juego, es un ejercer el paso como poeta en guardia permanente. Así, lo que nos llena de optimismo, es una plenitud existencial sustentada en el amor, la esperanza y el servicio.

    No hay que desesperarse, las personas felices se quedan sin historia. Está visto que el querer lo es todo en la vida. En este mundo, cada persona, tiene su sitio; lo importante es ayudarse entre sí, hacer risueños a los otros y no hacerlos desgraciados. Para conseguirlo, laboremos el aprecio en nuestro caminar diario. Tampoco hay felicidad, sin fidelidad, ni conversión. Sea como fuere, no hay mejor transformación que dar vida y amor, sin cesar. En todo caso, si en verdad queremos ser encantadores, también lo seremos. Es la voluntad, la que mueve pesares y seca el cauce de las lágrimas, la que vive el presente y desea ser agradecido, aprendiendo a perdonar los errores de los análogos y los nuestros propios. No olvidemos jamás que, un acto de caridad, es por sí mismo un acto de salud.

    VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén

    Silencio atronador de los airados

    Dónde están ahora? ¿Dónde se han metido quienes hace poco tiempo se rasgaban las vestiduras, clamaban al cielo y escupían indignación ante la mera idea de pedir perdón a México por la conquista? Aquellos que ridiculizaban cualquier gesto de autocrítica hoy guardan un silencio tan espeso como revelador, ahora que el propio rey Felipe VI reconoció lo evidente: que hubo abusos, hubo excesos y hubo una sombra ética imposible de negar. Y, de repente, los valientes de tribuna desaparecen. No era una cuestión de orgullo nacional, como nos quisieron vender, sino de negacionismo cómodo; ese que se parapeta en una historia edulcorada para no incomodarse, para no pensar, para no asumir que su concepto de patria también se cimenta sobre la barbarie. Y ahora, ante palabras oficiales que dinamitan su relato, optan por callar. Ni rectificación, ni reflexión, ni un mínimo gesto de coherencia.

    Ese silencio no es prudencia: es el colapso de su cobardía. Reconocer errores no debilita a un país, lo dignifica; lo que lo degrada es la soberbia de quienes solo saben gritar cuando se niegan a escuchar.

    MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / Madrid

    Guerra ilegal

    Por mucho que la tiranía iraní mereciera desaparecer, la guerra de Trump ha sido, sin la aprobación del Congreso, es ilegal. Aprobada sólo por el 21% de los norteamericanos, es antidemocrática. Y ejecutada contra falsa promesa de Trump de no emprender guerras, es traicionera. El mundo entero padece hoy por los errores, flaquezas y empecinamientos del pueblo estadounidense.

    MARTÍN SAGRERA / Madrid

    Peatones en retroceso, bolsillos en rojo

    Los datos del 2025 reflejan una caída del tráfico peatonal en los ejes comerciales que va más allá de una simple cifra del 1,2%: es el reflejo visible de una realidad que se siente en silencio dentro de muchos hogares. Cuando los bolsillos aprietan, las calles se vacían. No es que falte interés por salir, pasear o comprar, sino que cada desplazamiento acaba midiendo el coste en euros, no en pasos. El hogar, para quienes aún pueden mantenerlo, se convierte en el refugio frente a una economía que empuja a cerrar ventanas antes que monederos. Allí se resiste con lo justo, se aplazan deseos y se hace inventario de prioridades. Mientras tanto, los escaparates esperan miradas que ya no llegan y los comercios, supervivientes de tantas crisis, vuelven a ajustar luces y esperanzas. Una sociedad que se repliega hacia dentro es señal de un malestar que no se cura con simples estadísticas. Tal vez haya llegado el momento de mirar menos los porcentajes y más las vidas que se esconden detrás de ellos. Un NO al empobrecimiento, un NO a la indiferencia, un SÍ a la dignidad del vivir.

    PEDRO MARÍN USÓN / Zaragoza

    Cartas de los Lectores