La burocracia potencia accidentes y riesgos

    13 feb 2026 / 08:42 H.
    Ver comentarios

    No sé quién introdujo la idea de que el mercado es algo egocéntrico y perverso, pero ha trastocado su sentido. Originalmente, quienes hablaron del mercado no eran “economistas” sino, como los de la Escuela de Salamanca, teólogos y filósofos morales o como Adam Smith que se dedicaba a la filosofía moral. Moralistas que no pretendían fundar otra ciencia, solo explicar el comportamiento de las personas dentro de algo tan natural como el mercado que era solo la reunión de todas las personas comunes, de un lugar, que cooperaban voluntaria y pacíficamente, intercambiando productos y servicios, con el fin de mejorar su vida y colaborando con los demás, ya que todo intercambio voluntario solo ocurre si cada uno recibe lo que le sirve mejor que lo que da, y así se produce la eficiencia.

    Si fuera “egocéntrico”, claro, el gobierno debería “regular”, coercitivamente, lo que termina, no en una regulación natural, sino en una distorsión del desarrollo espontáneo de la sociedad. El “mercado” pasa de ser un ámbito de cooperación, donde todos deciden y ganan en tiempo real, a transformarse en un ámbito interferido por la arbitrariedad de un burócrata. Y, así sí, se transforma en un reino del egocentrismo donde lo que conviene es convencer —o corromper— al burócrata para que las “regulaciones” los beneficien a costa de los demás. Como cuando empresarios consiguen subsidios que pagan los ciudadanos comunes. O, en el ámbito de la prevención, cuando los funcionarios imponen caprichosas directivas estatales sobre la opinión de los interesados, del público, que son quienes mejor saben defenderse.

    Por caso, el Ejército de EE UU, concretamente, el Army Corps of Engineers fue el que construyó los canales y murallas que protegían a Nueva Orleans que, a sabiendas, no podían resistir tormentas como el huracán Katrina del 2005 y la ciudad quedó destruida. Las compañías aseguradoras y reaseguradoras podían haber erigido infraestructura de defensa adecuada, si las regulaciones estatales lo permitieran. Swiss Re estimó los aportes de las aseguradoras globales, por catástrofes naturales durante el 2024, en más de USD 135.000 millones, pero las pérdidas económicas totales por desastres superaron los 318.000 millones, dejando una brecha de protección significativa a raíz de que los Estados desincentivan, cuando no prohibiendo directamente, la protección en muchos casos.

    Y ahora tenemos este accidente de trenes que se cobró más de cuarenta vidas en Adamuz, España. Entre otros testimonios, se conoció una carta en la que un sindicato español de maquinistas había advertido, en agosto del 2025, sobre un grave desgaste en las vías de alta velocidad, incluido el tramo donde ocurrió este accidente. Todo pareciera apuntar a un problema en las vías cuyo cuidado y mantenimiento está en manos de burócratas estatales. Sea como sea, hay dos cosas que deben quedar en claro y que hacen que el “control estatal” sea contraproducente.

    En primer lugar, las personas —el mercado— se juegan la propia vida, mientras que, para el burócrata, la prevención de un accidente es solo otro expediente tedioso, por tanto, nadie tendrá más cuidado que las personas hacia sí mismas. El mercado regula con mucha eficacia los accidentes, en tanto el Estado no interfiera coactivamente, de varios modos, empezando por la competencia entre empresas que obliga a mejorar al máximo los servicios. Luego, en casos como los medios de transporte, tanto empleados —conductores, pilotos, etc.— como directivos serán los primeros en controlar ya que, cualquier accidente, los perjudicaría en primera persona. Y, finalmente, los usuarios, que también se juegan la propia vida, con sus observaciones, experiencias y opiniones serán implacables reguladores elogiando o descreditando y denunciando empresas.

    Segundo, el mercado trabaja en tiempo real y de modo personal, mientras que los burócratas responden a regulaciones, leyes y protocolos anticuados, y generales cuando cada persona y cada situación es un caso especial. Por ejemplo, durante la crisis de la covid 19, me consta personalmente que, “por razones de protocolo”, a muchas personas les aplicaron procedimientos que no eran idóneos para ellos, poniendo en grave riesgo su vida, y no quiero saber cuántos murieron así.

    ALEJANDRO A. TAGLIAVINI

    Día Mundial de la Radio

    Ni que decir tiene la importancia que tienen los medios de comunicación en el siglo XXI. Los periódicos, la televisión o la radio son hoy, más que nunca, fundamentales para informar a la sociedad. Con motivo de la celebración del Día Mundial de la Radio, que se celebra mañana, 13 de febrero, desearía poner en valor a esas voces que nos acompañan en los trayectos al trabajo, en el hogar o simplemente cuando caminamos. Aprovecho estas breves líneas para felicitar a los locutores de las diferentes cadenas de radio que hay en la geografía provincial. Sin duda, gracias al servicio, al compromiso y a la cercanía que prestan cada día, los oyentes jiennenses estamos más informados. Como cada año las emisoras han preparado una programación y contenido especial para aquellos radioyentes que no podemos pasar sin el transistor, un aparato que fue muy necesario en el apagón del 28 de abril del año pasado. Cabe destacar que cada vez son más los jóvenes que escuchan programas de radio a través de los conocidos podcast.

    JUAN LIÉBANA / JAÉN

    Subvenciones o dignidad

    Las relaciones entre el Gobierno Vasco y las asociaciones de víctimas del terrorismo resultan complicadas; uno legisla, mientras que las otras reivindican con denuedo lo que consideran que es de justicia para los afectados por la lacra del terror etarra. El último y reciente punto de fricción ha sido la resolución que modifica la situación penal del terrorista apodado “Txeroki” lo que ha llevado al enfado y decepción, otra más, de las asociaciones que velan por las, víctimas: Un toma y daca perpetuo, ya que ambas posturas se encuentran en las antípodas. Llegados a este punto, hay algo que no cuadra, ¿o sí?; me refiero a las jugosas subvenciones que el Ejecutivo vasco concede a las asociaciones para que organicen eventos institucionales, que a fin de año deben demostrar que se han llevado a cabo para optar a las subvenciones del siguiente año. ¿Cómo es posible que ante las afrentas recibidas por parte del Ejecutivo de Vitoria, las asociaciones acepten su dinero? Resulta de una claridad palmaria de que tal comportamiento es incongruente, servil, indigno y obsceno. ¿Dónde quedan la ética, dignidad y honor al aceptar cada año los platos de lentejas y las treinta monedas? Urge no aceptar esas subvenciones envenenadas: ¿honor, dignidad y coherencia? o “Dame pan y llámame perro”. Ese es el dilema: honra o barcos.

    FRANCISCO JAVIER SÁENZ MARTÍNEZ / LASARTE-ORI

    Cartas de los Lectores