Hoy, once de mes

    12 feb 2026 / 08:33 H.
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    Hoy once de mes, escribo en honor de la Virgen de la Capilla, Patrona de Jaén y Alcaldesa Mayor de esta ciudad. Y escribo con especial devoción pues todos los once de cada mes recordamos la gracia que tuvo Jaén con el glorioso Descenso de la Virgen María, allá por el año 1430, para socorro y amparo de nuestros mayores. Hemos visto estos días pasados el funeral por las víctimas del accidente de tren en Adamuz. Hemos visto cómo el funeral, en un abarrotado pabellón deportivo se celebraba por la curia onubense estando al frente de la misma su Obispo, y hemos visto cómo se celebraba la ceremonia bajo el manto protector de la Virgen de la Cinta, patrona de la ciudad de Huelva. Y en medio del dolor que ha causado esta tragedia, quiero resaltar y agradecer este impresionante testimonio de fe sincera. Especialmente conmovedoras fueron las palabras finales de Liliana, hija de una fallecida, que nos emocionaron a todos. Dichas al final de la ceremonia, en representación de las familias, asida de la mano de su hermano que no podía contener las lágrimas, comenzó dando las gracias, y continuó con una lección de compostura y fe y terminó la despedida de su familiar. Discurso muy aplaudido, pues son palabras y reflexiones que todos compartimos: “En primer lugar, gracias a nuestra Diócesis por este funeral, el único funeral que cabía en esta despedida, pues la única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino bajo la mirada de su madre, en su advocación cinteña. Huelva es una tierra mariana.” En un tiempo en que la duda quiere suplantar a la fe, la prisa quiere suplantar al diálogo y a la escucha, las malas formas quieren relativizar a la educación y al respeto entre generaciones, a la lealtad y al compromiso, este funeral ha sido una verdadera lección para todos.

    Ha habido cierta controversia por la forma de celebración del funeral en homenaje a las víctimas; si debía ser religioso o laico. Tales dudas vienen del desconocimiento de nuestra forma de ser y de vivir en España y en Andalucía, tierra Mariana por excelencia. En las distintas diócesis de los fallecidos se fueron celebrando las correspondientes exequias, hasta que el clamor general desembocó en el funeral multitudinario de Huelva, desplazando al vano intento del llamado funeral laico. Entiendo, y estoy profundamente convencido, que no hay mejor forma de homenajear y despedir a nuestros seres queridos que la celebrada en Huelva, y todo ello bajo la mirada de la Virgen; en la tierra de María Santísima solo cabe el funeral católico.

    Qué lejos de las formas del triste acto laico celebrado por las víctimas de la dana de Valencia, plagado de insultos en gritos que rompían el silencio emotivo, de palabras gruesas e impertinentes; eso ni es necesario ni es procedente. España no es laica, y cada vez estamos mas orgullosos de proclamar esta identidad católica que nos une. Las tragedias nos recuerdan la fragilidad del ser humano y la necesidad de vivir de un modo trascendente bajo el amparo de la fe cristiana. Benedicto XVI ya nos avisó de que la fe confirma el valor de la vida humana con certeza: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3. 16). Interpretaba Benedicto XVI que Dios ama a toda persona, y este amor la hace digna de vivir.

    En esta época contemporánea, son muchos lo que pretenden sustraerse a la mirada creadora y redentora del Padre, apoyándose sobre sí mismos, como sucede en los edificios llamados “inteligentes”, edificios sin alma, edificios sin paredes ni ventanas, donde es el hombre el que controla la ventilación y la luz; es necesario volver a abrir las ventanas con nuestras manos, sin mando a distancia, y sentir el calor o el frío del exterior, ver de nuevo la amplitud del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo de un modo justo. Y qué mejor que acudir a la Basílica de San Ildefonso, Santuario de la Virgen de la Capilla, Patrona de Jaén, para rezarle a la Virgen, hablar con Ella, mirarla, e implorar su protección.

    MIGUEL SÁNCHEZ-GASCA / Jaén

    Carta de San Valentín... a la clase política

    Este año, en lugar de escribir una carta de amor, he decidido ahorrarme el sello y declararme directamente a la política nacional, que es la única que consigue tenerme pendiente del móvil a todas horas. Porque, como en cualquier relación tóxica, promete mucho en campaña y luego deja mis expectativas en visto. Mientras las tiendas llenan los escaparates de corazones, muchos ciudadanos cuentan céntimos en el supermercado, se enamoran de un trabajo estable que nunca llega y comparten piso con la inflación, que es la única pareja que no se va de casa. A falta de ramo de flores, algunos reciben un recorte, un contrato temporal o una cita en la lista de espera que, con suerte, llegará para el próximo sábado, 14 de febrero, día de San Valentín.

    Nuestros partidos, eso sí, viven su propio culebrón romántico: hoy se juran amor eterno en un pacto, mañana se acusan de infidelidad ideológica y pasado mañana vuelven, porque nadie quiere quedarse solo en la foto del poder. Eso sí que es pasión y no lo de Romeo y Julieta. Quizá ha llegado el momento de recordarles que el amor se demuestra con hechos: políticas sociales que funcionen, acuerdos que no duren menos que un ramo de rosas y menos teatro en el pleno y más compromiso con quienes no llegan, desgraciadamente, a fin de mes. Porque, si la política quiere conquistar de verdad a la ciudadanía, tendrá que empezar por cumplir algo tan sencillo como la primera cita: presentarse, escuchar y no desaparecer al día siguiente.

    PEDRO MARÍN USÓN

    Cartas de los Lectores