Construir
Antes de que exista la forma, hay un gesto que titubea. El alfarero no confía en la solidez: confía en la escucha. Palpa la arcilla, la siente ceder, se aventura en la incertidumbre de lo inacabado. Ningún objeto nace perfecto, y tal vez por eso todo intento de construir guarda algo de quiebra desde su propio origen. En ciertas tradiciones, la rotura no es un accidente que oculta ni un error que corrige en silencio. Hay culturas que convierten la fractura en parte del diseño, que hacen visible el rastro de lo que se rompió y, al recomponerlo, utilizan materiales que resaltan la línea, que la transforman en una narración. La grieta no desaparece: se abraza. Esa actitud no romantiza el daño, sino que lo reconoce como una etapa más de la forma.
La vida colectiva es, en fondo, un gran taller de alfarería. Nos moldeamos y nos deformamos en cada vínculo. Intentamos resistir tensiones que nos atraviesan sin aviso. Buscamos la cohesión, pero rechazamos la posibilidad de que cada choque deja un trazo. En ese diálogo con lo inesperado está lo esencial: no en la fachada lisa, sino en el intercambio rudo entre lo que deseamos y lo que ocurre. Llamamos kintsugi a esa forma de recomponer con conciencia. No es una técnica que borre la quiebra. Es una lógica que asume la discontinuidad, que convierte la cicatriz en argumento, historia y potencia. Cuando aceptamos que lo que se quebró sigue formando parte de nuestra anatomía, nuestra construcción deja de autoengañarse con espejismos de perfección.
Quizá construir —una identidad, un proyecto, una comunidad— no sea imponer unidad sino profundizar en la red de líneas que nos traza la vida. Aceptar que toda forma lleva memoria de sus tensiones. Que las fisuras no son fallos que ocultar, sino huellas que explican. Y que, a partir de ellas, lo que se levanta ya no es inocente ni ingenuo: es consciente y, por eso mismo, valioso.
La fragilidad, lejos de ser un defecto, revela una disposición ética: no hay continuidad sin transformación. No hay resistencia sin recomposición. Construir no es cerrar la herida, sino decidir qué hacer con ella, cómo integrarla, cómo permitir que su rastro ilumine aquello que, a simple vista, parecía firme. Eso —más que perfección— es lo que da profundidad a cualquier obra de arte humana.
ANTONIO EXPÓSITO CASTILLO
Una sanidad rota
Los médicos convocan huelga indefinida desde el 16 de febrero —una semana al mes hasta junio—. Reclaman un Estatuto Marco propio porque el borrador ministerial ignora sus guardias abusivas y condiciones extremas. Se entiende perfectamente. El problema es que su lucha la pago yo y millones como yo. Un ciudadano espera consulta en onco, otro una cirugía de cadera, con una lista de espera hasta el más allá. En las huelgas pasadas se tumbaron 450.000 consultas y miles de operaciones vitales. Cada retraso es cáncer no detectado, infarto tardío, muerte evitable. Sanidad dialogue ya: estatuto diferenciado, MIR masivos, incentivos para retener médicos. Castilla-La Mancha tiene centros sin médico de familia; Madrid, plazas sin cubrir. ¿Nuestra sanidad pública colapsando mientras Europa roba talento? Sin médicos, sin pacientes salvados, sin futuro. No somos cifras ni “daños colaterales”. Somos contribuyentes que pagamos impuestos para una sanidad universal, no para peleas interminables entre sindicatos y gobierno. Médicos quemados, pacientes esperando y muriéndonos. ¿Para cuándo un pacto real? ¿O solo queda la privada para quien pueda pagarla? Otra joya del país que va apagando su pasado brillo.
PEDRO MARÍN USÓN / ZARAGOZA