Cádiz
Cádiz es una ciudad polítitropolítica —anda pisha— con ángel, con sentido del humor callado, sin estridencias, de golpe serio y oportuno. Un señor sentado solo en una barra dice cosas que te hacen hartar de reír y él sigue serio, hasta que empalma con otra, o sube el codo con la copa y finiquita. El humor en Cádiz le teme al gracioso, al que cuenta varias cosas seguidas sin dejar de respirar al de enfrente.
Cádiz fue fundada por los fenicios de Tiro, llamándola Agadir, 1.100 años antes de Cristo, y creo que estos no tenían nada de gracia, chapurreaban y remaban y lo único que les hacía gracia era cuando la perola hervía. Luego, en el año 522, la conquistaron los bizantinos y esos duraron poco pues los normandos los tiraron al agua, a unos al hermoso Atlántico y a otros, a la bahía a descubrir el Puerto de Santa María y Puerto Real. Mi Cádiz venció a las huestes de Napoleón, sin que nadie se lo esperaba. Fijaros la borrachera que llevaría Pepe Botella, que tomó las murallas de Cádiz, para fuera y, claro, así ganó Cádiz, cuando las gaditanas tiraron tirabuzones a los franceses y se enrollaban parte del pelo, quedándose con la boca abierta con el mosquetón entre las piernas para que se le enfriaran sus partes. Y lo importante, el día de San José, se creó la primera Constitución liberal, llamada lógicamente “La Pepa”... Cádiz dio ejemplo para todo el mundo. Es reconquistada por los visigodos en el año 620 y por aburrimiento guerrero en el 711 atacaría Tariq ibn Ziyad con nombre de electrodoméstico... Sí, el islamismo no aportó nada, nada, tenía un idioma enrevesado que el castellano se lo comía, nada de arte, ni pintura, escultura, ni folclore, ni siquiera música... Y la religión complicada estaba en la última fila y sólo la defendían con su mala leche a sablazos, por lo cual sabemos que misioneros no tenían. Bueno, en Medicina los islamitas sabían algo, utilizando las ortigas y los tréboles de cuatros hojas que daban buena suerte.
Yo no tengo manía al islamismo, pero la pena es que no coincidiera el hundimiento de Cádiz del año 1755 (tsunami bueno) con la llegada de los islamitas. Cádiz se rompe en los carnavales... yo voy de hombre vestido de niño chico, voy en un carrito... con los muelles reforzados y a mi hermano Antonio lo llevo vestido de niñera moderna, con cofia y sujetador que le llega a la barriga, empujando el carro no en línea recta, acompañados de dos gaditanos puros, Arróspide y Moskis, que no sabemos de dónde le salen ni la gracia, ni los apellidos. El Manteca, el Yuyu, Aguilera, el Meñique, el Selu... No sigo, vente a Cádiz y mira u oye y ya conoces de qué va la Tacita de Plata y el Cádiz CF, que no conoce la Primera División ni leyendo el Marca. Mi tío Carlos, que era un bendito, era además marino de guerra de intendencia. Casi ná. Lo ascendieron a almirante, con gran sorpresa, de toda la marina de guerra. El Diario de Cádiz puso su foto con todas sus medallas y un titular: “D, Carlos Viniera gran marino, ha sido nombrado almirante y después detenido en San Fernando”. No tenía importancia, un error de imprenta, detenido en vez de destinado, qué cantidad de llamadas recibimos la familia, enviándonos sus condolencias. Cádiz es Cádiz. Si estás con moral baja, vete a La Caleta y báñate en sus aguas y escucha y mira, sin meter la pata.
SANCHO DÁVILA IRIARTE
El negocio de la política
La política se puede entender como el arte, la doctrina o la opinión referente al gobierno de los Estados. Otra acepción, quizá más concreta, es la actividad de los que rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. Dedicarse, pues, a la política, si es que se tiene esa vocación, es algo que no merece objeción alguna, sino que es algo plausible como lo es cualquier otra carrera.
El problema surge cuando, para algunos y desgraciadamente no pocos, el ejercicio de la política se convierte en un negocio a través del cual se quieren, primordialmente, medrar sustanciosas ganancias. De ahí que conviertan la política en algo fangoso y turbio. Y en este caso no se rigen los asuntos públicos en beneficio de la nación y de la sociedad sino en beneficio propio: defiendo mi negocio. Es el caso en el que nos encontramos en esta nuestra desangrada España, por mucho que la palabra “democracia” surja a borbotones de las gargantas de los que rigen los destinos de la nación: estamos ante un conflicto de intereses privados en el que se disputan unos y otros la mejor opción, el mejor y más sustancioso trozo de queso. No es por tanto el bien general de la nación o de la sociedad lo que están defendiendo sino los propios intereses particulares.
Se ha perdido, han perdido, el sentido de la recta política, han dividido y parcelado la nación y con ella a la sociedad en beneficio del peculio propio. Son laderos políticos, segundones de carácter lucrativo sin formación humana y en muchos casos ni académica. Unos y otros con mentes obtusas para el bien. Y no es que se trate de proponer un pensamiento político único, lejos de esta idea. En política es positiva y conveniente la diversidad de pensamientos ideológicos. Pero lo que sí es más conveniente y necesario es la actuación positiva, recta, noble y honrada de todos en todos los ámbitos políticos y a favor de la nación y de la sociedad en general.
JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ / úbeda
Cuando se deja un halo de vida...
Como decía El Arrebato en el himno del Centenario, el Sevilla nunca se rinde. El Real Betis pudo dejar noqueado y al borde de la UCI a su eterno rival en un partido que pintaba a goleada, pero el 2-2 final deja a los béticos como los derrotados pese al empate y, al sevillismo, con más moral, pero sin venirse arriba. La magia del derbi.
FAUSTINO LASARTE GÁRATE
IA contra el duelo
Para vivir firmamos contratos con casi todo: luz, agua, gas, teléfono, Seguridad Social e impuestos. Pero al morir, si no hay seguro de decesos, la familia afronta gastos y trámites en el peor momento emocional. ¿Y si no hay familia? Todos los fallecidos pasan por el Registro Civil, que ya emite certificados digitales. Desde ahí, una IA pública podría notificar a Seguridad Social —para cancelar pensiones—, Hacienda —para cerrar declaraciones— y suministradoras básicas —luz, agua y gas—, iniciando de oficio las bajas. ¿Por qué no replicarlo en lo público, con una simple conexión de bases de datos ya disponibles? Lo mismo aplica a la nueva prestación universal por hijo a cargo —200 euros mensuales, no contributiva—: si se implanta como ayuda automática, la tecnología podría activarla proactivamente, igual que desactivar obligaciones al morir. Con inversiones mínimas —la administración ya usa IA para citas—, esto liberaría a familias del papeleo. Pero pasan gobiernos y ministros aferrados al guión de “las cosas de palacio van despacio”, más pendientes de declaraciones vacías que del bienestar real. Si automatizamos derechos para los vivos, ¿por qué no compasión digital para los muertos y sus deudos? Es hora de que la IA sirva a la ciudadanía, no solo a promesas.
PEDRO MARÍN USÓN