Avivamos las auténticas luces

    28 ene 2026 / 08:36 H.
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    Es tiempo de convocatorias, de llamadas a redescubrir el sentido y el gusto a reunirse, de hacer familia, que es donde podemos aprender el secreto del verdadero gozo, que tampoco consiste en tener muchas cosas, sino en sentirnos acompañados entre sí. Hoy más que nunca necesitamos abrir las puertas del corazón; máxime en una época sobrecargada de conflictos, catástrofes climáticas y presiones económicas, que empujan a millones de gentes a dejar sus hogares en busca de seguridad o, simplemente, de oportunidades. Avivemos las auténticas luces del alma, que son las que nos hermanan, para percibir que sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo. Hagamos de la vida un belén de esperanza. Juntos, paso a paso y en diálogo permanente, reconstruiremos un mundo más fraterno y seguro. Mantener un espíritu cerrado es el peor de los encierros; precisamos la sintonía de latidos en comunión vibrante, para armonizar lenguajes y sentimientos. Quizás tengamos que volvernos niños, para adentrarnos en el sueño de un nuevo despertar y no en la noche oscura de la desesperación. Cuidado con este instante, no vayamos a confundirnos; y optemos por la vía del placer a toda costa, sustentada en el uso de adicciones como fuga, como refugio en paraísos mortecinos, que luego resultan del todo destructores. Sigamos los pasos de esas personas que cultivan el brío donante, que viven diariamente en contacto con la miseria y con la degradación humana; su fibra experimentó la prueba de la noche oscura y, sin embargo, saben ofrecer la sonrisa de la Navidad y no las lágrimas. A un gran abrazo sincero, vertido a golpe de pulsación interna, ninguna ingratitud lo desprecia y tampoco ninguna indiferencia lo abandona. La alegría de las entretelas humanas es el idioma universal y más en este período de renovación, agradecimiento y reconciliación, en el que tan sólo se requiere sensibilidad para percatarlo y autenticidad para vivirlo. No desaprovechemos el soplo de la inocencia que todos llevamos consigo, dando el justo valor a las cosas, para fijar la mirada interior en el verso que conjugamos, como sístole de verbo que somos. En consecuencia, estemos vigilantes a todas las invitaciones; de hecho, si perseveramos velando en poesía como poetas en guardia, nuestros olfatos serán capaces de discernir señales, cultivando poemas y no penas. Sin duda, no hay mejor inspiración que la que sale de las entrañas de uno mismo, que es donde germina el sentido responsable de una relación imperecedera, más mística que mundana. Será un buen objetivo para humanizarse. Desde luego, hay que empezar a cuestionar los relatos que nos deshumanizan y sustituirlos por historias de apoyo y protección. La situación injusta nos llama a tomar voz y a ponerse en acción. En el contexto de la globalización, el fortalecimiento de la solidaridad es indispensable. Hay que situar en el centro a la persona y al planeta, dar savia real a los derechos humanos y respaldar una alianza mundial, decidida a ayudar. Jamás flaqueemos en nuestra alegre misión. Celebremos con júbilo nuestra unidad en la diversidad, atendiéndonos y entendiéndonos, al menos para superar la pobreza, el hambre y las enfermedades. Se me ocurre pensar que podríamos comenzar por bajarnos del pedestal para ir al orden de la estética; con una disposición generosa de ver más allá de lo que ven los ojos materiales, venciendo el individualismo, ya que todo cuanto hay en el universo está interrelacionado, también los lamentos de la gente que sufre. Ojalá seamos más pulso que pausa, sobre todo para curar heridas y dar calor, cercanía y proximidad. Sí el deleite germina del donarse, de ningún modo del dominio, sometámonos; seamos servidores de rosas y no de espina.

    VÍCTOR CORCOBA HERRERO / Jaén


    Pluralismo y relativismo

    Existe un pluralismo social positivo cuando se exponen ideas o se manifiestan formas de pensar con plena libertad y respeto hacia los demás a la vez que se acepta la existencia de una reciprocidad mutua. Esta situación en gran medida se debe a la utopía de las democracias modernas. Decimos utopía porque, desgraciadamente, se puede advertir que se violentan frecuentemente estas reglas del pluralismo, se falta al respeto y se quieren imponer, y no exponer, ideas o actitudes de forma agresiva o de forma mezquina e interesada bajo el escudo del pluralismo. Es en este punto donde puede intervenir también el relativismo: actitud de aquel a quien nada le importa, para entenderse valga la expresión vulgar, un comino.

    La voluntad de los hombres sin principios fundamentales es tornadiza en aras de unos intereses espurios y particulares. Y el pluralismo mal entendido puede conducir al relativismo. El Papa Benedicto XVI apelaba a esos principios fundamentales, a la moralidad de los actos, para moverse en el campo social o político y desenvolverse adecuadamente y con rectitud: “La fuerza moral no ha crecido en paralelo al desarrollo de la ciencia, sino que más bien, ha disminuido, porque la mentalidad técnica ha relegado la moral al ámbito subjetivo”. Y a este subjetivismo es al que debemos sobreponernos y elevarnos por que tenemos los medios para ello. No podemos permanecer indiferentes. No es válido, pues, el pluralismo, el diálogo desinteresado, el llegar por relativismo a una concordia sin más cuando medien temas morales porque se podría concluir en un acuerdo que conllevara la aceptación de una grave inmoralidad y existen ejemplos notorios sobre ello en la historia reciente. Hay que llegar a un acuerdo donde brille la más profunda verdad sin ambages de ningún tipo.

    JUAN ANTONIO NARVÁEZ SÁNCHEZ

    El vagón-restaurante

    Tras varios años ausente, la señora Felipa regresó a su pueblo natal de Arizona, un lugar perdido entre montes peñascosos y apenas sesenta habitantes. Llegó una mañana de primavera, sola, con una maleta cargada de ilusiones. Se alojó en una modesta posada, cuyos dueños le ofrecieron comprar un trozo de tierra abandonado a las afueras. Felipa aceptó sin imaginar que en él descansaba un viejo vagón medio derruido. Tras el enfado inicial, tuvo una idea: convertirlo en restaurante. Con ayuda de unos jóvenes labradores, el vagón volvió a la vida. Barra, taburetes, hornillo y un techo improvisado bastaron para abrir las puertas. El único problema era el agua. El alcalde fue claro: había que cavar un pozo. Y Felipa cavó. Cuando por fin brotó el agua, el vagón-restaurante comenzó a atraer a vecinos y curiosos. Mesas al aire libre, flores y la vista de los montes hicieron el resto. Hasta que un día, un vendaval arrasó con todo. El techo salió volando y el local quedó en ruinas. Pero el pueblo no la dejó sola. Vecinos y alcalde ayudaron a levantar de nuevo el vagón y a regularizar los permisos. Aquel restaurante renació gracias a la generosidad de todos. Con los años, Felipa cumplió su sueño: vivir y trabajar allí, junto a una pequeña casa construida al lado del vagón que lo había cambiado todo.

    ANA CACHINERO / JAÉN

    Cartas de los Lectores