Agua sin gobierno
Las últimas noticias sobre el agua dibujan un mapa inquietante. Un informe de Naciones Unidas habla de una auténtica “bancarrota hídrica global”: hemos gastado no solo el agua de ríos y lluvias, sino también los “ahorros” milenarios almacenados en glaciares, humedales y acuíferos, mientras buena parte de la población vive ya en países donde el agua escasea o es insegura.
En nuestra propia casa, la cuenca mediterránea afronta un futuro de calor extremo, sequías recurrentes y subida del nivel del mar que podría empujar a millones de personas a abandonar sus hogares. En el otro extremo, Mozambique sufre inundaciones devastadoras que han afectado a centenares de miles de personas, muchas de ellas menores, dejando infraestructuras destruidas y comunidades enteras sin acceso seguro a agua potable ni saneamiento.
No es una paradoja, sino un síntoma: el agua está dispersa y desordenada, tanto en la naturaleza como en los despachos. Allí donde falta, se ha sobreexplotado en nombre de un progreso sin límites; donde sobra, las lluvias extremas y las presas mal gestionadas convierten el exceso en desastre.
El agua no es solo una mercancía ni un asunto técnico para especialistas: es un bien común estratégico y la base material de todos los demás derechos. Dejarla en manos de la improvisación y de intereses cortoplacistas no es una anécdota: es una forma silenciosa de suicidio colectivo.
La comunidad internacional habla cada vez más de esta crisis en grandes foros, pero sin reglas realmente vinculantes: se multiplican las cumbres y las declaraciones, mientras la sobreexplotación continúa casi intacta. Cada vez hay más asuntos que afectan a todo el planeta; el agua es uno de ellos. La pregunta, inquietante, sigue siendo la misma: ¿quién los gobierna, y en nombre de quién?
PEDRO MARÍN USÓN / ZARAGOZA
Justicia asimétrica
En la justicia española conviven dos realidades que rara vez se comparan honestamente. Por un lado, si afecta a la izquierda, instrucciones relámpago orquestadas con escasa carga probatoria, pero con desmesurado e inmediato eco mediático. Por otro, si afecta a la derecha, macroprocesos que se eternizan, se fragmentan hasta la irrelevancia, con escasa cobertura mediática que prescriben o se resuelven tan tarde que son irrelevantes.
Cuando se señalan estas diferencias, surge el argumento tranquilizador de los equidistantes: “Pero, al final, la justicia llega a todos, ¿no?”. No es cierto, casos como los de Aguirre, Montoro o Cospedal no son anomalías; son el triunfo de un sistema que utiliza el tiempo como escudo. Y aun si lo fuera —que no—, una justicia que tarda más de veinte años en pronunciarse —Ignacio González, PP— deja de cumplir su función básica. En el caso Gürtel, por ejemplo, pasaron más de nueve años desde el inicio de la instrucción hasta la primera gran sentencia, y aun así quedaron responsabilidades políticas fuera del banquillo. La pareja de Isabel Díaz Ayuso cuyo juicio se celebrará, como pronto, tras las elecciones de 2027, el tiempo no está siendo neutral: juega a favor de la derecha.
Ante semejante panorama, la equidistancia no es neutralidad, es toma de partido, ceguera selectiva y colaboracionismo. Equiparar investigaciones veloces y frágiles con otras lentas y exhaustivas, o asumir como normal que el calendario judicial proteja a ciertos nombres, implica aceptar el sistema tal como está. Y aceptarlo es respaldar sus injusticias.
No se trata de defender siglas, sino principios. Señalar que la toga ha sido sustituida por ideología de derecha no es radicalidad, es la única respuesta democrática posible frente a una judicatura que ha decidido jugar a la política “por la puerta de atrás”.
MIGUEL FERNÁNDEZ-PALACIOS GORDON / MADRID
Tradiciones festivas jiennenses: La Candelaria y San Blas
No hay duda de que en la provincia de Jaén seguimos manteniendo vivas las tradiciones de nuestros antepasados. En enero celebramos las lumbres de San Antón y, ya en el segundo mes del año, se festeja en varios municipios de nuestra tierra La Candelaria, el 2 de febrero, y al día siguiente, San Blas. La costumbre de La Candelaria se conserva con especial arraigo en localidades como Hinojares, Larva, La Bobadilla, Lupión, Noalejo, Torreblascopedro, Santo Tomé, Orcera, Peal de Becerro, Valdepeñas de Jaén o Villarrodrigo. Otra celebración muy extendida por este inmenso mar de olivos es la de San Blas, patrón de los laringólogos y de quienes padecen afecciones de garganta, que llega acompañada de la tradicional bendición de las roscas. Esta festividad se vive cada año con gran intensidad en municipios como Cazalilla, Rus o La Puerta de Segura. Asimismo, se mantiene la tradición de bendecir las roscas de pan en Jaén capital, Jamilena, Torredelcampo, Bedmar, La Iruela o Cambil, entre otros muchos municipios jiennenses. Como reza el dicho popular: “Por San Blas, rosquillas comerás y la garganta curarás”. ¡Jaén, mucho por descubrir!
JUAN LIÉBANA / JAÉN
El precio de no ser palmero
El poder no siempre se impone con órdenes directas. A menudo se sostiene sobre algo más eficaz: la mentira normalizada. No grandes engaños, sino una suma de medias verdades, silencios oportunos y relatos interesados repetidos hasta parecer verdad. Funciona porque quienes mienten saben que el silencio no nace de estar de acuerdo, sino del miedo: hablar suele acabar en ridículo, descrédito o expulsión del juego. Cuando un sistema funciona así, la mentira deja de ser una falta y se convierte en norma. No para mejorar nada, sino para blindar un orden que ya no se apoya en la razón, sino en la conveniencia. Con el tiempo, decir la verdad deja de verse como un acto de responsabilidad y pasa a percibirse como una amenaza. Ese mecanismo solo funciona porque genera miedo. No un miedo abierto, sino difuso: miedo a señalar errores, a incomodar, a quedar fuera del círculo. Así se aprende rápido que es más seguro asentir que pensar, más rentable adaptarse que discrepar. Por eso, en entornos así, la integridad deja de ser una virtud y pasa a convertirse en un problema. No ser “palmero” implica quedar expuesto, señalado, desgastado. No porque la honestidad sea un defecto, sino porque desordena un sistema que se sostiene mejor cuando nadie cuestiona la mentira. Cuando esto se normaliza, se degrada la vida pública, la convivencia se vuelve defensiva, la palabra se empobrece y la desconfianza ocupa el lugar del debate. No es solo que la gente se canse: es que el espacio común se va encogiendo. Un pueblo empieza a perderse cuando deja de respetar a quien piensa y empieza a premiar a quién miente.
ANA MARÍA GARCÍA VALENZUELA