23-F. La sombra persiste

    01 mar 2026 / 10:04 H.
    Ver comentarios

    En los documentos desclasificados sobre el 23-F, los propios militares implicados atribuyeron parte del fracaso a “haber dejado al Borbón libre y tratar con él como si fuese un caballero”. La expresión no es un exabrupto: es una confesión. “Caballero” no remite solo a la cortesía, sino a alguien honorable, previsible, fiel a su palabra. En suma, alguien en quien se puede confiar.

    Al señalar ese supuesto error estratégico, los golpistas revelan algo más que torpeza: delatan una expectativa. Esperaban complicidad tácita o, al menos, una neutralidad benévola por parte del monarca. Su lamento sugiere desengaño, no sorpresa.

    Pero la sombra en la noche de los transistores se alarga especialmente tras el discurso televisado. Al terminar, el rey se dirigió a Milans del Bosch con una frase que abre un abismo: “Después de esto, ya no puedo volverme atrás”. La frase, lejos de disipar dudas, las concentra. ¿Dónde había estado hasta entonces? ¿Desde qué posición ya no podía retroceder? Si no podía “volver”, es porque hasta ese instante existía, al menos en teoría, un margen.

    Persiste así la sombra: ¿fue la firmeza real una convicción democrática desde el primer minuto o el resultado de un cálculo, una espera prudente hasta comprobar la correlación de fuerzas? La ambivalencia de ciertos silencios —y la secuencia temporal de los gestos— alimenta la sospecha. En cualquier caso, el golpe además de la derrota de los insurrectos, fue también la victoria del miedo. Inoculó en la sociedad y en el inminente gobierno socialista la conciencia de que la democracia era un préstamo, no un derecho, y que tenía los límites trazados con sable. Y esa pedagogía del temor, silenciosa pero eficaz, dejó una huella más duradera que los tanques en las calles.

    MIGUEL FERNÁNDEZ - PALACIOS GORDON / MADRID

    La dignidad no debería ser rebeldía

    Nombrar lo que pasa también es una forma de cuidar lo común. En la vida pública no debería resultar incómodo comportarse con dignidad. Discrepar con respeto, pedir explicaciones o defender una postura con argumentos forma parte del debate democrático. Y, sin embargo, en ocasiones se interpreta como desafío. ¿Por qué ocurre eso? Ocurre cuando el poder deja de entenderse como responsabilidad y empieza a confundirse con propiedad. Cuando se asume que tener mayoría equivale a no ser cuestionado. Cuando la discrepancia se vive como amenaza en lugar de como parte natural del diálogo. La democracia local no se sostiene solo en mayorías. Se sostiene en la forma en que se ejerce el poder. Tener respaldo suficiente permite decidir, pero no convierte el cargo en propiedad ni convierte el desacuerdo en deslealtad. El poder no nace en quien gobierna. Lo entregan los vecinos con su voto, y lo hacen para que se use con responsabilidad, no para que genere temor. La dignidad no es rebeldía. Es límite. Es la decisión de no participar en dinámicas que rebajan el debate o confunden liderazgo con dominio. Cuando hablar con respeto incomoda, conviene detenerse y mirar qué está pasando. Lo común no tiene dueño. La política local, cuando se ejerce con respeto, no necesita silencios prudentes, sino voces libres.

    ANA MARÍA GARCÍA VALENZUELA

    Israel, en el punto de mira

    Más de 75.000 personas fueron asesinadas y quedó demostrado que Israel ha utilizado bombas termo báricas para evaporar los cuerpos de miles de palestinos asesinados.

    ANDREU PAGÈS

    Advertisement
    Cartas de los Lectores