Vagones sin futuro

    24 ene 2026 / 09:18 H.
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    Muchas veces he citado en estas páginas mi afición al tren, a viajar “Renfe a través” como solía denominar a esas aventuras antes de que a las vías les salieran apellidos distintos como Adif, Iryo o Ouigo. Unas veces eran recuerdos de las idas y venidas desde el frío norte al caluroso sur siendo apenas un niño creciendo lejos de su tierra. Otras, más cercanas, planteaban quejas por la situación del ferrocarril en nuestro Jaén, sus carencias, sus retrasos o por la cobra vergonzosa que nos deja alejados del futuro apartándonos de rutas que deberían ser las elegidas por sensatez, idoneidad y justicia.

    Pero hoy es el dolor, la lágrima, el nudo en la garganta y en el corazón lo que me impulsa a asomarme de nuevo a los raíles, a las vías, a las catenarias, al pantógrafo, al balasto. Y lo hago con el sobresalto de haber circulado por ese mismo punto en el que la sangre inocente, que la muerte ha inundado lo que debió ser un recorrido feliz, tranquilo, de alegre regreso a casa o de disfrute de un ocio merecido. Una soldadura, un bogie, un raíl cortado, un balasto ¿reciclado?, un “enganchón”, una aguja, un descarrilamiento, un fallo clamoroso de los avisos de circulación, un discurso políticamente dirigido, una falta de explicaciones, una revisión de vía supuestamente millonaria, unos cargos elegidos no se sabe bien en función de qué meritoriaje, unas adjudicaciones de obra ejecutadas con el mágico arte del oscuro interés, unos nombres que sobrevuelan la infamia... causas, consecuencias, dimes y diretes que no aguardan al término de una investigación que debería dar sus frutos con cierta premura en atención, respeto y consideración a las víctimas y a sus familias y entorno.

    Escucho una y otra vez las declaraciones de familias buscando a sus seres queridos, de aquellos a los que ya les han confirmado el más atroz de los desenlaces, a los esforzados miembros de la Guardia Civil, a ese chaval de apenas 16 años recorriendo descalzo la vía por haber dado sus zapatillas a una joven herida, al futuro de una niña de 6 años que ha visto truncado su futuro cuando aún estaba tarareando las canciones de El Rey León con una familia a la que ya ha perdido para siempre y no logro incardinar esas voces, esas lágrimas, ese dolor con el relato que lanza la autoridad ministerial y algún que otro adlátere colocado cuan Santa Trinidad frente a las cámaras televisivas. No me cuadran muchas cosas, muchos tiempos, muchos olvidos, muchos desafueros que, tarde o temprano, deberían salir a la luz.

    ¿Es de recibo que tras multitud de avisos de maquinistas y personal de a bordo no se hayan tomado medidas, más medidas, alguna medida, para solventar los problemas? ¿Es posible que una vía supuestamente revisada hace apenas unos meses se rompa y produzca marcas en todos los trenes que han circulado por ella? ¿Es imaginable que un tren choque con otro y nadie sepa que ha ocurrido hasta varios minutos después? ¿Puede ser que no haya coincidencia en el número de pasajeros que llevaban ambos trenes? ¿Puede un dirigente escuchar que uno de los operarios de la cafetería del tren indique a sus familiares que no compren billetes por el peligro que observa todos los días en las vías y no tomar inmediatamente medidas? ¿Puede escuchar un miembro del centro de control de Atocha a una interventora decir que está herida con sangre en la cabeza y no interesarse por ella sino por el “material”?

    No, no me cuadran estas dolorosísimas circunstancias, es más, me emociona hasta la lágrima el listado de víctimas, 45 a la hora de escribir estas notas, el imaginar a la interventora dirigirse a la cabeza del Alvia y descubrir que ya solo existía un amasijo informe de metal y cuerpos destrozados u observar los asientos tapizados en verde de ese tren en los que muchas veces me he sentado e imaginar a quienes los ocupaban ese fatídico día. Necesitamos que el tren vuelva a ser un medio seguro, fiable y tranquilo. Y, por supuesto, saber con transparencia lo sucedido. ¿Quién escuchará nuestra petición?

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