Sensación de abismo

23 ago 2019 / 09:32 H.

Ni siquiera Baudelaire fue capaz de definir la sensación de abismo. Se limitó a dejar por escrito (y se nota en cada verso) que la tuvo siempre: el abismo ante la acción, los sueños, el recuerdo, el deseo, la pena, el remordimiento o lo bello. Se refiere el autor de “Las flores del mal” a ese vértigo que se siente cuando la vida te pone al límite y pierdes el camino seguro por el que hasta ese momento la habías enfilado. Dos de las obras más inmortales de la música, el Réquiem de Mozart y la Novena Sinfonía de Beethoven, se escribieron sin duda asomándose al precipicio. Mozart murió, asediado por las deudas, en el proceso de terminar su Misa de Réquiem; Beethoven hizo su última aparición en público, sordo como una tapia, con el estreno de la Novena y, tres años más tarde y sin apenas salir de casa, falleció. Si da la casualidad de que uno escucha estas partituras en menos de dos semanas en uno de los templos sacrosantos de la música mundial, el Royal Albert Hall de Londres, solo hay dos maneras de tomárselo: uno, bajo la perspectiva de su inmensa suerte (en cuyo caso puede ir gritando “Rex!” o “Freude!” por la calle el resto de su vida); dos, como si estuviera al borde de un abismo e intentara guardar el equilibrio en vano. ¿O las dos?.