Sembrar el odio
El odio de la derecha ultra, la nombro así ya que es como se percibe en Europa a la derecha española desde el inicio de nuestra democracia, y de la ultraderecha hacia sus adversarios políticos les lleva a mentir con una tranquilidad asombrosa. No estoy exagerando ni mucho menos; en estos últimos días vuelven a la carga sembrando odio y miedo. Ya se sabe, el miedo mueve más a las personas que la verdad, y la mentira siempre sale más barata que el invitar a la reflexión. Pero todo vale para atacar al adversario, para acabar con él. El Gobierno, el enemigo de España, según la derecha ultra y la ultraderecha, ha aprobado la regularización de inmigrantes y ha atendido la demanda de la ciudadanía reflejada en una Iniciativa Legislativa Popular avalada por cientos de miles de firmas de ciudadanos españoles. Pero hay que mentir sin límite, sin piedad ni vergüenza en contra de esta medida para así acabar con el adversario político que la ha llevado a cabo. Aunque esa iniciativa sea defendida por los ciudadanos, por las patronales de aquellos sectores donde se emplea al mayor número de estos trabajadores o por instituciones como la Conferencia Episcopal, hay que sembrar odio y miedo.
Mienten con plena conciencia cuando dicen que esa regularización del Gobierno va a cambiar el censo electoral. Y mienten a sabiendas porque ellos conocen perfectamente la diferencia entre regularizar y nacionalizar. En nuestro país, como en todos los países, únicamente tienen derecho al voto los nacionales. Cuando hacen esa afirmación mentirosa intentan ocultar la diferencia que hay entre ambos procesos y, además, dan por sentado que todos esos inmigrantes regularizados, que no pueden votar, votarían en masa a su adversario político. Mienten y siembran un miedo infundado contra los trabajadores con los que compartimos espacio, y lo hacen con un desprecio inhumano cuando criminalizan a esas personas que vienen a trabajar en aquellos sectores donde falta mano de obra o en aquellos empleos donde nosotros no queremos trabajar. Mienten, criminalizan, deshumanizan y tratan de sembrar la bajeza moral y el pánico cuando la ultraderecha califica esta regularización como una locura o barbarie. Mienten con bulos como el del colapso de los servicios públicos cuando, en realidad, lo que desborda y colapsa los servicios públicos son los recortes y las privatizaciones. Ante el ruido de la derecha ultra y la ultraderecha hay que decir lo que nunca dicen los que viven de la precariedad ajena: a muchos les fastidia el no poder pagar menos a quien no tiene papeles. Y les fastidia que el racismo se combata con leyes, con Estado y con más derechos.
Mienten cuando dicen que hay una estrategia para conseguir otros fines. Lo que sí hay es una iniciativa ciudadana que demandaba una política migratoria basada en los derechos humanos, en la convivencia y en la integración y que buscaba hacer compatible el permitir a esas personas ejercer su actividad legalmente y recibir las contraprestaciones que les correspondan según la ley. La gran mayoría de esas personas ya viven entre nosotros conviviendo en paz y creando riqueza en nuestro país. Solo se les ha dado seguridad jurídica, un estatus legal, unos derechos que les corresponden y un camino de integración ordenado para favorecer la cohesión social y respetar la dignidad humana.
A pesar de lo que digan los Abascal, Feijóo, Ayuso, el obispo de Orihuela-Alicante, José Ignacio Munilla, el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, sus asesores y tantos otros, esta regularización de inmigrantes del Gobierno de Pedro Sánchez no transforma a estas personas trabajadoras en delincuentes, no es una invasión, no otorga la nacionalidad ni concede el derecho al voto, no da papeles de forma automática. Es un pequeño gesto que, aunque llega tarde, va a permitir que esas personas que ya trabajan y viven aquí puedan salir de la clandestinidad y puedan seguir aportando a la sostenibilidad de nuestro país para continuar haciéndolo más próspero.