Rosas de cochinilla: Veladuras

27 ene 2026 / 17:53 H.
Ver comentarios

Para Pedro Luis Casanova. “Sólo recuerdo la emoción de las cosas, y se me olvida todo lo demás; muchas son las lagunas de mi memoria”. Antonio Machado

Desde las Sombras de la Caverna, no hemos dejado de pensar en su influencia en cuanto hace al arte. Obras tendentes a ejemplarizar un concepto de cualquier razón emocionada. En ocasiones, mera sensación o trampantojo. Mas todo no corresponde con el orden geométrico derivado del discurso platónico, probablemente, aun ausente de una fuerza como es la del correlato interior, debidamente contemplado en clave popular. Al menos, no en el orden en el que un clérigo franciscano, nacido en 1445, aportó en el rigor en sus sólidos geométricos, pero también de sensible emoción. Luca Pacioli, a través de un cuerpo tridimensional, vertebrado en diferentes facetas, deja a nuestra voluntad la elección del foco de luz que pudiese iluminarlas, modificando así su más que posible rigor anterior.

Así ocurre con cuanto pueda afectar al universo de lo externo, cosa diferente son aquellas nervaduras que modelan nuestra luz, hasta configurarnos impregnados con esa emoción rescatada del universo medieval por Sandro Botticelli en La Navidad. Sí, contemplando la obra, parecería como si, de pronto, se habitase en un tiempo otro de aquel Renacimiento, bien que retocado por Savonarola. La lógica renacentista palidecía, soslayando el discurso de aquellos voceros del “buen mundo clásico”, cuyos apologistas nunca se enfrentaron a Lestrigones ni Cíclopes. Reforma, pero también orfandad para cuanto supone al pulso y al espíritu que permite el brote de lo emocional. Reforma, sí, mas reforma ornamental, crecida desde una ciencia que a Ernesto Sábato ya le sonó un tanto huera en el París de 1934. Esto es, cuando el profesor de Relatividad y Energía Cuántica argentino decidió abrazarse, sin tapujo alguno, al quehacer literario. En efecto, el científico elevó el arte, especialmente el que exige la práctica de la pintura, por encima de cualquier profesión, incluida la suya. Un arte, cierto, de sentimiento y tiemblo propios, cuya verdad sensible no admite otro pensamiento que aquel que se produce desde la emoción que deja volar el pensamiento barroco, proclive a los grandes escritores y pintores europeos, tendentes a la contemplación de los seres humanos. Pensemos en Cervantes, en Shakespeare, pero también en la comprensión de esa totalidad que corresponde a la persona por derecho de sangre, lugar de nacimiento y lengua materna. Tal es cuanto le dio fuerza a don Francisco de Goya para saltarse las reglas neoclásicas proclamando a los cuatro vientos que sí, que los sueños de la razón generaban no solo monstruos, también acunaban a legiones de fantasmas. Luz, ¿verdad? procedente de lejanías arcanas, pero también tremulación interior, deudora de una superior galaxia: la popular. Mas no lo olvidemos, de su periferia, cuando no del arrabal: recordemos donde había nacido el pintor aragonés, cuya casa, por cierto, compró Zuloaga.

El científico elevó el arte, especialmente el que exige la práctica de pintura, por encima de toda profesión

Por lo demás, único soporte vital que hace temblar a cualquier supuesta razón más o menos geométrica y ornamental, auspiciada desde la celebérrima caverna. En este sentido, tampoco parece baladí, que un personaje, tan socarrón como Jorge Luis Borges, tan anglófilo como distante del pensamiento de Sábato, al ser preguntado por su reducida obra escrita en inglés, no dudase en contestar que, efectivamente, su lengua era el castellano y, seguramente, moriría recitando un verso en castellano... No, no recuerdo de quien, probablemente de un escritor nacido en cualquier latitud, mas, esto sí, recitado en castellano... ¿Es, acaso, la fuerza de la raíz mayor que la de la razón?

El barroco dio paso a la emoción y a un concepto de percepción y sentimiento que potencia la simbología

De cualquier modo, es lo cierto que el barroco dio paso a la emoción, pero también a un concepto de percepción y sentimiento que, como diría Borges, potencia la simbología del arrabal y la de su mitología, cuyas raíces se hunden en lo cotidiano, en tanto que sus imágenes encuentran acomodo especial en ese tiempo, anterior y posterior, alimentado por el espíritu de la Navidad. Sensibilidad, como podemos ver en obras de Velázquez, Murillo, Zurbarán... de acercamiento a los desheredados con quienes habitan aquellos huérfanos que sufrían la terrible epidemia de la peste sevillana recordados por el profesor Enrique Valdivielso. Obras, deudoras de una mística, que tienen que ver con Europa y, claro es, con el espíritu de esta Sagrada Familia, realizada sobre lienzo, firmada por el extremeño Francisco de Zurbarán, que bien podía ser, mirémosla con cuidado, una Familia de Aceituneros en busca de tajo por tierras del Antiguo Santo Reino... Mas, recordando a un amigo y compañero académico: “Qué maravilla, con esas veladuras de rosas de cochinilla, desprendiendo esa especie de candor interior emergiendo de la penumbra”, cuyo clima, no lo dudemos, la envuelve en ese vapor existencial que alcanza la vigencia ambivalente y cálida que da paso a esa emoción estética en la que, al decir de don Antonio Machado, efectivamente, la belleza cobra fuerza de eternidad.

Articulistas