Relaciones en piloto automático

15 feb 2026 / 09:07 H.
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Llevamos semanas con la vista puesta en el cielo, pendientes de las últimas noticias sobre la lluvia y el viento. El agua, esa bendición que tanto hemos implorado para nuestros olivares, ha terminado por recordarnos que la naturaleza es indomable. Hemos visto cómo se ha transformado en herida; cómo el barro coloniza los caminos y la humedad se filtra por las rendijas de nuestras casas. Mientras nos afanamos en achicar el daño y la pérdida de las cosechas, quizás ignoramos que, en el mapa de nuestros afectos, también está lloviendo sobre mojado.

Nos hemos acostumbrado a convivir bajo una inercia anestésica. Al igual que el paraguas que desplegamos de forma mecánica al salir al umbral, hemos activado mecanismos de defensa que nos permiten estar cerca de los demás sin llegar nunca a tocarnos. Repetimos gestos que simulan una calidez que ya no habita en nosotros. Saludamos por costumbre, dialogamos por compromiso y nos convencemos de que la mera coincidencia física es suficiente. Sin apenas percibirlo, permitimos que nuestros vínculos se oxiden bajo la dictadura de la inmediatez, sufriendo una erosión tan real como la que padecen nuestros campos tras el temporal.

Debo confesar que experimento una alergia creciente a este tipo de relaciones epidérmicas. Me niego a aceptar la superficie como el único territorio de encuentro. Necesito —casi como una cuestión de supervivencia emocional— ir más allá con las personas que me rodean, despojar al saludo de su envoltorio de cortesía para descubrir qué late al otro lado. Para mí, la verdadera compañía no consiste en compartir el ADN o un espacio de trabajo, sino en habitar el mundo del otro, en descifrar sus silencios y en sostener sus cargas. Me resulta asfixiante esa proximidad hueca que nos obliga a estar presentes, pero nos condena a permanecer desconectados.

La soledad no deseada es la gran paradoja de nuestra era: nunca estuvimos tan localizables y, sin embargo, nunca fue tan fácil sentirse invisible. En este escenario, los más vulnerables son quienes custodian la memoria. Nuestros mayores, que en cualquier sociedad equilibrada siempre fueron faros de experiencia y sosiego, hoy parecen estorbar en esta carrera frenética hacia ninguna parte. Hemos entronizado el “presente” como único valor sagrado, mientras el pasado y el futuro se desdibujan. Esto perfila un mundo egocéntrico que vive pendiente de su propio reflejo, olvidando que solo somos porque otros abrieron camino antes.

Se ha instalado una costumbre extraña: la de intercambiar palabras sin decir nada. Nos cruzamos en las plazas, en los cafés o en el mercado, manteniendo la fachada del vínculo con una puntualidad asombrosa. Todo parece estar en orden. Pero la apariencia, cuando se estira por pura rutina, termina convirtiéndose en una distancia insalvable. Hablamos de la tormenta, de la noticia del día o de las tareas pendientes. Son diálogos correctos, útiles para socializar, pero funcionan como un blindaje de cristal.

Pocas veces nos atrevemos a preguntar con intención, esperando una respuesta que no sea un “bien” de manual. Pocas veces escuchamos sin que el teléfono nos distraiga con el sonido de notificaciones persistentes o luces que se encienden como fogonazos. Así surge la gran contradicción: habitamos lugares donde nadie es un extraño y, aun así, casi nadie termina de ser conocido.

Los vínculos no se quiebran de golpe; se desmoronan como la tierra que arrastra el temporal cuando carece de raíces que la sujeten. Se marchitan cuando damos por sentado que nuestra gente es parte del paisaje, una presencia inmutable. Pero las personas no solo necesitan presencia física; necesitan que alguien tenga la valentía de preguntar, la paciencia de escuchar y la generosidad de compartir.

Quizá este domingo, mientras el campo trata de absorber el exceso de agua y nosotros buscamos un resquicio de sol, entendamos que la verdadera cercanía no se mide en saludos diarios, sino en la profundidad con la que nos atrevemos a desnudarnos ante el otro. Porque al final, cuando el agua baje y el barro se seque, descubriremos que no nos salvan las redes ni los espejos de la cortesía. Nos salva la capacidad de ser, para alguien, el lugar donde por fin deja de llover.

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