Margarit

    22 feb 2021 / 11:08 H.
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    He despertado pensando que me gusta la palabra guay y beber a morro de las botellas de litro, y que ese par de chorradas se erigen en los tesoros más pesados de mi juventud por lo que supone compartir y mirar el mundo sin alegría, pero también sin excesivo drama. Me he visto dentro de algunos años, más gordo y más calvo que ahora, perpetuando esas costumbres como un antídoto contra la desaparición de la mocedad de espíritu, ante la sorpresa de otros calvos y gordos que prefieren un vaso y otras palabras más formales para expresar lo mismo que yo. Entonces, he rememorado unos versos de Joan Margarit: “Solías escuchar hacia adelante, como si allí estuviera el mar, ya transformado en una voz cansada, ronca y cálida. Poco nos une aún: solo el temblor de este papel tan fino entre los dedos”. Y, de inmediato, me he preguntado si en ese tiempo de senectud seguiré ansiando estrujar tan lejos el horizonte, las ganas de vivir o de estar vivo, y he reaccionado como un niño: abriéndome una lata de cerveza, con el cielo cuajado aún de naranjas y rojizos. Dos tragos hasta que Eva ha llegado hasta mí y me ha inquirido si me sucedía algo. Que te miro y siento el deseo de recordar. Eso es todo, amor, que envejezco.

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