Lo que el viento se llevó

08 feb 2026 / 09:46 H.
Ver comentarios

Hace unos días acudí a una reunión con el presidente de una relevante organización provincial. Nada en principio, que pareciera fuera de lo habitual. Sin embargo, al salir tuve una sensación poco frecuente: la de haber participado en un encuentro donde las formas aún importaban. El saludo sin prisas, el lenguaje medido, la atención real al interlocutor. Nada impostado. Simplemente respeto.

Durante el viaje de regreso, con el coche sacudido por las rachas de viento que estos días barren la provincia de Jaén, fui dándole vueltas a esa sensación. Y entendí que no estaba pensando en aquella reunión concreta, sino en todo lo que estamos dejando atrás sin apenas darnos cuenta.

Se ha erosionado el decoro en lo público. No como moralismo ni como nostalgia, sino como conciencia del lugar que se ocupa y del impacto que tienen los gestos. El lenguaje se ha vuelto descuidado, agresivo, a menudo deliberadamente tosco. Como si la desmesura otorgara autenticidad y la grosería, autoridad.

También se diluye la cortesía cotidiana. Saludar, despedirse, agradecer, pedir permiso. Gestos simples que construyen confianza social y que hoy parecen accesorios prescindibles, especialmente en espacios donde debería ser obligatoria la ejemplaridad. Cuando quienes representan dejan de cuidar las formas, el deterioro se contagia.

La escucha activa ha sido desplazada por la urgencia y la interrupción constante. Ya no se escucha para comprender, sino para responder, o peor, para desautorizar. El diálogo se convierte en una sucesión de monólogos y la discrepancia en una excusa para el desprecio. De la vestimenta..., mejor lo dejo para otro artículo.

No es casual que también se haya debilitado el respeto a la autoridad legítima. No hablo de obediencia ciega, sino del reconocimiento del rol, del conocimiento y de la experiencia. Cuando todo se cuestiona con ligereza, no se fortalece la democracia: se banaliza. En un momento de aquel encuentro al que aludía al principio, los datos aportados no se usaron como coartada, sino como apoyo. Importaba el contexto, la experiencia y el impacto a medio plazo, no la cifra aislada ni el dictado del algoritmo. Pensé entonces en algunos conocidos que, para justificar su miopía estratégica, han sustituido el criterio por la métrica y la reflexión por el dato inmediato elevado a verdad incuestionable.

La palabra dada también se ha vuelto frágil. La puntualidad se relativiza. Los compromisos se estiran o se reinterpretan, los wasaps ni se responden. Y así se va erosionando la fiabilidad, ese capital invisible sin el cual ninguna organización, pública o privada, funciona.

A ello se suma la pérdida de discreción y pudor. Todo se expone, todo se comenta, todo se utiliza. La sobreexposición constante diluye la intimidad y convierte lo serio en anecdótico, lo complejo en eslogan. La paciencia, por su parte, parece un defecto. Esperar, aceptar procesos largos, asumir errores. Frente a eso, la exigencia de gratificación inmediata, el atajo, la ocurrencia. Como si el esfuerzo y el rigor fueran sospechosos. Y quizá lo más preocupante es que se pierde el sentido del límite. Se olvida que no todo vale, que hay líneas que no deberían cruzarse, ni siquiera para conseguir lo que se quiere.

Todo esto pone en riesgo competencias que antes se daban por supuestas: la empatía real, la autocrítica, la humildad intelectual, la responsabilidad individual. Y también valores menos etéreos, pero igual de esenciales: el rigor profesional, el cuidado del lenguaje y la lealtad a la confianza depositada.

Estos pilares sostuvieron algo mayor: la educación como formación del carácter y el respeto entre generaciones. El viento seguía golpeando el coche. Pensé entonces que no todo está perdido, pero nada está garantizado. Conservar estas formas exige una decisión consciente, especialmente de quienes ocupan posiciones de representación.

Porque si dejamos que el viento se lo lleve todo, no perderemos solo las maneras. Perderemos también aquello que hacía posible convivir sin gritar.

Articulistas