La misteriosa asistenta

    18 ene 2026 / 09:13 H.
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    Juan, un amigo mío, que es sabio, me suele hablar con entusiasmo de las novelas de autores norteamericanos, los mejores para él, durante algún desayuno en un café madrileño. Y charlando con él recuerdo cierta anécdota, ya contada aquí, de finales de los 70, cuando el crítico teatral (luego cinematográfico) Ángel Fernández Santos llegó a un consejo de redacción de la revista de teatro “Pipirijaina” y golpeó con un grueso libro de Anagrama la mesa. “Hay que leer a los novelistas norteamericanos, lo mejor está allí”, exclamó. Poco se sabe de la biografía de Freida McFadden, la reina del thriller psicológico actual, autora de “La asistenta” (historia que también está ahora en las pantallas de los cines), salvo que es médica especializada en lesiones cerebrales y vive con su familia en una casa de tres pisos y siglos de antigüedad frente al mar. Ha vendido 20 millones de libros, que se han traducido a 40 idiomas, y han recibido elogiosas reseñas, en “The New York Times”, entre otros medios.

    “La asistenta” es una novela de un suspense adictivo, hecha con trazo fino hasta llegar a los más oscuros ángulos del cerebro humano, con un estilo literario puesto permanentemente al servicio de la historia, de modo que el lector nunca percibe a la escritora, sino que navega a través de la trama. Hay descripciones brillantes: “El poli de cabello negro entreverado de gris se ha acomodado junto a mí, en el sofá. Remueve su baja y robusta figura sobre la piel italiana de color caramelo quemado”. Pero los personajes hablan y piensan con las expresiones propias de cada uno. Por ejemplo, Millie, la asistenta, una chica de 30 años: “El espectáculo es una auténtica pasada, flipante”. El lector va conociendo la historia desde la perspectiva de las dos mujeres protagonistas: Millie y Nina. Desde los diferentes puntos de vista de esos personajes. El autor extremeño Jesús Alviz Arroyo (ya fallecido) fue un experto en esa forma de narración, que puede considerarse expresionista, en novelas como “Luego, ahora háblame de China” (1979). Nina Winchester contrata a Millie para que la ayude en las tareas de la casa (“casoplón”, piensa Millie), en la que vive con su (en apariencia) ejemplar marido, Andrew, un millonario “con su encanto desenfadado y su seductora sonrisa”, que transpira masculinidad. Pero Millie, que tiene un pasado turbulento, irá descubriendo que en esa familia no se entiende el matrimonio como un cursillo de cristiandad. Las pulsaciones del lector suben a cada página. La sorpresa, el sobresalto, está en todas las esquinas de la turbia historia. Es un cuento de hadas a la inversa, una cenicienta que al perder el zapato entra en el infierno. ¿Acertará a escapar? Millie es listísima y en un bolsillo de sus vaqueros lleva un bote de sal pimienta. Por si acaso. Porque por el subsuelo de “La asistenta”, hasta irrumpir abiertamente en la superficie, lo que hay es una desgarradora historia de maltrato. Es un libro sobre el maltrato ejecutado por una mente enloquecida que en su infancia padeció un exceso de “disciplina”. “La asistenta” se lee con la permanente expectativa de que algo inquietante va a suceder de manera inminente. Con final en punta en cada capítulo. Y con una resolución con alguna trampa, que el lector perdona, porque se trata de una interesante novela. Andrew Winchester es un tipo apuesto, elegante, educadísimo, triunfador, pero quizás debajo de su traje impecable se esconde la bestia. Pero ahí está la asistenta. Vigilante. Suspense.

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