La libertad de quedarse
Santiago-Pontones siempre es un buen plan. Cada época que lo atraviesa dibuja un paisaje distinto, irrepetible. En estos días, la nieve aprieta los bordes del camino y el hielo sujeta el suelo como una madre que sostiene a su hijo cuando el mundo empieza a ceder bajo la suela de sus botas. El invierno manda en esta tierra y el frío atraviesa los cuerpos. No se queda en la piel. Todo se transforma por dentro. Pero más allá del paisaje hay algo esencial que suele pasar desapercibido: quienes lo sostienen. En esta tierra, vive Javier, un joven pastor. En un tiempo que empuja a irse, él eligió quedarse. No recuerda cuándo empezó a salir al campo porque no hubo un inicio nítido. Antes de caminar ya estaba allí. Sus padres conciliaban la vida familiar llevándolo con ellos, como si el trabajo y la crianza no fueran espacios opuestos.
Creció entre animales, tiempo y silencio. Aprendió pronto que los días traen más responsabilidad que novedades. Que hay que estar incluso cuando no apetece. Que el cansancio forma parte del trato. Heredó valores como el esfuerzo sostenido y el respeto por lo que no se controla. Su abuelo le regaló una idea que aún le sirve de brújula: tener la misma cara para lo bueno y para lo malo. Una forma de dignidad. Nunca pensó en irse porque su deseo estaba anclado en ese lugar. Quiso parecerse a su padre. Hoy suena casi ingenuo decirlo así, pero hay algo profundamente subversivo en esa afirmación. En una época que invita a la huida y al abandono de la tradición, Javier eligió permanecer. No persiguió una moda, sino una vida coherente. Cumplir el sueño infantil de parecerse a tu referente no suele encajar en los relatos contemporáneos del éxito.
Ser pastor hoy no es una imagen detenida en el tiempo. Javier no idealiza su oficio. Sabe que es duro, que no entiende de festivos ni concede treguas. Sabe también que el esfuerzo ha cambiado de forma: antes era casi exclusivamente físico; ahora es físico, mental y administrativo. Un aluvión de normativas intenta unificar lo que no se puede unificar. Y lo que sucede siempre: quienes tienen más poder legislan según sus propios intereses. Normativas pensadas para otros modelos, otros ritmos y otros territorios. Papeles que llegan desde lejos y no siempre dialogan con la realidad que pisan sus pies. La tecnología ayuda —GPS, vehículos, cercados—, pero no sustituye al conocimiento del terreno ni a la presencia diaria. El ganado no se cuida desde una pantalla. A menudo se ha sentido fuera de lugar. Nos educan para estudiar, para encontrar un trabajo estable, para aspirar a una idea de éxito asociada a la comodidad y al reconocimiento. Salirse de ese carril tiene consecuencias. Cuando eliges quedarte donde otros se marchan, te conviertes en el raro, en el que no encajó, en el que no supo elegir bien. Javier responde con una pregunta: ¿qué es tener éxito para ti?
Cuando habla de lo mejor de su vida, habla de libertad. Y lo hace sabiendo que su trabajo ocupa los 365 días del año y exige sacrificio. Pero se refiere a una libertad que no tiene que ver con el tiempo libre, sino con hacer algo que reconoce como propio. Con trabajar en un lugar que ha elegido. Javier cree en un campo con futuro, no en un paisaje fosilizado para la nostalgia urbana. No quiere que sus hijos hereden dificultades, sino oportunidades. Que, si deciden ser pastores, lo hagan porque quedarse tenga sentido, porque el campo sea un lugar viable y respetado. Sabe que nadie va a poner una alfombra roja para que los jóvenes se queden, pero también sabe que sin pastores no hay territorio cuidado, ni paisaje sostenido, ni equilibrio posible. El pastor —dice— es el mejor gestor medioambiental. No es un eslogan: es una constatación diaria.
Tú, que quizá lees estas líneas lejos del frío, del hielo, de un paisaje lleno de dificultades, pregúntate qué entiendes por libertad. Si la asocias al descanso, al confort, a la ausencia de ataduras. O si todavía eres capaz de reconocerla en una vida exigente pero elegida. El éxito no se mide en ascensos ni en huidas. A veces tiene que ver con sostener un territorio, un oficio, una forma de estar en el mundo que no cabe en las estadísticas. Javier no pide admiración ni aplausos. Su vida no necesita ser idealizada para tener valor. Cuando hables de futuro, recuerda esto: sin pastores no hay territorio, no hay paisaje, no hay equilibrio. Solo abandono. Los pastores no gestionan recursos: asumen consecuencias. Permanecen cuando el mercado se va, cuando la política falla y cuando el territorio deja de ser rentable.