La cosecha invisible

    14 feb 2026 / 09:53 H.
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    Cuando uno es profesor es consciente de que lo que siembra dará frutos que muy raramente verá. Recuerdo la primera vez que fui realmente consciente de la trascendencia de nuestra labor: fue durante una de las primeras cenas fin de carrera a la que asistí, una antigua alumna me confesó que una frase mía se había convertido en su propio mantra vital: “lo que hagáis hacedlo siempre a tope: asistir a clase, estudiar, divertirse, estar en familia,...”. Nosotros sembramos, pero son ellos quienes deciden qué, cómo y cuándo recoger. Pues esta semana tuve el privilegio de ser recibido por un antiguo alumno que encarna a la perfección la máxima de Aristóteles: “el verdadero discípulo es el que supera al maestro”. Hoy es un empresario brillante, premiado y reconocido, muy bien posicionado, líder que genera empleo y progreso, y, lo más importante, humilde, centrado y lleno de valores. Mientras recorría sus instalaciones disfrutaba por partida triple: por su éxito, por oírle recordar con emoción su etapa universitaria, e, interiormente, por reflexionar sobre el privilegio de ayudar a formarse a los demás. ¡Qué orgullo el talento de nuestra tierra y nuestra universidad, mediana de tamaño, pero inmensa en su capacidad de transformar vidas!

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