Jaén underground
En el subsuelo de Jaén, hace algunos años, había una ciudad subterránea, llena de túneles y de cavidades profundas, que atravesaba todo el perímetro urbano. Si te aventurabas por aquellas oquedades, junto al rumor de los manantiales acuíferos, podías escuchar lejanos ecos de voces tumultuosas, y ritmos acelerados de músicas atronadoras y de guitarras eléctricas. Y en aquellas galerías soterradas y laberínticas, había ciertos lugares extraños, a los que acudían gentes la mar de raras. Uno de esos parajes, tal vez el más auténtico y radical, se llamaba El Mogollón.
Varios metros por debajo del suelo que pisábamos en nuestro discurrir cotidiano estaba este bar, o tal vez se trataba de un tugurio, o de un refugio, dependiendo del día y de la hora. Era, en definitiva, un garito multifuncional, que a veces también podía convertirse en terreno de combate, o en ring de boxeo, o en fumadero clandestino, o en pista de baile, o incluso en centro cultural underground. Era un lugar al que la gente iba a refugiarse, o a comunicarse, o a aislarse, o a encontrarse, o a extraviarse. Estaba, si no recuerdo mal, en un agujero al que conducía un callejón estrecho, en plena línea principal del metro de Jaén —una infraestructura de transporte subterránea que ha desaparecido con el tiempo, y que atravesaba la espina dorsal del dormido Lagarto urbano jiennense—.
Se ubicaba en la zona de la Audiencia. Corrían los años ochenta. A un tiro de piedra del, entonces viejo cine Darymelia, estaba aquel antro insumiso y alternativo de la movida jiennense, el Mogollón. Allí confluían casi todas las tribus urbanas de aquella época, los punkies, los heavies, los rockers, luciendo sus uniformes y reivindicando sus particularidades, a la vez que defendían sus diferentes gustos y estilos musicales.
Pero también era un sitio en el que la creatividad estaba en ebullición, allí te podías encontrar a artistas tan interesantes como Andrés el pintor, o a los Zakatraka un grupo de teatro de calle que llegó —definitivamente eran otros tiempos— a desafiar el recorrido de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús organizando una pasacalles alternativo y bastante irreverente. Por allí circulaban heroicos fanzines y también publicaciones más elaboradas como los primeros números de Viñeta seis. Con frecuencia sonaban de fondo los Niñatos, o los Preceptos Devotos o los S.P., o los Conservantes Adulterados u otros grupos que apostaban por la diversión y la imaginación más allá de las rigideces del pentagrama musical.
Algunos acudíamos a aquella sima vestidos de turistas, éramos visitantes circunstanciales, lo nuestro era el trayecto de ida y vuelta, sin problemas ni secuelas. Pero algunas y algunos otros se hicieron habitantes perpetuos de aquel submundo. Y de tanto errar a tientas por los túneles del oscuro metro, sin encontrar la salida, adoptaron la ciudadanía perpetua del territorio underground. Gentes que vivían al borde, al filo, por el lado salvaje y se quedaron para siempre en el laberinto del subsuelo sin encontrar una salida, que a esas alturas tal vez ni siquiera deseaban buscar. Era el Jaén Underground, la movida ochentera, ahora en aquel subsuelo, solamente habita el Lagarto mitológico que, sin duda, siente nostalgia de sus extraviados vecinos y de todo aquel mogollón divertido y turbulento.