Hasta San Antón

    18 ene 2026 / 09:14 H.
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    Ya llevan años metiéndome la tristeza en el cuerpo, y no es que no me guste, es solo que me ponen triste. Ya dije del dolor que duele menos si se sabe de dónde viene, y con la tristeza pasa algo parecido. Año tras año rememoramos situaciones felices del pasado que nunca volverán a repetirse debido a ausencias justificadas, o bien respondemos con tristeza a presencias no justificadas. La edad y la enfermedad son paradigmas en los que se sustenta esa tristeza. No obstante, si se hace un pequeño ejercicio de humildad y somos capaces de agradecer el mero hecho de estar vivos, que no es poco, las navidades surgen de nuevo como un reto para disfrutar de la felicidad de los premiados por la lotería, compartir con un niño la ilusión de un regalo y, cómo no, mandar a freír espárragos las recomendaciones del médico de turno y apretarse grandes dosis de colesterol en forma de jamón o de langostino. Lo cierto es que hacer lo que no se debe hacer produce placer, lo niegue quien lo niegue. Y hasta San Antón Pascuas son, con lo que aún nos queda un fin de semana para revisar frigoríficos y congeladores vaya que alguna vianda se nos quede atrás sin cumplir con su cometido oficial de dar placer a las andorgas y a las dentaduras aunque sean de quita y pon. Eso sí, habrá de hacerse no dejándose llevar por cantinelas televisivas de los unos y los otros, de los de aquí o los de allí.

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