Filomena

    11 ene 2021 / 17:13 H.
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    Filomena nos dejó sin luz casi veinticuatro horas. Ningún lamento, se trató de un hecho excepcional y, en mi opinión, el ser humano no puede andar fabricando muros de contención para cada posible amenaza. Sirvieron para que los afectados habláramos más, aunque fuera sobre el apagón y los inconvenientes que genera la avería de un invento relativamente nuevo. Y lo más alucinante: de pronto, Trump y todo su jaleo en el Capitolio nos abandonó, lo mismo que Netflix, HBO, Facebook, Twitter y el barco de Chanquete. Durante ese espacio de tiempo —casi veinticuatros horas— retomamos la vida de antaño: conversaciones a la par de la lumbre, un poco de sexo, otro poco de vino, que si pan con jamón o con un chorizo, que si dame otro beso, por la gloria de tu madre. En Cortijo Viejo, ajenos a nuestra oscuridad, dos perros guardaban la noche como cualquier otra noche. Y a la mañana siguiente, sin falta, el cielo volvió a alumbrar el mundo. Quitando la salud que pende de un hilo de oxígeno —esa clase de urgencias en las que solo se cae cuando se padecen en carne propia—, la vida siguió si cabe más hermosa o más auténtica, qué se yo. Pero fue regresar y todos gritamos aleluya, mientras corríamos a coger el teléfono.

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