Fe en el caos
Este es el subtítulo de la película “Pi, fe en el caos”. Un thriller situado dentro del género de la ciencia ficción. Aborda un mundo basado en las obsesiones como modo de situarse frente al entorno y construcción de la realidad. Los personajes de la trama manifiestan una conducta obsesiva paranoide, para alcanzar sus aspiraciones. El protagonista vive con la obsesión de demostrar que la realidad se representa por números a partir del descubrimiento de la secuencia completa de “Pi”, incluido el comportamiento futuro de la bolsa. Como consecuencia, es perseguido por ese conocimiento, con el fin de que el enriquecimiento quede en las manos adecuadas. Finalmente, lo acosa un grupo de místicos judíos, estudiosos de los textos sagrados, que aspira a poseer el número de 216 dígitos porque representa el verdadero nombre de Dios, perdido con la destrucción del templo. Basan la persecución en la supuesta legitimidad moral de impedir que ese saber caiga en malas manos y altere el orden. Obsesiones que naturalizan y normalizan conductas paranoides.
Ninguna persona ni Estado que defienda los derechos humanos, la diversidad y el multilateralismo puede justificar los totalitarismos. Las teocracias son sistemas políticos totalitarios cuyos mandatarios legitiman su poder por mandato divino, no muy distinto del despotismo ilustrado. Ni la organización de los Estados ni el reconocimiento de los derechos de la ciudadanía pueden fundarse en un mandato divino. La democracia nació de la separación entre religión y Estado. Los países que se dicen democráticos no pueden erigirse en salvadores desde la creencia de ser un pueblo elegido para dominar y expandir sus territorios.
Israel es una democracia cautiva del extremismo religioso, con un planteamiento tan teocrático como el de Irán, al que el embajador del gobierno supremacista de Estados Unidos definió al defender una lectura bíblica según la cual Israel habría recibido de Dios una tierra prometida “del Nilo al Éufrates”, afirmando que “estaría bien si lo tomaran todo”: territorios que hoy pertenecen a varios Estados de la región, porque Israel sería una tierra dada por Dios a “un pueblo elegido”.
Esta es la visión sionista de la actual política imperialista y colonizadora de los gobernantes de Israel, no del pueblo israelí, sino del peso de minorías religiosas teocráticas en un gobierno fragmentado y un Estado dividido, donde solo se escucha a quien coincide con la línea oficial. ¿Son condenables y perseguibles los asesinatos y atentados sufridos por la población israelí? Sí, pero no pueden servir para justificar el terror ni la muerte de inocentes, ni para invocar un supuesto “derecho” a anexionarse territorios ocupados por razones bíblicas.
Esa no es la posición dominante del derecho internacional, de ahí las condenas diplomáticas. Ocupar es ejercer el control efectivo sobre un territorio sin soberanía reconocida; la anexión es su incorporación unilateral al propio Estado. Ocupar es la vía para burlar la descolonización. ¿Quién esta legitimado para eliminar al otro? “Le dijo la sartén al cazo: ¡Quítate de ahí, que me manchas!”. La guerra es una cortina de humo para afianzar el poder geopolítico en la zona de Oriente Medio y el control de sus rutas comerciales, alentada por tres mandatarios obsesivos y paranoides. ¿Las víctimas? Las de siempre.