Escribiendo a los Magos

05 ene 2026 / 08:26 H.
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Oíd, majestades. O mejor, leed. Sí, son fechas en las que estaréis atosigados por cargamentos ingentes de peticiones infantiles, juveniles, internas, externas y hasta mediopensionistas. Y, a buen seguro, aunque os esforzáis como es vuestro lema, quizá, tal vez, posiblemente, no lleguéis a conceder la miríada de regalos, ilusiones, sueños o peticiones que destilan cada una de las cartas, mensajes o simplemente deseos expresados en distintos grados de voz que os llegan, suenan en vuestros oídos o aparecen grabados en vuestras almas generosas.

Pero desde la experiencia de muchos años, demasiados, confiando en que siempre hay una sorpresa aguardando tras el lento discurrir de los fastos de cabalgatas y desfiles, sé que se os puede pedir “en abierto” como las plataformas esas que pueblan los televisores. He tenido en mis manos multitud de cartas de chavalillos dirigidas a Vuestras Majestades. En algunas tuve que corregir pequeños desvaríos ortográficos, otras fueron ellas las que me corrigieron a mi dándome ese empujoncillo suave pero firme que me hace, me hizo, me hará, recaer una y otra vez en la ilusión imperecedera, en el sueño del niño atesorado dentro a pesar de los cientos de calendarios hollados por el tiempo.

Escribir a los Magos es todo un género literario. Una aventura que sobrevuela el lápiz tembloroso, el rotulador zigzagueante, la tecla curiosa, el pensamiento utópico, la mirada cándida o la neurona soñadora. Cuando, desde aquella tierna —o casi— infancia, pensar en el “negrito” Baltasar, la barba blanca de Melchor o la capa de Gaspar, dispara el cuarteto de las hormonas esas que pilotan las emociones, el grupo de las “inas”, dopamina, serotonina, oxitocina, endorfinas y adrenalina dándonos un chute de juventud frente a las realidades que nos rodean y que no siempre nos son favorables.

Hubo un tiempo en que el tópico, que se repite a menudo, era la petición de “paz para el mundo” o, en un esfuerzo de geolocalización, “que los niños y niñas de esos mundos lejanos no pasen hambre”. Luego ya venía el tren eléctrico, el scalextric, el mecano de mil construcciones, algún libro, el balón, la camiseta de tal o cual equipo, el coche teledirigido, la muñeca Nancy, la colección de Barbies, el muñeco que hacía pipí o, en un alarde de originalidad, el pijama de dibujos, los calcetines de rayas o, como cantaba Guillermina Mota, la “ropa interior de quita y pon”. Todo ello cabía en muy pocos renglones y la letra, doy fe, solía adolecer de trasquilones como el corte de pelo del barbero de la esquina en tiempos del Pleistoceno inferior.

La tradición incluía y sigue incluyendo, aunque con menos intensidad, la foto con vosotros, con ustedes, Magos de Oriente. ¿Os cuento una espinita que llevo clavada desde el siglo pasado? Pues sí, nunca conseguí aparecer en una de esas fotos en el estrado de un gran almacén o tienda de juguetes. Y otro doloroso recuerdo. Nunca me trajisteis un tren eléctrico. Pero no os preocupéis, os he perdonado ya. No estaban vuestros bolsillos para hacer esfuerzos en aquellos años, aunque sí que me dejasteis bajo la almohada un libro que siempre recuerdo: una versión infantil de Robinson Crusoe que empezó a aficionarme para lanzarme poco a poco al océano de la lectura.

Pero está muy feo personalizar así que vamos a la realidad de hoy. ¿Qué os podemos pedir? Los juguetes clásicos han sido colonizados por pilas, enchufes, programaciones, pantallas y tecnologías de muy diversa condición. Y, lo que es peor, la sociedad que nos circunda también. Los periódicos, los noticiarios, el boca a boca, nos deja ese extraño sabor a fracaso con fétido perfume a misil ensangrentado. Aquel pedir “la paz del mundo” debería ser tendencia, como se dice ahora. Y ya que hemos mencionado que los juguetes actuales “se enchufan” aprovechemos que el Pisuerga pasa por Valladolid —o eso se cuenta, je je je— para pediros también que ese sistema, el enchufismo, junto con el nepotismo, las corruptelas de uno y otro campo, el desprecio a los ciudadanos, la violencia con todos los adjetivos posibles, los acosos, la recesión, el desempleo, la desigualdad y las dificultades económicas se diluyan con vuestro oro, incienso y mirra y nos ofrezcan una visión de futuro que seamos capaces de “disfrutar” como merecemos. ¿Es mucho pedir? Espero que no. Por cierto, además, si os queda hueco en la mochila de reparto, una buena selección de libros siempre será bien recibida. Dicho queda.

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