Escalera de caracol
El otro día escuché que la felicidad no fracasa sola. Si una experiencia de plenitud tan subjetiva depende de otros, cuánto más lo hará el esfuerzo colectivo que implican los impuestos. Los impuestos es aquello en lo que, trabajando, consumiendo o simplemente percibiendo una cantidad, estamos implicados todos. Es comprensible criticar un sistema que no tiene tanto de progresivo como debería. Después de todo, el que diga que no le interesa el dinero es porque tiene mucho o no tiene nada, pero en el medio es difícil sostenerlo. ¿Cuánto vale un antibiótico? ¿Durante cuántos años se endeudarían las familias tras un parto? Si pensamos que la sanidad o la educación ya no son lo que eran, no creo que la iniciativa privada sea la solución, donde los beneficios priman por encima de nosotros. ¿Cómo nos sentiríamos reclamando al seguro la operación de apendicitis de nuestra pareja o la visita al hospital de nuestro hijo? Vivimos con la certeza de que una parte de nuestro salario se retiene, pero a cambio no tenemos que soportar otras muchas incertidumbres que pueden cambiar nuestra vida con una sola llamada del médico o una matrícula de universidad. Los impuestos son una escalera, la cual puede tener los peldaños más o menos altos, de caracol o con tramos enormes... pero sin ella no existiría un modo progresar. Es el único ascensor social para lo más desfavorecidos en una mal llamada clase media.