El gato cuántico
Al hilo de los dioses que se enfrentan en estos días a costa del petróleo, se me ha ocurrido pensar que si los humanos tenemos tan magna dependencia de sus tonterías teológicas, haríamos bien en buscarnos la vida eterna de maneras más caseras, menos profundas y menos comprometidas con nada ni con nadie. Viene al caso aquella madrugada en la verbena del Ojuelo, hace ya más de medio siglo, en que la diatriba de la discusión con Daniel y los colegas me llevó a decir, casi a gritar, que las religiones tienen las llaves para la paz y para las guerras. No sabía yo por aquel entonces que el tiempo me fuera a dar la razón, a la vista actual de suníes, chiítas, evangélicos, católicos y demás manes de conocer a Dios incluyendo al dinero. Dándole vueltas al asunto de la grave situación que se nos viene encima, se me ocurre hacer de mi vida una especie de eutanasia a medias. O sea, irme pero no irme. O irme sin que nadie se dé cuenta que para matarse se basta uno sin ayuda de nadie, o así debe ser. He encontrado un concepto en la física cuántica que viene a decir que si uno quiere puede ser eterno sin ningún problema. Se llama superposición cuántica y consiste en eso que todos sabemos del gato muerto o gato vivo. Si me entierro vivo, y consigo que nadie se entere, tengo asegurada la vida eterna sin necesidad de dioses de aquí o de allí, y solo estaré muerto el día que un arqueólogo me descubra.