El erizo
He hablado en estas páginas de las asociaciones mentales que ciertos animales (el perro, el gato, el cisne, el loro...) me provocan. Hoy quiero traer al erizo. Hay un verso de Arquíloco que dice así: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante”. ¿Cómo interpretar este verso? Quizá lo que quiso expresar el poeta griego es que por mucha astucia y medios de que disponga el artero zorro, no puede doblegar al erizo que, con su único recurso, consigue defenderse con solvencia. El historiador de las ideas Isaiah Berlin utiliza esta contraposición para hablar de escritores y pensadores que, o bien van tras múltiples objetivos, actuando a diferentes niveles y sacando el jugo de “gran variedad de experiencias y objetos por lo que son en sí mismos” (los zorros) o bien tienen una visión central única, un sistema en el que integrar lo particular (los erizos). Él mismo reconoce que se trata de una clasificación simplificadora, pero no inútil. Esta distinción se toca con otras como la del práctico y el teórico, o la del empírico y el racionalista, o la del ilustrado y el romántico.
Thomas Mann comienza su texto sobre Schopenhauer señalando el carácter estético que tiene un buen sistema metafísico, destilado, digamos, por un erizo. Pero el propio Schopenhauer hablaría también de este animal, según mi memoria evoca. Una parábola suya cuenta lo siguiente. Unos erizos sienten frío y se acercan unos a otros, pero cuanto más cerca están, más dolor les producen las púas vecinas. Al alejarse, vuelven a sentir frío, con lo que a la postre han de ajustar la distancia para conseguir la más soportable. Schopenhauer quiere ejemplificar así, con su acostumbrado optimismo, las relaciones humanas: “Así la necesidad de compañía, nacida del vacío y la monotonía del propio interior, impulsa a los hombres a unirse; pero sus muchas cualidades repugnantes y defectos insoportables les vuelven a apartar unos de otros”. Para este filósofo alemán, la distancia adecuada es la cortesía y las buenas costumbres. “Debido a ella la necesidad de calentarse mutuamente no se satisface por completo, pero a cambio no se siente el pinchazo de las púas”. Eso sí, quien tenga calor propio haría bien en mantenerse alejado de la sociedad para no causar o recibir ninguna molestia. No está muy claro si la parábola apunta exclusivamente al mundo social o si se refiere también a las relaciones personales. Son dos dimensiones completamente diferentes y, si pensamos en la amistad o el amor, la distancia cortés es muy cuestionable, incluso si hablamos de espinas: “En el corazón tenía / la espina de una pasión; / logré arrancármela un día; / ya no siento el corazón”, cantaba Machado. En cualquier caso, puede que esta parábola diga más de Schopenhauer o de quien la traiga a colación que de las relaciones humanas en sí. También nos sirve para darnos cuenta de cómo se confunden a veces las cosas. A mí me gusta, cuando escucho o leo este tipo de referencias repetidas, acudir a la fuente original. En este caso se trata del libro Parerga y Paralipomena, que le supondría al filósofo la fama que hasta entonces le había rehuido. Lo publicó a duras penas, pues el editor de El mundo como voluntad y representación (la obra hoy más famosa de Schopenhauer), escarmentado por el fracaso de las dos ediciones que había hecho de esa obra, rechazó el único manuscrito que le habría proporcionado una ganancia económica. Pues bien, si vamos al texto de la parábola resulta que Schopenhauer no habla propiamente de erizos, sino de... puercoespines. ¿En qué momento se produjo el cambiazo?
Dejo de nuevo la mente vagar y me aparece un tercer erizo, el medieval. Es este un erizo previsor. En el momento de la cosecha, se sube a una vid, sacude las uvas para que caigan y luego rueda clavando sus espinas en ellas para transportarlas hasta su madriguera con el fin de alimentar a sus crías. Para protegerlas, cuando sopla el viento del norte o del sur bloquea el agujero correspondiente de su madriguera.
Y hasta aquí las evocaciones de este punzante animal.