El arte de soltar

    12 feb 2026 / 08:28 H.
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    Hay líderes que se ahogan en su propia indispensabilidad. Los ves llegar antes que nadie, marcharse los últimos, con la bandeja de entrada desbordada y la agenda sin un hueco libre. Se quejan de no tener tiempo, pero cuando alguien les ofrece ayuda, responden: “Déjalo, lo hago yo más rápido”. Esa frase esconde el mayor enemigo del liderazgo: la incapacidad de delegar. Porque delegar no es desprenderse de tareas molestas. Es un acto de confianza estratégica que transforma el “mandar” en empoderar. Pero para lograrlo, necesitamos método, no buenas intenciones. Empecemos por lo esencial: identificar qué delegar. Una herramienta eficaz es lo que llamamos la matriz de impacto y competencia única. Parece mucho nombre, pero es sencillo de entender, pregúntate: ¿esta tarea requiere mi experiencia exclusiva?, ¿su impacto estratégico justifica que yo la ejecute? Lo que tenga bajo impacto y no necesite tu pericia, tu dominio técnico, delégalo sin dilación. Lo que tenga alto impacto, pero puede hacerlo otro con acompañamiento adecuado. Ahí está tu oportunidad de formar liderazgo. Otro camino es la regla del 70%: si alguien puede hacer algo al setenta por ciento de tu nivel, suelta. Ese treinta por ciento de diferencia raramente compensa tu tiempo y, además, con práctica, esa persona alcanzará el noventa por ciento mientras tú te dedicas a lo irrenunciable. Ahora bien, delegar sin asfixiar requiere arquitectura. Establece acuerdos claros: resultado esperado, límites de autoridad o puntos de revisión estratégicos. Tres chequeos muy bien situados —al inicio, a mitad de camino, al final— valen más que diez interrupciones ansiosas. Diseña un panel de seguimiento: tres o cuatro indicadores que te alerten de desviaciones significativas. Si hay alerta, actúa. Y cambia las preguntas. No “¿cómo va esto?”, sino “¿qué obstáculos encuentras?” o “¿qué necesitas de mí?”. Tu papel es facilitar, no controlar. Distingue problemas de ejecución de problemas de contexto estratégico, donde sí aportas valor único. Delegar bien exige valentía: aceptar que otros harán las cosas de manera diferente, quizás mejor. Pero ahí radica la grandeza del liderazgo. No en ser imprescindible, sino en hacer prescindible tu presencia para que el equipo vuele solo. Empieza hoy. Elige una tarea. Suéltala. Y observa cómo
    crece quien la recibe.

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