De nuevo el principio

09 ene 2026 / 08:37 H.
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Lo que el escritor se juega en el comienzo de una obra no es tanto atrapar al lector con la promesa de una buena intriga como dar con una voz que deseemos que nos siga contando. Una vez seducidos por ella, nuestra disposición será la del sultán de Las mil y una noches hacia Sherezade: queremos seguir oyendo la historia contada de ese modo. Es lo que podríamos llamar el principio que todo principio debería seguir, el principio de los principios. Porque lo que hace el relato sabroso es el cómo y no tanto el qué. En el comienzo de “El Quijote” —“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”—, la ambigüedad que introduce ese recuerdo fallido —el sentido de ese “quiero” es el de “no voy o no llego a acordarme”—, supone ya una falibilidad del narrador que hipnotiza. Hay principios muy famosos, como el de “Ana Karenina” de Tolstoi —“Todas las familias felices se asemejan; cada familia infeliz es infeliz a su modo”—, el de “La Regenta” de Clarín —“La heroica ciudad dormía la siesta”— o, en nuestros días, el de “Corazón tan blanco”, de Javier Marías: “No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados”. En una antología de comienzos aparecerían también dos pertenecientes a Kafka, el de “El proceso” —“Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana”— y el de “La metamorfosis” —“Cuando, una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”—. Llama la atención que, en los dos casos, la historia empieza al despertar. El continuo fluir de los días se rompe en el comienzo de uno de ellos. Es lo que le ocurre a la voz del poema titulado “El crimen”, de José Ángel Valente: “Hoy he amanecido / como siempre, pero / con un cuchillo / en el pecho. Ignoro / quién ha sido, / y también los posibles / móviles del delito. / Estoy aquí / tendido / y pesa vertical / el frío”. También es un despertar el principio de “El doble”, de Dostoyevski: “Faltaba poco para las ocho de la mañana cuando Yákov Petróvich Goliadkin, funcionario con la baja categoría de consejero titular, se despertó después de un largo sueño, bostezó, se desperezó y al fin abrió los ojos de par en par”. En “El castillo”, sin embargo, y volvemos a Kafka, las primeras palabras nos sitúan al final del día: “Había caído la noche cuando K. llegó”. Y el protagonista, en vez de despertar, no tarda en dormirse —aunque pronto es despertado para comunicarle su dudosa situación legal en ese pueblo—. Precisamente el año que ahora principia se cumple un siglo de la póstuma publicación de este libro. Es curioso que también el comienzo de otra gran obra de ese tiempo, En busca del tiempo perdido, se refiera al momento de acostarse y dormirse: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”. A veces, cuenta el narrador, se duerme inmediatamente, para despertar a la media hora con la idea de que ya era hora de dormirse. Como en “El castillo”, hay un dormir y un pronto despertar. La voz que cuenta en la “Divina Comedia” de Dante, monumento literario medieval, nos recuerda la situación de los despertares de Kafka por la confusión en que también se halla. Los famosos tres primeros versos del poema dicen así: “En mitad del camino de la vida / me hallé en el medio de una selva oscura / después de dar mi senda por perdida.” Luego encontrará el poeta a Virgilio, que será su guía a través del Infierno y el Purgatorio. Por supuesto, podríamos hablar también de finales memorables, pero he querido que estos principios literarios que mi mente ha asociado sirvan de felicitación a los lectores de este periódico de cara al año que, él también, comienza.

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