Clave de bóveda
La confianza en quienes nos gobiernan no se mide por la elocuencia de sus palabras, sino por la firmeza de su compromiso con la seguridad y el bienestar de las personas. Tras el doloroso accidente en Adamuz, España ha aprendido que la responsabilidad no es algo que sólo se quede en una mera suposición, sino que hay que demostrarla mediante la rendición de cuentas, la ética y la asunción de consecuencias por negligencia. Cuando elegimos a nuestros gobernantes esperamos algo más que una simple representación política, un compromiso responsable basado en la integridad y la proactividad. Los de a pie valoramos especialmente la cercanía y la accesibilidad a los cargos en el mandato y esperamos que se involucren genuinamente en los problemas de la sociedad. Rara vez es así, pues el ritmo de sus agendas favorece la “intervención de cortesía”: saludar, leer el discurso y abandonar el evento de inmediato. La verdadera responsabilidad política implica que, si un acto es para responder, aprender o decidir, se debe permanecer en él. Al final, la legitimidad institucional se construye cuando el servicio público es percibido como un compromiso ético y humano, no solo como una presencia mediática.