Al Señor de Jaén
La tarde gris se asomaba a los balcones de la ciudad que transitaba tranquila, deambulaba en medio de la gente con su fresca mirada, a veces, derramando diminutas gotas que apenas llegaban al suelo, la llovizna dejaba su llanto en aquellas personas, que permanecían en una larga hilera, recorriendo el camino. Desde la plaza donde enmudecen las fuentes, las dos torres se rinden a la oración que custodia y guarda el emblema, símbolo y reliquia de la ciudad, el tesoro más preciado, de la muy noble y muy leal. Allí donde el arte ha preferido no pasar inadvertido a las miradas y desvela su maestría en sus formas, matices y ornamentos. Había quedado atrás y los árboles esqueléticos ocultaban con sus delgadas ramas partes de su figura que aparecía incompleta. La línea ascendía levemente la calle esperando el momento para poder contemplar y orar ante el altar que había sido ya preparado.
Me encontraba allí dando pequeños pasos a un ritmo de paradas y pisadas lentas. Nunca había experimentado aquellas sensaciones y, sin embargo, no me sentía lejos del fervor que allí se percibía. Hacía ya mucho tiempo que mis huellas no habían hollado tu morada, ese espacio donde estás custodiado, donde tu barrio fiel guarda tu imagen. La túnica morada, el rostro ensangrentado, la música suspira melodías, el aire se perfuma de azucenas, la lira se ha rendido a tu silencio y escribe en sus renglones la rima que columpia sensaciones. Cuando te vi sentí a Jaén contigo, sentí el compás alado donde las oraciones se adhieren a tu imagen buscando tu consuelo, la esperanza de Cielo, el atardecer donde la Vida Verdadera es la garantía que pinta con sus luces un encuentro seguro.
Cuando te vi noté un silencio azul que desbordaba, un espacio de paz, una sombra de luz, una barca en el lago donde escuchar tu voz. Y saber que eres Tú el Maestro, el que me llevas siempre de la mano. Y transcendí tu imagen de mirada serena, de dolor, de humildad y valentía. Sentí dentro de mí la luz de tu poesía, tu bondad, tu generosidad... A ti, Jesús de los Descalzos descalzado, esta tierra de olivos que te vela, y ese dulce compás de la marcha que llora... Déjame que hoy pueda sentir la esperanza y la fe. Hoy le canta mi alma al Señor de Jaén.