Felicidad, qué bonito nombre
En ocasiones, a la felicidad de ahora nos cuesta llamarla por su nombre porque nos recuerda que, en otro tiempo, fuimos más felices. E incluso cuando eso no es del todo cierto solemos preferir recordarlo de esa manera. No sé a cuento de qué, pero precisamos de esa especie de colchón o de salvoconducto: poder decir que en el pasado vivíamos mejor, aunque sea mentira. Como si ese mísero argumento nos eximiera de hacer algo para reconducir el presente que habitamos. Y entonces, claro, ocurre lo más previsible y lo que merecemos: que la felicidad que dejamos de llamar por su nombre deja de ser feliz y pasa a convertirse en otra cosa que no se sabe muy bien lo que es.
Hablando de felicidad: hoy pensaba en el verano que viene, en lo bueno que sería que una nueva conjugación de los astros nos permitiera dedicarlo por entero a chapotear en el río y a retozar en la hierba. Como si fuera el último: me refiero a la intención, a la intensidad, a las ganas de vivirlo sin mirar hacia más adelante y con la alegría que solo saben emplear las niñas y los niños felices. Y pensaba en nuestra propia felicidad, que siempre ha tenido la virtud de presentarse cuando menos la esperábamos; y en la de veces que la hemos dado por perdida. Dolía lo indecible aquella cerrazón repentina y, en cambio, nos empeñábamos en encontrar en ella una suerte de favor: el de seguir sintiendo. Y quizá en ese afán por intentar disfrutar de lo que no nace para provocar tales efectos radique uno de nuestros principales éxitos, quizá el único.
Sin embargo, hay algo en todo esto que se nos escapa, algo que no termina de encajar con esa forma tan obstinada que tenemos de entender la felicidad. Porque si de verdad fuera cierto que siempre estuvimos mejor antes y ese pasado al que volvemos una y otra vez fuese tan luminoso como insistimos en recordarlo, no dolería tanto mirarlo de frente y no haría falta suavizarlo, ni repetirlo, ni reconstruirlo con tanto cuidado. Quizá lo que nos ocurre es otra cosa. Quizá no es que hayamos sido más felices, sino más desprevenidos y dados a aceptar lo que venía sin someterlo a examen. Más capaces de dejarnos atravesar por los días sin la necesidad constante de interpretarlos. Como si vivir —así, sin más— fuera suficiente. Ahora, en cambio, parece que todo exige una explicación, una justificación, una especie de relato que dé sentido a lo que hacemos y a lo que sentimos. Y en ese esfuerzo por entenderlo todo, por no dejar nada sin nombrar, terminamos perdiendo precisamente aquello que solo existe mientras no se lo señala demasiado.
Aun así, de vez en cuando ocurre. Sin aviso, como siempre. En un gesto mínimo, en una tarde que no prometía nada, en una conversación que se alarga sin motivo. La felicidad aparece y se instala con una naturalidad que desarma, como si no tuviera nada que demostrar. Como si no necesitara, siquiera, que la reconociéramos. Y ahí es donde tal vez fallamos de nuevo: en el impulso de apresarla, de decir “esto es”, de fijarla antes de que desaparezca. Como si nombrarla fuera una forma de retenerla, cuando en realidad es justo lo contrario.
Por eso pensaba en el verano que viene. No tanto en lo que haremos, ni en cómo será, sino en la posibilidad —remota, pero suficiente— de vivirlo sin esa vigilancia constante. Sin preguntarnos a cada paso si estamos bien, si esto es lo que queríamos, si será mejor o peor que otros veranos. Simplemente estar. Chapotear en el río. Tumbarse en la hierba. Dejar que el tiempo pase sin exigirle nada a cambio y, si en algún momento aparece eso que llamamos felicidad, no interrumpirla para ponerle nombre. No convertirla en recuerdo antes de tiempo. No empujarla hacia el pasado mientras todavía está ocurriendo. Porque quizá ahí esté el único gesto que de verdad importa: no adelantarse a la pérdida. No vivir como si todo estuviera a punto de acabarse, ni como si lo mejor ya hubiera pasado. Aunque cueste, concederle al presente el beneficio de la duda.