El tiempo de los perros

    07 abr 2026 / 08:28 H.
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    Hay una rebeca de Eva sobre la mesilla auxiliar de mi lado del sofá. Ayer salió con prisa y ahí la dejó. Y varios montones de papeles sobre el mueble aparador, lo que iba a ser su distracción para estos próximos días y que, por la misma urgencia, ha terminado quedándose aquí. Hay, claro, cosas de ella en cualquier parte de la casa: ropa sucia en el cesto, ropa limpia en el armario, en los cajones; una taza en el fregadero, su toalla, su cepillo de dientes, su promesa de que solo serán unos días. Pero no queremos recordarla, queremos que vuelva.

    En alguna parte he leído que los perros, si bien no saben interpretar un reloj, sí sienten el paso del tiempo. Y lo hacen, además, sirviéndose de una suerte de memoria asociativa. Por poner una muestra: desconocen que son las cinco, las seis o las siete de la tarde, ni la más remota idea sobre eso; pero a través de la inclinación del sol y de la luz que éste deja entrar por las ventanas perciben que nuestro regreso al hogar se avecina y que han de estar alerta. Eva, a los tres perros con los que convivimos los tiene sujetos a una rutina extraña y que para ellos debe representar una especie de juego: se ausenta muchas veces, como cien o doscientas veces en una sola mañana, pero apenas cuatro o cinco metros, los que distan entre la casa y el cocherón contiguo en el que ella restaura muebles y, por tanto, sus constantes idas y venidas son acogidas —y asumidas— por los chuchos sin atisbo de sorpresa. Así hasta que ella o yo, de pronto, ponemos algo a calentar en la hornilla y nos empleamos en extender el mantel sobre la mesa: eureka, esa es su manera de entender que se acerca un receso y un momento idóneo para obtener toda nuestra atención.

    Esto no está sucediendo estos días. Ellos, cada vez que los saco a la calle, corren a olisquear la puerta de la cochera con una ilusión parecida a la que yo acudo a echar La Primitiva: por si acaso, ¡por si cae la breva! Y cuando me ven sustituir el mantel por un simple paño de cocina, mientras espero a que se caliente lo que sea, saben que la mitad del día o el día entero se ha hecho trizas y que, al fin, llega el rato de las carantoñas y el sofá. Pero también saben que Eva no va a aparecer por arte de magia y que, dadas las circunstancias, una alegría excelsa, completa, carece de todo sentido. Qué no daría yo por poder trasladarles toda la información de la que dispongo: que regresa el martes con una antigua amiga y que el domingo ya lo tenemos prácticamente echado: total, cuarenta y ocho horas escasas, un suspiro.

    En alguna parte me gustaría leer que los perros no creen en el infinito y que, al menos, tienen la certidumbre de que esta pena tan grande que sienten ahora se esfumará en el momento más insospechado en favor de otro sentimiento, de cualquier otro sentimiento irrefrenable. De algún modo, nuestra existencia se fundamenta en algo semejante: una puerta que nos enfrenta a otra puerta que, a su vez, nos coloca ante otra puerta. Puertas que nunca sabemos si se abren o se cierran ni si dan paso a una alegría o a una tristeza. Supongo que de ahí que el paso del tiempo nos acabe demandando algo tan conciso y sencillo como la paz, la paz con uno mismo y con el minúsculo mundo que nos rodea. Y, sin embargo, basta una rebeca olvidada en una mesilla para que todo se tambalee y para que uno comprenda que la paz no es otra cosa que la espera de que alguien vuelva a ocupar su sitio.

    A Dios gracias, los perros están a salvo de estas disquisiciones, ¿o existe algún escrito, en alguna parte, en el que se afirme que los perros le dan tantísimas vueltas a un mismo asunto? Ellos saben que falta un tornillo, que se ha perdido un tornillo importante, irremplazable; y que su cometido —un cometido innato— es buscarlo en los alrededores de la puerta de la cochera. Hasta que, al pronto, regrese Eva y la alegría y la euforia les conduzcan a olvidar qué estaban husmeando, la razón para tanto padecimiento.

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