El ejemplo que damos

    03 feb 2026 / 08:31 H.
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    Aunque me enfade y me indigne infinitamente más un bando, la tristeza me la provocan los dos. Y esto no debería situarme en medio ni llevarme a engrosar el grupo de los equidistantes, porque la tristeza no entiende de puntos exactos ni se elige: se limita a aparecer. Tengo más de cincuenta años, supongamos que aún me queden veinte por delante: tal y como van las cosas, no creo que me dé tiempo a revivir la sensación de que pensar distinto no significa odiar, despreciar o insultar al otro y, en cambio, sospecho que cada una de esas hipotéticas mañanas estaré obligado a levantarme sabiendo que, según a quién ataña el nuevo escándalo, así serán los discursos y los distintos ánimos.

    No sé quiénes son los culpables, tampoco puedo tomar partido en eso. Sé que un gol de mi equipo en fuera de juego o a consecuencia de un penalti injusto me duele mucho menos que el gol legal del equipo contrario, pero trasladar esos sentimientos a la política siempre conforma un error, porque en ella nos va la salud y el bienestar. También desconozco cómo han conseguido dividirnos de una manera tan férrea y, sobre todo, qué placer o satisfacción encontramos en ello. Ahora hemos de cuidar más lo que decimos o envalentonarnos a decirlo, asumiendo el riesgo de que la más que probable discusión que va a ocasionar lo dicho sea mucho más hiriente que la sobrevenida por cualquier gol ilegal, y abierta a originar resultados fatales, como la pérdida de afectos o el distanciamiento. Y me sorprende que, de cara a la galería, incluso actuemos como si esto último nos importara un pimiento, mostrando cierto orgullo al manifestar que hemos mandado a X persona a la mierda, una persona que hasta hace apenas un rato era un amigo o alguien con quien, al menos, echábamos unas risas.

    Siempre hemos pensado distinto, siempre ha habido dos bloques, dos corrientes, media España de derechas y otra media de izquierdas. Ambas, casi siempre con dificultades para alcanzar mayorías absolutas y tirando por parecidos atajos para poder conseguirlas. Cierto: la crisis de la burbuja inmobiliaria dio vuelo a una izquierda más radical y fuerte —de los 2 millones de votantes en los mejores tiempos de Julio Anguita, a los 5 millones del Podemos de Pablo Iglesias—; y la posterior y actual deriva internacional ha terminado por asentar en nuestro país a una ultraderecha inimaginable hasta hace un par de telediarios. Con respecto a esto, tengo una teoría —o me sumo a los que ya la hayan expresado con anterioridad, porque me extraña que sea mía—: en un porcentaje nada desdeñable, los ciudadanos que en el año 2015 buscaron en Podemos una salida a su angustia habitacional y laboral son los mismos que ahora se inclinan por Vox para escapar de esa misma angustia habitacional y laboral. Las cuentas salen, basta con echar un vistazo al número de votantes que han perdido las formaciones políticas a la izquierda del PSOE y, en realidad, ¿qué ha cambiado desde entonces? En 2015 eran el desempleo y los desahucios; hoy, la incapacidad de poder alquilar o comprar una vivienda y vivir dignamente en ella con lo que cobramos por nuestro trabajo. No sé, ahora que me releo, dudo de este diagnóstico —¿puede un opinador dudar de su propia opinión?—; quizá, sin conciencia de ello, ande buscando un consuelo: atribuir a la desesperación la ausencia total de concordia y empatía, la razón para la existencia de estos dos polos en los que hace tanto frío.

    Lo más curioso o paradigmático del asunto es que, desde el mismo tuétano de esta vorágine, nos empleamos en hallar una explicación coherente a la radicalización de nuestra juventud. Nos sorprende que piensen lo que piensan. Nos preocupa su acusado enconamiento, la mala traducción que realizan de nuestras trifulcas, que se las tomen tan en serio, como si nosotros estuviéramos de broma y sin detenernos, en momento alguno, a calibrar que eso es todo lo que les damos, todo lo que conocen: insultos, desprecio y odio hacia quienes opinan distinto.

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