Boys, boys, boys

    03 mar 2026 / 08:33 H.
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    La peluquería a la que acudía mi madre era la primera habitación a la izquierda de un piso. Un piso gemelo al nuestro —con tres habitaciones más, salón y cocina— en el que vivía Manoli, la peluquera, con su marido y sus dos hijos. No había muchas revistas para hacer más llevadera la espera de la clientela: algunos ejemplares de Pronto y Lecturas, desfasados y deslucidos, en los que ya salía Isabel Preysler —quiero recordar que, por entonces, con Miguel Boyer—. Isabel Preysler y Victoria Abril o Carmen Maura, y Fernando Esteso, que en paz descanse, y Bertín y José Antonio Corbalán, el baloncestista. No en portada, claro, el baloncestista aparecía en páginas interiores con la excusa de la adquisición de una nueva vivienda en una buena zona del norte de Madrid, o por el nacimiento de su segundo vástago. Salía José Luis Rodríguez “El Puma”. Salía la princesa Lady Di, el príncipe Carlos, las Tacañonas, la Bombi, ¡Bigote Arrocet! Salían porque se casaban o se separaban, porque se habían vuelto a ennoviar o porque habían vuelto a romper. Salían hablando de eso y de sus proyectos profesionales: la nueva gira del Puma, del Fari, de Los Chunguitos, la nueva temporada del Un, dos, tres, las rancheras de Bertín, la medalla de plata de Los Ángeles de Corbalán. Eran gente que interesaba por eso, por sus discos y sus medallas y, a partir de ahí, por cualquier otro asunto: sus estupendas casas, sus amoríos, sus trifulcas. Gente que se escapaba de lo corriente porque cantaba, porque rodaba películas y porque levantaba estadios; gente muy lejos, lejísimos, de encontrarse en el brete de tener que acudir a una isla desierta a pasar hambre y a ser el dantesco divertimento del respetable.

    No había Vitos Quiles ni Saras Santaolallas; no había mamarrachos vanagloriándose de vivir en Andorra, y si los había no recibían aplausos, se les juzgaba; no había noticias estúpidas dejadas en el primer comentario de un post; no había comentarios acerca de todo, de absolutamente todo, porque todavía no éramos opinadores, porque todavía nos reuníamos en los bares y porque todavía creíamos que la libertad residía en la calle; no había pantallas, ¡todavía no había pantallas en las que situar las luchas, las protestas, las ideas para un mundo más a nuestro gusto! Y en las pocas que había aparecían un tal Balbín y un tal García Tola; y aparecía una teta que pertenecía a una tal Sabrina —Boys, boys, boys. Repitamos: Boys, boys, boys—. La tierra era redonda, indiscutiblemente redonda. La Veneno amenazaba con enseñarnos su tiburón mientras cruzábamos el Mississippi, mientras disfrutábamos de Crónicas marcianas, también de sus juguetes rotos —malos hemos sido siempre—. Y los políticos se decían “Está usted faltando a la verdad” como su mayor ofensa. No había másteres, había becas. No había farlopa, había heroína. No había ginebras rosas, ni ginebras sin alcohol, ni ginebras light, había Larios. No había gentrificación y, aunque no teníamos dónde caernos muertos, había futuro, la posibilidad de un futuro menos laborioso que el de nuestros padres. Había alquileres en consonancia con los sueldos, había vehículos en consonancia con los sueldos, había muchas familias que podían arreglárselas con un solo sueldo y había conciliación familiar, madres que nos hacían la merienda: pan con aceite, pan con chocolate, pan con chorizo, pan con chopped, con mortadela, pan que no venía precocinado de una sede situada a cientos de kilómetros. No había consumo de proximidad, había mercados de abastos. Se hervía la leche, nos hervía la sangre, caminábamos en dirección a la luz, con nuestros problemas, con nuestros innumerables y sempiternos problemas, pero hacia la luz. No había Bad Bunny, pero había un Fernán Gómez y un Labordeta con un arte sin igual para poner las cosas en su sitio, mandando a la mierda. Y había, sobre todo, una explanada en cada barrio en la que las niñas y los niños quedábamos para hablar de un mañana en el que nos gustaba imaginarnos siendo otros, porque todavía no éramos otros.

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