¡A la mierda!

    07 feb 2022 / 17:04 H.
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    Por lo general, las parejas solucionamos nuestros problemas y follamos. A veces, incluso follamos y después abordamos la solución del problema, porque creemos que eso nos va a servir para abreviar o allanar el camino o porque las ganas de hacerlo son tantas que ningún marrón, por más grande que éste sea, cuenta con la capacidad de frenarlas. Sin embargo, cuando las parejas —o al menos una de las dos partes que las forman— no sienten el más mínimo interés por follar, el problema se enquista, su solución nos la suele traer al fresco y nos separamos. Tanto es así que, llegados a ese punto, tendemos a ser capaces de revertir la rencilla más absurda y nimia—una mota en la cara oculta de la luna, hasta el más leve de los olvidos—, en una catástrofe que venga a permitirnos, de una maldita vez, cortar el hilo y dar la patada; porque entonces todo son prisas y, al fin, toma vigencia esa máxima de que vivir es urgente —y follar, todavía más—. Quizás con nuestros queridos políticos deberíamos proponernos maniobrar de idéntica manera: no pensárnoslo, y en cuanto intuyamos que el problema se sitúa en ellos y que carecen de solución, mandarlos a la mierda. A la mierda, con todas sus letras.

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