Emilio Lara: “El libro es un careo entre mi conciencia y mis recuerdos”
Ya está a la venta la nueva obra del profesor y escritor jiennense, un viaje por la epopeya del “oro líquido” que condensa la historia milenaria del aceite de oliva, aderezada con grandes dosis de investigación y un excelente caldo de literatura
LA ENTREVISTA
Como una ola llegó un mar de oro verde a su vida, quedó prendido a su tormento y, con fuerza desmedida, cogió el timón de la historia y la condujo hasta la literatura. Emilio Luis Lara López (Jaén, 1968) estrena libro y, con su tradicional capacidad creativa, universaliza su tierra con el aceite de oliva como hilo conductor de un cántico a las costumbres heredadas de civilizaciones que dibujaron el paisaje contemporáneo. Es su obra más intimista, en la que desnuda su alma y sus vivencias sin tapujos ni pudores que puedan coartar la libertad de pensamiento. “Un mar de oro verde” enlaza pasado y presente sin perder de vista, eso sí, el futuro.
—Dice Juan Eslava Galán que a usted le quedan veinte años para mejorarse. ¿Cree que hay margen de maniobra?
—Ojalá. En este último libro, creo que estoy empezando a escribir como a mí me gustaría, por lo que Juan Eslava Galán dice una gran verdad, porque un escritor debe estar continuamente aprendiendo. Yo leo una mezcla de clásicos y novedades, cada vez releo más, por lo que intento aprender y buscar un estilo, una voz propia que creo que encontré hace tiempo, pero cada vez me voy puliendo más con una escritura más sencilla y espero que en algún momento consiga escribir como realmente me gustaría. Puede ser una meta inalcanzable, pero en esas estamos.
—¿A usted no le pervierten los reconocimientos?
—No. Lo que pasa es que Juan Eslava Galán tiene una forma muy graciosa de decir que, cuando recibió el Premio Planeta, optó por una literatura comercial, cuando él es el que funda en España algo híbrido entre la alta literatura y la popular, la que está muy bien escrita y se vende como rosquillas. Él fue un genio y se anticipó a muchas modas.
—También dice el autor jiennense que el olivar es una desgracia para Jaén y dibuja un futuro negro junto a él...
—Yo lo que pienso es que el monocultivo del olivar, cifrarlo todo a un único producto, en épocas de bonanza es magnífico, pero cuando llegan desgracias, como sequías, bajadas brutales de precios o competencias cada vez mayores de otros rincones del planeta, se resiente toda la economía. Sin embargo, creo que tiene un esplendoroso futuro cargado de pasado, porque cada vez hay más países que cultivan el olivar, lo que significa que, aunque sea marginal, cada vez hay más personas en el mundo que conocen el aceite de oliva, lo valoran y están dispuestos a comprarlo, sobre todo gente de clase media. Eso significa que el aceite de oliva virgen extra, el mejor, Jaén tiene que venderlo a nivel mundial y mejorar el diseño y la promoción. Queda mucho por recorrer y hay que romper mentalidades atávicas y que se universalicen las mentalidades de cooperativa y de comarca. Cuando demos ese salto, Jaén se comerá el mundo.
—Puede parecer evidente que un escritor jiennense escriba de aceite. ¿Qué tiene de especial “Un mar de oro verde”?
—Que es mi libro más personal. He escrito lo que me ha dado la gana, en el sentido de escribir una historia cultural del aceite de oliva. Esa es la dimensión que yo quería darle, desde la más remota antigüedad hasta hoy en día. Es el libro donde me desnudo a mí mismo, hablo mucho de mis recuerdos y doy mi visión de la historia, de la vida, de la música, del cine, de la cultura... Funciona como un juego de muñecas rusas, donde yo elaboro el concepto de civilización mediterránea, fundada gracias al aceite de oliva, de unos países que asumen unas formas de vida gracias a este producto y cómo llegan hasta hoy en día. Lo hago, además, con todo ligado a las hileras ordenadas, entre el bosque geométrico del olivar, con lo que continuamente estoy haciendo alusión a mi memoria personal, a la colectiva, religado con la cultura milenaria.
—¿Qué tiene de investigación y de historia esta obra?
—Tiene un año de ardua investigación, he leído cientos de monografías del olivar, de tesis doctorales, de artículos académicos, de diferentes simposios sobre historia, me he entrevistado con media docena de grandes especialistas sobre el aceite en diferentes campos y, después, acometí la escritura. Faltaba una historia cultural que englobara todos los aspectos del aceite de oliva desde la antigüedad hasta hoy día.
—¿Es, entonces, un híbrido entre novela y ensayo?
—Es un ensayo de historia, pero muy literario. Aplico los trucos de novelista para captar la atención del lector.
—¿Por ejemplo?
—Capítulos breves, tener un sentido de crear emoción, misterio incluso que se solventa al final de un capítulo... Pienso que hay un delito de lesa majestad que es los escritores que aburren, creo que debería estar penado con arresto domiciliario o con multa. Mi interés es que el lector se divierta y, si al final aprende, miel sobre hojuelas, que luego vaya y lo casque, que lo recomiende.
—Explique eso de que el aceite es el origen de la filosofía.
—El líquido amniótico de la filosofía, porque el aceite, en Grecia, es la base económica de los terratenientes. Los filósofos tenían la vida resuelta y se dedicaban a la elucubración mental, a razonar, dan el paso del mito al logos. Ellos necesitaban una vida tranquila y este producto era esencial para la alimentación, para darse masajes, lo usaban como lubricante en las relaciones sexuales, como fármaco, para iluminar las lámparas y como perfume. En este contexto, conseguían una paz especial que el cuerpo necesitaba para que la mente pudiera trabajar. Por eso digo que fue la placenta donde se desarrolló la filosofía.
—A los niños los untaban, sin embargo, con mantequilla.
—Eso eran los romanos, que decían que el aceite era algo civilizado y la mantequilla, cosa de bárbaros. Ellos despreciaban a los germanos que se untaban el pelo con mantequilla, era algo apestoso. En las cocinas de los aristócratas sólo había aceite de oliva, lo mismo que en las clases populares, en los caballeros, los équites. En el mundo antiguo, el aceite, desde el punto de vista de la salud, era tan importante para ungirse el cuerpo como para consumirlo. Los romanos eran grandes amantes de las frituras.
—¿Siempre hubo lucha entre la mantequilla y el aceite de oliva?
—La mantequilla sigue siendo algo propio del centro y norte de Europa y el aceite de oliva, del sur, donde nace la civilización. En España, por ejemplo, los andalusíes continúan la costumbre. En el Corán hay unas doscientas alusiones al aceite de oliva, Mahoma lo consideraba magnífico y el olivo era sagrado para los musulmanes. Ellos pensaban que, en el Edén, en el paraíso, tiene que haber olivos. Yo estudié en la carrera, en Humanidades, la asignatura de Lengua y Literatura Árabe, me examiné del Corán y descubrí la importancia que tenía el aceite en los poemas andalusíes. A lo largo de la Reconquista, los cristianos despreciaban el aceite porque lo consideraban algo propio de judíos y de moros. Tardaron varios siglos en romper los perjuicios étnicos y religiosos sobre el aceite hasta que, en el siglo XIV y XV, está más o menos asimilado y, en el XVI, forma parte de la cultura cristiana de España y del sur de Europa.
“Es el libro donde me desnudo a mí mismo, hablo mucho de mis recuerdos y doy mi visión de la historia, de la vida, de la música, del cine...”
—Aparte del aceite, ¿qué hay de Jaén en este libro?
—Muchísimo, recuerdos, una forma tranquila y reposada de mirar la historia y el mundo, emociones... La cultura popular gira en torno al aceite de oliva, en nuestras caserías, en los cantes populares, en las coplas aceituneras, en nuestra gastronomía... Cuando un jaenero come un hoyo de pan con aceite regresa a la memoria de su infancia, es como si le diera un beso a Afrodita. A mí los dulces que más me gustan son los de sartén, los pestiños, los gusanillos, las flores, las torrijas... En Jaén, también, todos los grandes escritores, Antonio Muñoz Molina, Juan Eslava Galán o Jesús Maeso, introducen la cultura del aceite en sus libros. Miguel Viribay, el gran pintor de Jaén, no sólo dignificó los paisajes de olivares, sino también el trabajo de los aceituneros, algo que era desechado porque se consideraba algo de la cultura de pobres. La cultura, por lo tanto, del aceite está tan impregnada en Jaén que todavía se sigue haciendo el jabón, algo que viene desde la Edad Media, cuando el jabón de Castilla, que se hacía en España, se empieza a exportar con gran éxito por toda Europa y toda Europa olía a limpio, a España. En Inglaterra lo introdujo una reina española que se casó con un rey inglés y toda la alta nobleza se volvió loca con el jabón español. Hoy en día, no nos damos cuenta, pero lo sigue impregnando.
—¿Cuál es su retrato de Jaén?
—Una provincia bellísima, la más bonita de España sin lugar a dudas. El mejor paisaje es el de la sierra de Jaén, Otíñar. Cuando tú vives en un paraíso no quieres cambiar, vivimos como Dios, en un edén. Hay que evolucionar, eso sí, porque todo es susceptible de mejora. Es una tierra muy conformista, del “ea”, que es nuestra forma abreviada del “c’est la vie” de los franceses. Desde hace unos años, Andalucía se ha convertido en una tierra de promisión, miles y miles de españoles quieren venir a una de las regiones más adelantadas del país, y no digamos los jubilados del norte y centro de Europa, que se vienen por miles al sur. Estamos en Jaén recuperando algo que tuvimos en el pasado: la autoestima colectiva. Vivimos una transición, en la que cambiamos la mentalidad de una tierra preterida, olvidada, que se avergonzaba de sus orígenes por una autoestima muy grande, porque Jaén es, ahora mismo, un laboratorio social donde se está viendo cómo se introduce la modernidad de la vida en una cultura tradicional riquísima. Esa es la esencia de Jaén, que somos capaces de convivir en una modernidad que va a velocidad de autovía con unas formas tradicionales que hacen que sea una vida paradisiaca, un “festina lente”, una forma de vida tranquila, reposada y con un futuro espectacular.
—¿Renunciará a vivir en Jaén?
—No lo sé, la vida dirá. Hace bastantes años, al poco de casarme, tuve una oferta muy tentadora por parte de la Universidad Católica de Murcia para dirigir las Humanidades de un centro que tiene campus en diferentes lugares de España y del Mundo. Mi mujer es de Cartagena y me encanta Murcia. Hubo dos intentos para camelarme. Yo lo pensé, pero quería darle una oportunidad a mi vida, porque tenía en mente profesionalizarme como escritor y demostrarme a mí mismo que los jiennenses podíamos llegar a cumplir nuestros sueños sin la necesidad de coger un tren e irnos, como ha sido la constante. La verdad es que soy consciente de que vivir en Madrid o en otras capitales, las posibilidades de relacionarse y de estar en muchos lugares, en el cogollo de la literatura y del periodismo, son cruciales, pero yo he encontrado un equilibrio con el que estoy contento. Cuando me jubile, y los achaques de salud no me atosiguen, ya veremos. El problema de Jaén son las cuestas, que son tremendas. Es curioso, las ciudades de las que yo me he enamorado todas tienen cuestas, Roma y Lisboa, amores a primera vista, igual que Jaén. Ya veremos.
—¿Cuál cree usted que es su fama como escritor?
—No creo que tenga fama, puedo ser conocido. “El relojero de la puerta del Sol” es el “best-seller” que me abre muchas puertas. Yo creo que lo que le gusta a la gente de mi escritura son las descripciones, la creación de los personajes y una literatura sensorial, porque meto todos los sentidos y emociones. Hay una constante mía: universalidad a mi tierra. En esta he tirado la casa por la ventana.
—¿En qué aspectos cree que ha evolucionado su escritura?
—En hacerse más sencilla, más depurada, ir hacia la raspa, meterle el cepillo, como hacen los carpinteros en la madera, para eliminar lo que sobra, adjetivos, adverbios... Mi unidad de escritura es el párrafo, los mimo mucho. Cada vez estoy más a gusto hablando de mí mismo, me encanta la autoficción, no tengo sentido del ridículo, salvo para bailar, que no sé caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Como tengo un punto excéntrico, no me da reparo contar mi vida íntima, porque secreta no tengo. Cada vez me gusta más tener un careo entre mi conciencia y mis recuerdos y plasmarlo en mi literatura.
—¿Los libros cambian porque cambian las personas?
—Sin lugar a dudas, a mí me pasa con “El Quijote”. Yo lo leo de cabo a rabo cada cinco años y, de vez en cuando, le dedico diez minutos a un párrafo de la edición que yo tengo, que es de la Real Academia de la Lengua con un prólogo de Mario Vargas Llosa. Hago como los dadaístas, lo abro al azar y leo una o dos páginas. Lo habré leído entero como cuatro veces y cada vez me emociono más. Yo no soy llorón en la vida, pero sí con la literatura y con las películas, y lloro y me río a mandíbula batiente... Sucede con los grandes clásicos, cuando los relees aprecias cosas que antes no apreciabas, porque evolucionamos, maduramos y reparamos en muchos aspectos de la existencia conforme cumplimos años.
“Miguel Viribay dignificó el paisaje de olivar y el trabajo de los aceituneros, que era desechado al considerarse algo propio de la cultura de pobres”
—¿Relee sus obras?
—Nunca jamás. Los argentinos tienen un dicho que a mí me gusta mucho: “Lo pasado, pisado”. Cuando termino algo, tengo la sensación de que es misión cumplida, historia.
—¿Relee a los clásicos?
—Por supuesto. Yo releo a Miguel Delibes, a Cervantes, a Álvaro Cunqueiro, un escritor que yo creo que en España tiene como fervorosos lectores a Juan Eslava Galán, a César Antonio de Molina y yo. En los últimos años leo mucho a escritores anglosajones, estoy totalmente entregado a la literatura estadounidense, que son buenos escribiendo desde hace cien años, pero en la última hornada hay hombres y mujeres absolutamente maravillosos. Me gusta su visión del mundo desprejuiciada y cómo la vida cotidiana la elevan a literatura. Es lo mismo que Vicent van Gogh, que hace arte unos lirios o sus zapatos viejos. Me gusta mucho la novela negra, histórica y policiaca. Aprendo de franceses e italianos.
—¿Qué falla para que los índices de lectura estén, actualmente, por los suelos?
—Las malditas pantallas digitales. Uno de los grandes errores de la enseñanza en España es haber sacralizado y endiosado las pantallas, que prevalecen sobre el papel. Ya hay países nórdicos que nos llevan veinte años de adelanto en España, que han prohibido la enseñanza digital en colegios e institutos y están volviendo a los libros de texto y al dictado. La digitalización mata la capacidad de atención de los jóvenes, que son incapaces de retener textos largos, no los entienden, más de cinco minutos de explicación no la siguen. La lectura se aprende, fundamentalmente, en la casa. En los colegios y en los institutos hay que darles literatura que les guste para no inhabilitar lectores de por vida. A mí algo que me desespera es cuando dice la gente que los libros son muy caros, los mismos que no se lo plantean cuando se van a tomar cinco o seis cervezas o dos cubatas, porque además en España los libros son gratuitos en las bibliotecas.
—¿Cómo se define Emilio Lara?
—Me defino como una persona equilibrada, porque soy lo que siempre quise ser, profesor y escritor. He hecho un armisticio con mi pasado, vivo con esperanza el futuro y en el presente intento disfrutar con mi mujer, con mi familia y con mis amigos. Creo que tengo un mundo interior rico, estoy a gusto conmigo mismo, escuchando música, leyendo, viendo películas, pero necesito ver a mis amigos y “enrearme”. No soy caprichoso, aunque sí con los libros. Me siento afortunado.
—¿Con qué da saltos de alegría?
—Con los éxitos de la gente a la que quiero.
—¿Qué consigue enfadarle?
—Los tontos. No tengo diplomacia alguna con los tontos, no los soporto y se me nota físicamente. Me enfadan los malos modos, la chulería y la prepotencia de los ignorantes. Lo único que me fascina desde pequeño es la gente inteligente, no me interesan los que tienen dinero o son muy guapos. Siempre me he arrimado a personas inteligentes para intentar aprender de ellas, me sirven de estímulo.
—Recorre mundo, tener amores imposibles y desfacer entuertos: “El Quijote”. ¿Se identifica?
—Sí, me identifico más con Don Quijote que con Sancho, pero más aún con Alonso Quijano, tanto en las partes de locura cuando era un caballero andante como en la parte final del libro, cuando él ya deja la locura, siente que va a morir y recupera el juicio. El último libro de Antonio Muñoz Molina, “El verano de Cervantes”, es fabuloso. Él demostraba el amor inconmensurable hacia el gran libro de libros, junto con la Biblia, de la literatura universal. Es uno de los grandes hallazgos de los últimos tiempos.
—¿Le gusta meterse en charcos?
—No soy muy amigo, pero tampoco los evito. No soy persona de atrincheramientos, de navajeo, sino de esgrima, no de discusión, pero sí de debate. Puedo tener temor de Dios o a una enfermedad, pero nada más. No soy una persona obcecada, pido disculpas cuando me equivoco y defiendo mi posición cuando tengo razón en algo. Soy una persona que muchas veces ha ido en Jaén a contracorriente y la independencia es algo que se paga. Si hay que batirse en duelo, yo desenvaino y me bato.
“Hay que tener mentalidad democrática para convivir. Qué cosa más triste pedir el pasaporte ideológico para relacionarte, es una auténtica tristeza, propio de fanáticos”
—Se ha liado un buen tantarantán entre el paisano David Uclés y su amigo Arturo Pérez-Reverte. ¿Qué opina?
—Lo primero es que yo no puedo dar una opinión sobre David Uclés porque no he leído una sola línea suya. En el caso de la polémica coincido con Arturo Pérez-Reverte, que es amigo mío, en el sentido de que yo soy porque me he formado en eso, pero también porque lo pienso, tengo un sentido literal clásico de formación política y de posicionarme ética y estéticamente en el mundo, de que una persona debe sentarse con cualquier tipo de persona, piense lo que piense. Las opiniones se respetan hasta el límite del Código Penal o, por ejemplo, yo jamás me sentaría a debatir con un etarra o con alguien que defienda la violencia. Hay que tener mentalidad democrática para convivir, no coexistir. Qué cosa más triste cuando, para relacionarte con una persona, le pides su pasaporte ideológico, es una auténtica tristeza, propio de fanáticos.
—¿Le interesa la política?
—Me interesa muchísimo, la del pasado y la del presente, porque forma parte de nuestras vidas, todo es política.
—Interesa conocer su relación con el papel.
—El libro electrónico me da calambre mental. Tengo uno echando telarañas. Soy de papel. Cuando voy a escribir un libro relleno libretas que me regala mi mujer de las tiendas de los museos y, después, escribo en mi ordenador. Uno de los mayores gustazos del mundo es comprarme la prensa por la mañana y desayunar en la calle. Sólo hay una cosa mejor que el primer café, el segundo, aderezado con una tostada con aceite y tomate y leyendo el periódico, eso es un placer de maharajás.
—¿Es usted optimista?
—Sí. Estoy programado para ser optimista, no por una decisión mía de vida, sino porque nací así.
“Vivimos una transición, en la que cambiamos la mentalidad de una tierra preterida, que se avergonzaba de sus orígenes por una gran autoestima”
—¿Piensa en la muerte?
—Claro, por supuesto.
—¿Le da miedo?
—No. Otra cosa es que no tenga yo todavía ganas de morirme, quizás por razones de creencias religiosas, pero también porque yo he visto morir a gente muy cercana, a la que yo he querido, a mi padre y, sobre todo, a mi hermano, que tuvo una muerte admirable, porque él daba ánimos a los médicos que le daban noticias fatales. Es un simple trámite, un paso.
—¿Ha conseguido el equilibrio entre sus sueños y lo que le depara la vida?
—Sin duda y, además, aceptando cada vez mejor las cosas, no teniendo grandes expectativas en la vida para no magnificar luego fracasos. Soy una persona que ya no tiene grandes ilusiones, pero sí una vocación muy fuerte. Soy melancólico, pero no nostálgico. Tanto me gusta la Historia que quise estudiarla para vivir en ella. Soy capaz de vivir en el pasado y en el presente. Tengo un abono del AVE hacia el pasado con billete de vuelta al presente.
—¿Vive su momento de gracia?
—Vivo en un momento sostenido de ser afortunado, siempre espero que lo mejor de la vida está por llegar y ya veremos qué depara el porvenir, porque esto son ciclos que compensamos las pérdidas con otro tipo de satisfacciones. Gabriel García Márquez decía que escribía para que lo quisieran, yo escribo, sencillamente, para mostrar mi mundo interior.